GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

TEMPORADA 1999

Toros en Albacete

TEMPORADA 1999
Feria de la Virgen de los Llanos

Crónicas de la prensa

Miércoles, 8 de septiembre. Cinco toros de Daniel Ruiz (uno de Astolfi y un sobrero de Isabel Vicente, mal presentados, mansos y el último con peligro), para Rincón (silencio; aviso y pitos), Juan Mora (palmas y silencio) y El Cordobés (ovación y palmas).

Jueves, 9 de septiembre. Toros de El Torreón (cinco toros. Segundo y tercero, manejables, sosos y muy blandos. Cuarto, quinto y sexto, con más casta, especialmente el cuarto; con gran trapío el quinto, aunque inválido. El primero de Gavira, con trapío y duro de pitones y de patas), para Ponce (aplausos con aviso y vuelta con aviso), Vicente Barrera (oreja y ovación) y Rivera Ordóñez. (silencio con aviso y aplausos). Crónica de El Mundo.

Viernes, 10 de septiembre. Toros de Alcurrucén (bien presentados, flojos y descastados), para Espartaco (palmas y dos orejas), Caballero (oreja en los dos) y De Mora (oreja; aviso y ovación). Crónica de El Mundo.

Sábado, 11  de septiembre. Toros de Victoriano del Río (seis toros muy discretos de presencia, tirando a novillos. Noblotes, mansotes y muy justos de fuerzas. Un poco más encastados tercero y sexto. Algunos con indicios de manipulación en las astas), para Manuel Caballero (silencio, oreja, oreja, oreja, dos orejas y oreja. Salió a hombros por la puerta grande). Crónica de El Mundo.

Domingo, 12 de septiembre. Toros de Gavira (quinto y sexto sobreros. Terciados, aunque serios de cabeza y astifinos. Mansos en distinto grado y condición. Muy flojos segundo y sexto, además de los inválidos devueltos; noble el quinto), para Liria (aplausos y silencio), Uceda Leal (palmas y oreja) y Dávila Miura (silencio con aviso y silencio). Crónica de El Mundo.

Lunes, 13 de septiembre. Tres toros de Valdefresno (con indicios de manipulación en las astas; inválidos y tontorrones, salvo el tercero), dos de Puerto de San Lorenzo (cuarto, serio y con genio; sexto, manso, cuajado y violento) y uno de Hermanos Fraile (quinto, manso y con trapío), para Manzanares (ovación y bronca), Vicente Barrera (aplausos y oreja con aviso) y Manuel Amador (aplausos y silencio). Crónica de El Mundo.

Martes, 14 de septiembre. Toros de Los Bayones (toros espléndidos de trapío y bien armados; serios, aunque renqueantes y cojitrancos. En general, encastados. Cuarto y sexto con clase y un poco más de fuerzas; quinto bravo y entero), para Ponce (silencio y oreja con petición de otra), Caballero (oreja y oreja con aviso) y Samuel López (que tomó la alternativa: vuelta con aviso y oreja con petición de otra.). Crónica de El Mundo.

Miércoles, 15 de septiembre. Toros de Ortigao Costa (despuntados , de excelente juego) y uno de Alcurrucen,  para los rejoneadores Moura (palmas), Leonardo Hernández (dos orejas), Bohórquez (saludos), Martín González (oreja),  Ojeda (palmas) y Andy Cartagena (dos orejas). Octova corrida de feria, lleno.

Jueves, 16 de septiembre. Novillos de Carriquiri (bien presentados, descastados y flojos en general. El quinto fue el más manejable), para El Fandi (vuelta y palmas), Antón Cortés (ovación y oreja) y Sergio Martínez (silencio y ovación tras dos avisos). Tres cuartos de entrada.

Viernes, 17 de septiembre. Novillos de Gabriel Rojas, para Fernando Robleño, (oreja en ambos), Abraham Barragán (ovación tras aviso y dos orejas tras aviso) y Sergio Martínez (silencio y dos orejas). Media entrada en tarde nubosa.


