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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 5 de abril de 2008
Corrida de toros

Rotundo triunfo de Miguel Ángel Perera. Foto: Matito/TorosComunicación
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de El Ventorrillo (de distinta presentación y diferente juego; 2º y 6º aplaudidos en el arrastre; 5º manso).

Diestros:

  • El Juli. De azul marino y oro. Estocada en su sitio, rodó sin puntilla (oreja); estocada en su sitio (saludos desde el tercio).
  • José Mari Manzanares. De grana y oro. Estocada tendida (oreja); estocada (saludos desde el tercio).
  • Miguel Ángel Perera. De verde esperanza y oro. Estocada caída, aviso, descabello (saludos desde el tercio); estoconazo trasero (dos orejas).
Saludó: Juan José Trujillo, de la cuadrilla de Manzanares, en el 5º.

PresidenteGabriel Fernández Rey.

Tiempo: nublado con claros.

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, La Razón, PeriodistaDigital, El Desmarque.

El Juli.   Foto: Matito/TorosComunicación


PUERTA DE ARRASTRE


Por Santiago Sánchez Traver


Posiblemente no se pueda torear mejor hoy día de cómo lo hace Perera. No es posible más temple ni más lentitud ni más gusto. Si hubiera colaborado un pelín más el llamado "Avellano", podíamos haber visto un rabo en Sevilla. El toro más bravo fue el segundo, apesar de rajarse un poco al final. "Lujoso" hizo nombre a su nombre o a su apellido. Alegre embestida al caballo, codicioso en la muleta. Manzanares le cortó una oreja que fue escaso trofeo para la calidad del toro. La oreja de El Juli tuvo otro valor: el del poderío. A un toro corto, probón y peligroso lo hizo pasar hasta lograr una faena imposible. Buena cuadrilla la de Perera, con Chocolate destacando. Y hubo seis estocadas, seis. Ni un solo pinchazo.


José María Manzanares.  Foto: Matito/TorosComunicación

 

LO MEJOR  Y LO PEOR


Por Carlos Javier Trejo


Cómo condensar en tan poco espacio todo lo que ocurrió esta tarde en la Maestranza. Empezaremos por la dimensión de la faena de "El Juli" al 1º de la tarde, sólo una figura del toreo es capaz de cortar la oreja a un toro de ese tipo. Un toro que se quedaba corto, que miraba y que medía al torero. Sin dudar, Julián, le puso los muslos y acabó pudiéndole y metiéndolo en la canasta, importante oreja. El empaque y el regusto lo ha puesto esta tarde José Mª Manzanares, faena con unos muletazos de extraordinario trazo, por los dos pitones, hasta que el toro se rajó. Una lástima, ya que hubiera podido cortarle las orejas. Pero el aldabonazo fuerte la tarde lo ha dado Miguel Ángel Perera, importantísima faena, pisando unos terrenos muy comprometidos, sacando naturales excelsos. Perera esta tarde toreó despacio, muy despacio, ligando muletazos en un palmo de terreno, ojedista. Gran faena y dos orejas con mucha fuerza.


Pocas cosas negativas en la tarde de hoy, aunque a pesar del espectáculo la corrida no fue del todo buena. Hubo tres toros descastados, mansos, y rajados. El 1º de la tarde fue reservón y peligroso. Y el 2º, a pesar del buen juego con que se desplazó en la primera parte de la faena, acabo rajándose y yéndose a la puerta de chiqueros. Y puestos en harina, hablemos del público, de ese público que nos visita y que no respeta los silencios de la Maestranza. Entiendo que todo el mundo quiere sus segundos de gloria, pero sean respetuosos y guarden los comentarios para la barra del bar. 

 

LOS PROTAGONISTAS

El Juli

El madrileño tras cortar una oreja al primero de la tarde analizaba su triunfo con estas palabras. “Ha sido una faena de mucha importancia, de exponerle mucho y de tener con el toro una paciencia enorme.” Así de claro hablaba ‘El Juli’ de su actuación ante los toros del Ventorrillo. “He apostado bastante por un toro que tenía muchas complicaciones, pero al final me ha permitido cortar esa oreja que creo, que tiene un gran peso. Yo diría que más que cortada ha sido arrancada, por la disposición con la que he estado”. Finalizó Julián comentando su estado actual. “Vengo con la ilusión por la nubes y estoy deseando que la Maestranza me vea dar la dimensión que yo quiero. Pero desde luego con el cuarto no he podido hacer nada, un toro muy deslucido y orientado”. 
José Mari Manzanares

