A Sergio Martínez le salió bien la puesta de una alternativa
imprevisible y sin anunciar y cortó las dos orejas. Enhorabuena. Sin
alcanzar la gloria de sus dos últimas tardes de novillero, Sergio Martínez,
con una doble responsabilidad (sustituir a Espartaco y tomar una
alternativa imprevista), resolvió la papeleta en base a una sola cosa: no
perder los papeles ni la esperanza en una tarde que, salvo el paréntesis
triunfal y triunfalista de Enrique Ponce, venía oscura y aciaga.
Tan mal iba la corrida a la hora del condumio que no podía ir peor y
algo tenía que mejorar. A Martínez se le había ido el toro de la
alternativa, Manuel Amador bordeó el desastre y Ponce anduvo de enfermero
manteniendo en pie, con delicadeza y respeto, una ruina. Hasta esos
momentos por nada podría recordarse esta tarde, sino por la cadena de
atentados en el corazón del imperio más poderoso del mundo, que ponían
un nudo en la garganta.
Por eso, porque la tarde iba tan mal, vino Enrique Ponce y cortó dos
orejas en el cuarto que no fueron dos orejas de oro, sino grosera casquería.
Un Ponce menor, con recursos, oficio y serenidad; y, sobre todo, con
capacidad para llegar a los tendidos: tanto en los pases enteros como en
los mediopases. Lo dicho: un Ponce menor que mató por los bajos y tuvo
que descabellar. Le cayó un aviso y el señor Coy le recompensó con la
oreja plebiscitaria y otra de su cosecha.
Esto de los avisos a Ponce empieza a ser un enigma merecedor de una
tesis doctoral. ¿Los colecciona o qué? Como se inventa tantos toros, según
dicen, a lo mejor es que eso de inventarse un toro lleva mucho tiempo.
Lo cierto es que a raíz de este empujón de Ponce varió el signo de
la corrida, si no por exceso de calidad, sí en fe, esperanza y caridad.
Manuel Amador, aunque poco, se animó en el quinto. Recuperó su pureza de
trazo y de cite con menos temores y precauciones que en el segundo; la
sinfónica amenizó esporádicos muletazos; pero la música que le
dedicaban los tendidos fue de otra naturaleza: música de viento. Se
redimió de sus indecisiones con espada y descabello a base de una
excelente estocada que, en parte, le reconcilió con el público.
Y quedaba el plato fuerte, el plato esperado por una afición albaceteña
que se ha entregado en cuerpo y alma a Sergio Martínez; una afición que
asistía incrédula y enfervorizada a esa tan mentada y sorpresiva
alternativa. Por eso ante los primeros lances de capote del muchacho, tras
la apertura de faena hincado de rodillas y tras la primera tanda de
muletazos limpios, estalló el júbilo. El júbilo creció con las
expectativas de Puerta Grande; y alcanzó el paroxismo cuando dobló el
pastueño y terciado toro tras una estocada defectuosa.
La agonía lenta y demorada del animal de Los Bayones fue mayor
suplicio para los espectadores y para Sergio Martínez que para el noble
animal. Se temía que el descabello le privara de las anheladas orejas.
Tras la Puerta Grande de su alternativa, ¿qué le espera a Sergio Martínez
en este final de temporada? No es que esté o no esté puesto para el
escalafón superior, que seguro que lo está; se trata de dónde va a
torear en lo que queda y si merecía la pena cambiar un presente de
novillero puntero y ascendente por un futuro precipitado de matador.