Crónicas de la prensa

El Mundo. Albacete, edición del 15 de septiembre '99. JAVIER VILLAN. Caballero y Samuel López

Si los toros de Los Bayones hubieran tenido menos lastre en los cuartos traseros, a estas horas estaríamos hablando de una corrida ejemplar: por trapío, por romana y por la seriedad de cuerna y de cabeza. Y con una casta encomiable que sus cojeras apenas los dejaron demostrar.

Fue una tarde a contrapelo, aunque triunfal y casi redonda. Lo que son las cosas: la mejor faena de Caballero en esta feria -la mejor faena de la feria, sin duda- y los mejores naturales que yo le he visto esta temporada al albaceteño, estuvo a punto de quedarse sin trofeo. Por más que la estocada fuera hasta la bola, después de tres golpes de descabello, sólo el paisanaje le salvó de la campana. En un momento espléndido, seguro ante los toros y, lo que es más importante, seguro de sí mismo, Manuel Caballero abrió por tercera vez consecutiva la Puerta Grande de Albacete.

En esa faena ya aludida estuvo cumbre con la muleta. Que yo destaque la largura, el temple, la mano baja y la perfección de sus naturales, es sólo causa de mi tendencia a las izquierdas.

Quizá lo mejor sea decir que, en esos momentos, todo lo que Caballero hizo lo hizo bien: con su tiempo y con su medida. El tercero le había creado complicaciones en las verónicas de recibo, aunque no se tenía en pie. En la muleta cambió los terrenos Caballero, se fue al 7 y el toro se vino arriba. La templanza del torero apenas podía sujetar al toro que, al fin, se iba al suelo sin remedio.

Samuel López tuvo el santo de espaldas toda la tarde. Primero fue una escandalera en los tendidos porque nadie llegaba a asistir a un aficionado atacado de un mal súbito. Esto distrajo al personal y fue una lástima -peor para el infartado, claro- pues Samuel López estaba toreando al natural con lentitud y majestad.

Colocación

Y con sentido de la colocación lo que, en un matador neófito, es mérito grande. Por la derecha, lo más brillante fue el remate de pecho que resolvió finalmente con una prolongación en molinete. Tardó en doblar el bicho tras la estocada corta y luego el cachetero lo levantó provocando el aviso. En el sexto, mientras amenazaba el diluvio que, por fin, se desató, el santo estuvo a punto de ponérsele de cara a Samuel López. Manejó con soltura y clasicismo el capote en verónicas y chicuelinas al paso. Pases de pecho, trincheras y ayudados hasta los medios; redondos un poco deslabazados y naturales de mayor altura. Y un final de faena muy torero con adornos, pases de pecho y molinetes. Estocada entera. El presidente, al igual que había hecho con Ponce, le denegó la segunda oreja. Pero que esté tranquilo Samuel López: si mantiene este tono, tendrá un lugar al sol de las ferias.

Se dejó el alma el segundo de Los Bayones en un puyazo tremebundo. Como tenía la pata chula y arrastrada, salió del peto hecho una ruina. Era un hermoso toro en estado de postración total al que Ponce se quitó de encima con brevedad. El cuarto, en cambio, tenía un son extraordinario y Ponce lo pasó de muleta con limpieza en los inicios. La discontinuidad del toro condicionó una labor muleteril también discontinua. Lo mejor, los redondos de frente a pies juntos.

Mató como un cañón y esta vez Jean Marie no tuvo problemas con la puntilla. Por cierto que Jean Marie Bourret estuvo oportunísimo en un quite, buena colocación de tercero a Seseña. El presidente, señor Candel, aguantó el tirón de la segunda oreja y se ganó una bronca que, a mi entender, es una condecoración.


El Mundo. Albacete, edición del 14 de septiembre '99. JAVIER VILLAN. Entre el júbilo y la bronca

Vientos de fronda corren entre algunos aficionados locales porque el otro día dije, referido a Caballero, «el torero local». Vientos de fronda porque consideran que local es un adjetivo desdeñoso. Local es lo propio de un lugar, de una localidad: de Albacete o de New York. Primero se es local y, después, según como se usen los talentos que Dios nos haya dado, se es nacional, universal, cósmico o eterno.

El primer toro estaba como dormido y tonto, aunque luego se despabiló un poco. Y entonces, andaba como sonámbulo o viendo visiones, que hay toros visionarios, igual que algunas personas a las que se les aparece la Virgen.

Respetuoso

El de Valdefresno tenía la aflicción en las astas y en las patas, flojas y rotas como las muñecas de los toreros grandes que adormecen el lance. Ello tenía su justificación, pues ésa debe ser la disposición que han de tener los toros a los que se les va a aparecer la Virgen: prestos a arrodillarse. Manzanares estuvo respetuoso en grado sumo con la flojera del animal; desparramando esa deferencia impecable que el maestro de Alicante -y no por ello menos universal- derrocha para los toros inválidos; con ese pellizco que apenas se insinúa, pues pellizcos a toros así, aunque sean silenciosos pellizcos de monja, acaban por arruinarlos. Transparente y nítido, sin cargar la suerte, pues cargar la suerte con esos especímenes sería suicida: suicida sobre todo para el toro de Valdefresno.

Puede que lo de las apariciones fuera premonición, pues lo de José María Manzanares en el cuarto fue una peregrinación sin sosiego: a la carrera y a caraperro. El de Puerto de San Lorenzo tenía genio, pies y cuernos; lo suficiente para que a Manzanares se le disparasen todas las alarmas y todos los mecanismos de seguridad. Y se armó el cirio.

Quien anduvo muy sosegado, muy sabiendo lo que se lleva entre manos, fue Vicente Barrera, pese a que el segundo toro también mostraba su aflicción en el ánimo y su despojamiento en los cuernos. Era un poco más vivo que el anterior; insuficiente, con todo, para que brillara el toreo de temple y ligazón del valenciano. Apuntes sueltos, salvo en una tanda de redondos en que saltó la chispa sin llegar al incendio.

El dibujo, el cuadro completo, vino en el quinto, de complicada lidia, que se le fue directamente al cuello. Barrera desistió de torear al natural y fundó su faena en la raya y cortando la querencia a tablas del animal en el toreo en redondo. Series muy toreras con adornos de molinetes y espaldinas basadas en el poderío y en los terrenos. Mató muy bien.

Locales

¿Tiene alguna ventaja ser torero local en la propia localidad, pues ya se ha dicho que locales somos todos en cualquier tiempo y lugar? Depende. Al torero local, Manuel Amador, de poco le sirvió esta circunstancia. Consumó -en el triple sentido de templar, ligar y rematar- dos tandas de redondos de alta escuela: profundidad, jondura y arte se llamaron esos redondos, en el contexto de una faena muy meritoria. La media estocada y los dos descabellos no sé hasta qué punto justifican la frialdad del público. O sea, que unos son más locales que otros; o menos, según se mire. Porque por menos he visto yo dar orejas a alguno que yo me sé.

Imposible resultó el que cerraba plaza para la poca experiencia del torero albaceteño. Era un cinqueño torvo y ancho como un armario. Muy manso y muy peligroso. Desde el primer momento se fue, sin contemplaciones, a la femoral de Manuel Amador, por la derecha y por la izquierda. Sólo logró rasgarle la taleguilla, peroel sobresalto ya lo tenía el muchacho metido en el cuerpo.

Saludaron Vicente Yesteras y Alberto Martínez, que además bregaron muy bien.


El Mundo. Albacete, edición del 13 de septiembre '99. JAVIER VILLAN. En el tedio, un toque de distinción

Muchos habían ido a ver los toros de Cebada Gago que se anunciaban en los carteles y se encontraron con un saldo de Gavira. A Pepín Liria, el calor inclemente de los llanos le había reblandecido las meninges y el corazón; y no acertó a limar las asperezas del primero. Y ya con la fresca quien tenía todo el esqueleto reblandecido y pocho era el cuarto de Gavira. La tontería ésa paremiológica de que lo bueno es más bueno si es breve, halla su correlato exacto en lo contrario: lo malo, si breve, parece menos malo. Liria abrevió.

No tenía sentido prolongar las caídas del animal, sus fugas a tablas y sus despistes. Como la corrida ha sido mala, y ha durado dos horas y media, hagan ustedes su razonamiento a la inversa y verán qué tostón. Le agradecimos a Pepín su brevedad, pues redujo por lo menos en 10 minutos un aburrimiento que iba camino de las tres horas.

Pocas veces he visto una puñalada trapera tan contundente y letal como la que le atizó Uceda Leal al segundo. Eso le pasó al manso de Gavira por ponerse gazapón. Fue un bajonazo al bies, a la remanguillé, y así como un poco al paso. En fin, no sabría yo explicar la técnica con que Uceda alargó el brazo, rectificó y se pasó de rosca. Feo detalle que oscureció algunos detalles buenos de Uceda en su primero: las verónicas y los pases altos y las trincherillas con que se llevó al manso a los medios. Pero, en honor a la verdad, en el quinto Uceda tuvo más que detalles.

Poco prometía este sobrero que anunciaba carretas de mansedumbre como sus hermanos; algo debió de verle Uceda Leal, alguna oculta virtud y brindó al público; mano de santo. Al primer muletazo, el sobrero empezó a mostrar una notable nobleza. Y como Uceda Leal es también un torero notable, vino una notable conjunción; redondos con empaque bajando y corriendo la mano, jugando la cintura, hasta tres tandas sin afectación.

Naturales menos dibujados, aunque prolongando una embestida más remisa e incierta. La media lagartijera, quizá para borrar la mancha del bajonazo, perfecta de ejecución y mortal de necesidad.

Le rasgó el capote de arriba a abajo, de la esclavina hasta los vuelos, el tercero a Dávila Miura. Así debió de rasgarse el velo del templo aquel día de las tinieblas.

Y un mundo de oscuridad cayó sobre la cuadrilla del torero sevillano, en especial sobre Andrés Parrado. El de Gavira los esperaba en banderillas, luego arreaba y las zambullidas en el callejón fueron homéricas; incierto en la muleta, la torera decisión de Dávila Miura fue rebajándole los humos al toro, sobre todo por la izquierda, hasta acabar casi entregado.

Apuros de Dávila Miura

Pasó apuros Dávila en esta última fase, sufrió una colada a la altura de la cabeza y, a cada pinchazo -y fueron muchos- el de Gavira arreaba estopa y lo perseguía. No tuvo el postrer brindis al público de Dávila Miura los mismos efectos benéficos que había tenido el de Uceda. El burel, además de manso, se derrumbaba estrepitosamente.

Llevábamos ya dos horas de corrida, un tostón salvo lo ya narrado de Uceda y algunos naturales de Dávila Miura. Un tostón gracias al saldo de Gavira.

Y Andrés Parrado, en esas circunstancias, acabó convertido en el héroe humilde, o si se quiere en el antihéroe, de la tarde; los palos acababan en el suelo, mas Parrado se crecía y los tendidos le ovacionaban. La gente, a veces, es cruel; y a veces, toma partido, sin coñas, por el perdedor. Aparecía el inseguro subalterno en el ruedo y ya estaba el jolgorio cariñoso y alentador en el graderío. Haberse tirado de cabeza al callejón en el tercero, sin contemplaciones y sin medir el riesgo de descalabro, le dio a Parrado una gloria y un reconocimiento que ni él podía esperar.


El Mundo. Albacete, edición del 12 de septiembre '99. JAVIER VILLAN.  Seis orejas y un bombón helado

Los bombones eran, por supuesto, todos los toros; mas el bombón al que me refiero en el título era de muy distinta naturaleza. Salía yo flechado hacia el hotel para dar la crónica en su punto y hora -que luego los colegas del cierre se ponen soviéticos y tarascas- y me quedé clavado al escuchar un comentario referido a Caballero en la mismísima puerta del triunfo: «Me lo derrito, es que lo cojo y me lo derrito como este bombón», decía un ser entre ángel y diablesa. Mientras, se rechupeteaba los dedos pringosos de vainilla y chocolate. El auténtico bombón, y además macizo, era ese ser plantado en la puerta grande para tocarle los alamares a Caballero.

Le hubiera dicho que los toreros, cuando salen a hombros, se quitan los alamares para no perderlos. Pero no era el caso y además tenía prisa. Lo cierto es que por las calles ya se runruneaba que el torero local había cortado media docena de orejas. Y que eso iba a quedar, seguro, en los anales de Albacete como una hazaña irrepetible.

Manuel Caballero, que había matado tramposillo y facilón, aunque sumamente eficaz, coronó la tarde con una estocada arriba. Fue todo un detalle.

Aunque hubo más; pero el detallazo verdadero fue la facilidad y la buena disposición general del torero en solitario, que anduvo toda la tarde como si estuviera de paseo: sobrado y seguro. Y, en algunos momentos, inspirado e improvisado. Por ejemplo, hizo lo que llaman tres en uno, o algo así, con variantes: molinete -redondo-pase de las flores; molinete-pase de pecho-pase de las flores. Eso me parece que fue en el tercero. Y en el cuarto, hasta seis largas encadenó cambiándose el capote de mano y sin desclavar los pies de la arena.

Sin auténtica pasión

No aburrió Manuel Caballero, aunque no hubo pasión auténtica, sino natural fervor de paisanaje; hubo comunicación, mas no hubo tensión. Y en líneas generales, y en términos estrictos, podría decirse que faltó el fundamento esencial: el toro de lidia en plenitud.

Noblotes, justísimos de fuerzas y escasísimos de trapío, flojos de remos y blandos de carácter y sin temperamento salvo, quizá, un par de ellos. No eran éstos toros para un torero del poderío del albaceteño. Esta corrida tenían que haberla matado Caballero y El Juli, y no es por señalar. Aunque yo no creo que a Manuel Caballero le pusieran una pistola en el pecho para firmar el contrato. La mitad, pues, de la culpa ya era suya antes de quedarse en solitario. La corrida de Victoriano del Río no fue un desastre: fue una vulgaridad, una mediocridad sin trapío ni casta para novilleros imberbes.

¿Necesita un torero poderoso y lidiador como Manuel Caballero estas bicocas? Yo creo que no, aunque a lo peor estoy equivocado. Caballero anduvo con vitola de torero seguro que sabe lo que se trae entre manos; se fatigaron más los torillos que él y estaba tan fresco, al final del festejo, que hubiera podido matar otros seis toros: seguro con la capa, a veces muy bien en las verónicas; seguro con la muleta y, a veces, templado y ligando.

No hubo faena redonda, mas se cumplió la premonición del Libro de los Profetas. Y era que, en la segunda tarde de su advenimiento en la plaza de Albacete, Manuel Caballero volvería a salir a hombros por la puerta grande y en solitario. Aún nos queda una tercera, que yo deseo, y que Dios reparta suerte.

Hubo otro detallazo que no sé si reseñar: fue éste del señor presidente de la corrida. Minutos largos aguantó, sin doblegarse, la fortísima petición de la segunda oreja del cuarto para Caballero; y el presidente, erre que erre, con un par. Por fin callaron las protestas. Fue una pausa estratégica; esperaban a don Joaquín Coy en el quinto. Y aquí, al baranda, le faltaron los dos pares que le habían sobrado en el otro.

O sea, que no hay presidente que dos toros dure: el señor Coy cantó la gallina en el quinto y soltó la segunda oreja. Así que retiro el brindis que le tenía preparado, porque al final el señor Coy la cagó.


El Mundo. Albacete, edición del 11 de septiembre '99JAVIER VILLAN. Dos puertas grandes y media

Ayer se vivió en la plaza de Albacete uno de esos momentos, largos y demorados, en los que uno sospecha que en esta perra vida aún es posible la felicidad. Sobre todo, la felicidad en grupo. Y, si Eugenio de Mora no hubiera marrado con el descabello en el sexto, la felicidad hubiera sido total: otra Puerta Grande y, seguro, no menos legal que las de Espartaco y Caballero.

«Los hombres mueren y no son felices», decía el Calígula de Camus. Pues si a Camus le hubieran metido en un berenjenal entusiasta como el de ayer en Albacete, habría renegado de su sombría filosofía. Todos felices; y yo también, qué coño. A fin de cuentas, la alegría de los demás contribuye a la propia y a la vuelta lo venden tinto.

Todo empezó con buenos augurios y el vuelo de las aves y las vísceras de los sacrificios anunciaban sucesos memorables. Se devolvió el segundo toro de Alcurrucén y en ello se vio la disposición benévola de los dioses. Por qué devolvió el presidente este toro es cuestión de fe. ¿Porque era manso, porque era colorao o porque tenía los ojos verdes? Se le echó encima a Gonzalo González, haciendo el salto de la cabra, y cada vez que veía un capote, mayormente el de Caballero, pegaba un respingo.

Por lo mismo podía haberse devuelto el quinto. Pero no está escrito que los toros rebrincaos, respingones y mulos tengan que volver a los corrales. Otras tardes han vagado por el ruedo de esta plaza toros zumbados y escacharrados y no pasa nada. No digo que esto sea bueno, digo que lo otro es inexplicable, salvo en Albacete y toreando Caballero.

A fin de cuentas, todo quedaba en casa y era cosa de la contabilidad interna de los Lozano, que ayer eran empresarios, apoderados y ganaderos. Triunfo total, pues hasta las dos orejas de Espartaco les pertenecen por la nobleza del animal desorejado; no digamos, pues, las dos de Caballero y la de Eugenio de Mora, que son de la casa.

Felicidad total

Si alguien vivió en plenitud la felicidad de la tarde fue Espartaco, que había andado un poco aperreado en el primero: de la nada a la más completa miseria. Pero en el cuarto cambió el panorama: unas verónicas muy suaves, muy lentas, muy dibujadas.

Se llevó al de Alcurrucén a la raya con templados muletazos y se lo echó por delante en un imponente pase de pecho; una joya, un regalo de toro. Y ahí empezó Espartaco ese toreo tan periférico, tan lejano, tan templado y tan suyo.

El toro, a sus anchas, se lo tragaba todo. El público estaba encantado y Espartaco feliz. En el estoconazo perdió la muleta, aunque eso, al parecer, era lo de menos. El espartaquismo puro había resucitado en olor de multitudes.

Salió el sobrero con un punto de genio y de picante, y Caballero se encontró cómodo, aunque sin romperse. Cómodo y breve: dos tandas de redondos y una y media de naturales. Y cuando se preparaba para matar, un arreón le puso los cuernos en la pechera y lo derribó. Tras la estocada defectuosa, y jugando en campo propio, la oreja estaba cantada. Salvo los largos y mandones ayudados por bajo, la labor de Caballero en el quinto fue sorda, poco brillante, opaca posiblemente, mas con peso de lidiador. También la oreja estaba cantada.

Eugenio de Mora vino a estropear, en parte, la fiesta por no salir a hombros, aunque toreó muy bien. Quizá tenía ganada la segunda oreja de su primero, mas el presidente ejerció su derecho de valorar ciertas imperfecciones en el remate de los pases y la colocación de la espada.

Eugenio de Mora toreó primorosamente por naturales a su primero y puso sitió con brío la media embestida de su segundo. Va cogiéndole el aire De Mora al capote, aunque pasara apuros en el sexto; alamuleta se lo tiene cogido. Torea con gusto y sentimiento. Y ayer, por valiente y por artista, podría haber salido a hombros. Pero ya dicen los públicos de Albacete que no hay felicidad completa. .


El Mundo. Albacete, edición del 10 de septiembre '99. JAVIER VILLAN. La política y los toros

La gente se dividió. Unos decían que Ponce es bueno y otros, que superior. Al tercer pinchazo y el segundo aviso -el primero se lo habían dado en el anterior- siguió dividiéndose: unos, que humano y otros, que divino. Y al cuarto cachetazo de Jean Marie, que pinchó una vez más que su maestro, la gente se quedó en silencio estupefacto.

Aun así, unos decían que Ponce había toreado como los ángeles y otros, que como Dios. Pues no; Ponce no toreó ayer ni como Dios ni como los ángeles. Ni siquiera toreó como él puede hacerlo algunas tardes. En la vuelta al ruedo seguían las divisiones sobre lo excelente y lo sublime, el eterno guerracivilismo español (Umbral dixit), que también por lo fino y lo filosófico se puede llegar al garrotazo. A ver si la gente del toro toma nota de los políticos; que allí estaban Bono y Zaplana en concordia y buena armonía, dando ejemplo de la soldadura de España. Y cerca estaba Enrique Múgica -la cabeza política peor aprovechada del socialismo español- con Daniel Ruiz, el ganadero de anteayer, que, en política no sé, mas, a lo que conozco, en toros no son precisamente afines.

Daniel Ruiz aplaudía a Ponce y Múgica, no. Pero, en política y en toros, siempre ha sido así: Joselito o Belmonte, Lagartijo o Frascuelo, Cánovas o Sagasta, Ponce o Barrera, José Tomás o Ponce. ¿Ortega o Gasset? Cada día, saltan nuevas divisiones fratricidas.

La afición se divide entre poncistas y tomasistas, que es como dividirse entre gramáticos y alucinados, entre apolíneos y dionisiacos. Ayer en Albacete, cerca de Valencia, la afición estaba dispuesta a dividirse no sólo entre poncistas y barreristas, sino entre el Ponce divino y el humano. Y el Gobierno de la nación también se divide entre fans y entre detractores de Julia Otero. Conato de Guerra Civil por Julia Otero, como realidad fue la Guerra de Troya por Helena o la invasión mora por culpa de la Cava. Habrá que contar un día las canalladas que se han hecho, y que se siguen tolerando, en otros medios con profesionales de la información que no se llaman Julia Otero: en televisión sin ir más lejos. Y no hay fanfarrias, sino silencios cómplices. Quien no estaba ayer en Albacete era Alvarez Cascos que, según Leo, es fan de Julia Otero a la vez que lo es de Ponce, y alguna manita debió de echarle en el asunto de la plaza de Valencia. O sea, Julia, que tranquila: estás en buenas manos. Ayer Cascos quizá hubiera pedido también la oreja para Ponce. Y no fue para tanto. Correcto en las verónicas y en las chicuelinas, empezó después a sufrir desarmes y enganchones. Con media docena de circulares invertidos y otro postrer desarme, remató la función. Mal. Pero en el cuarto intentó torear para la galería: ni un sólo pase para sí mismo. Y eso se nota, aunque le ovacionen.

Tampoco toreó para sí mismo, cosa que no hace desde hace tiempo, Rivera Ordóñez. Cien mil muletazos y ninguno bueno; kilómetros de pico sin centrarse casi nunca. Y pinchazos a docenas. Barrera, en cambio, sin tener una tarde redonda, estuvo por encima de sus toros, como viene siendo habitual en esta temporada.

Vicente Barrera, paso a paso

Sin urgencias ni atropellos, Vicente Barrera va pareciéndose cada vez más a sí mismo. Y toreando siempre para sí, que es la única manera cierta de llegar a los demás.

El sentimiento torero tiene que partir, necesariamente, del propio diestro. Lo demás, teatro. Tuvo Vicente Barrera una virtud ayer, sobre todo en el primer toro, que tenía más complicaciones que el segundo: adelantar la muleta. En una de ésas, lo enganchó con la izquierda y, entre si el toro se caía o se levantaba, ligó tres naturales técnicamente perfectos por la improvisación, aunque escasamente ceñidos.

Situaciones así, más otra que se repitió por la derecha, denotan el buen momento de un torero. El celebrado manoletismo de Barrera -manoletismo que yo siempre consideré apócrifo- se está reconvirtiendo en otra clase de toreo: un arte híbrido de verticalidad, ligazón, temple y muleta alante.

Ese es el Barrera auténtico. No es que ayer derrochara todas estas virtudes, pero las esbozó.

Pudo haber redondeado la tarde en el quinto, al que mató muy bien; a este toro le pasaba lo que dicen los gitanos de quien apunta el cante con buen son y le falla la garganta: tenía casta y conocimiento, pero no tenía poé (poder). O sea, condiciones, pero no fuerzas.

 

 
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