“El toro al que le he cortado la oreja, me ha dejado estar muy a gusto”. Esa fue la primera frase de Manzanares tras el festejo de ayer. “La pena es que al final de faena se ha rajado, por lo que no he podido cuajar una labor redonda y también la espada que ha caído un poco trasera, por eso ha tardado en echarse. Es cierto que en algunos momentos de mi faena me he sentido mucho y he disfrutado bastante en mi primera tarde de Feria”. Prosiguió Manzanares hablando de. “Ahora después de este triunfo hay que esperar a la próxima y confiar en que te embista un toro. Me encuentro en un momento de mi carrera muy dulce y después del parón de cinco meses que me he llevado apenas noto la diferencia. Estoy muy agradecido a Sevilla, porque noto que me quieren de una forma especial y siempre se identifican conmigo”. 
Miguel Ángel Perera

“El extremeño Perera se mostraba muy contento después de su éxito con el sexto de la tarde.” He tenido suerte hoy en Sevilla de que un toro me meta la cara y hace tiempo que estaba deseando que eso pasara. Me encuentro muy feliz, pero con la mente puesta en mañana que tengo un nuevo compromiso. La faena al último ha sido antológica y es de las que mejor me he encontrado porque he cuajado al toro desde el inicio. Antes en la Maestranza también había puntuado, pero lo de esta tarde es un triunfo rotundo y sabe distinto”. Miguel Ángel profundizaba aún más.”He estado muy a gusto, relajado y sobre todo toreando muy despacito. Estos toros te salen en muchas plazas pero confiaba que me saliera aquí y gracias a Dios ha sido así. Este triunfo marca mucho para el resto de la temporada por la importancia de la Feria de Abril y además por ser al principio de la misma”. 


Realiza: 
Emilio Trigo


Crónicas de la prensa


El País
. ANTONIO LORCA.  
El poder, la calidad, la seguridad...

La lidia de los dos primeros toros se vivió con enorme intensidad. El Juli fue la expresión misma de un torero en figura, y Manzanares volvió a firmar muletazos preñados de hondura. Y la corrida parecía haber acabado. Fue una pena que los toros no respondieran a las inquietudes de una terna que venía dispuesta a firmar una tarde memorable. Pero llegó el sexto, cansados ya los cuerpos de tanta falta de casta, y apareció un torero seguro transfigurado en un artista pleno. Miguel Ángel Perera firmó entonces muletazos para el recuerdo imperecedero.

El poder lo representa El Juli; la calidad, Manzanares, y la seguridad, Perera. O acaso, esas tres cualidades se encierren en una sola, cual es la plenitud de la belleza.

Tres toreros diferentes, fundidos ellos en la necesidad de dibujar emociones, que no son más que una mezcla de poder, calidad y seguridad.

El Juli sorprendió a todos en su faena inteligente, madura y verdadera ante su primero, un toro sin clase, que se quedaba debajo del fajín y se paraba en las taleguillas del torero. Y éste, lejos de arredrarse, lo arrolló, lo venció, convenció a todos y lo mató de un estoconazo. Meritísima fue su actuación, valerosa, mandona y dominadora. Una labor de figura.

El poder se transformó en arte en las muñecas de Manzanares ante el único toro encastado de la tarde. Fue una faena basada en la mano derecha, cimentada en la cintura, en el toreo cálido y emocionado; en el empaque y la ligazón. Antes de que el animal se rajara definitivamente, brotó algún natural de ensueño.

Y después de un rosario de toros descastados, llegó Perera, con la seguridad en sus manos, que había demostrado ya en el tercero. Era noble y repetidor el sexto, y el torero lo entendió a la perfección. Dos pases cambiados por la espalda fueron el principio de una labor perfecta, de muletazos por ambas manos larguísimos, templadísimos, bellísimos. Fue una explosión de belleza de la mano de un torero en sazón, valiente y artista, que se ganó a la Maestranza para siempre. Y ésta le premió con las dos orejas después de una estocada hasta la bola, echándose literalmente sobre el morrillo del animal. El poder, la calidad, la seguridad... y una sola verdad: el toreo eterno.


PeriodistaDigital. JOSÉ ANTONIO DEL MORAL. Presente y futuro de la maestría

Entre las muchas simas y pocas cimas de lo que va de feria, ayer nos tocó otra cumbre por obra y gracia de tres toreros de cuerpo entero aunque con distintas formas de torear y de hacer. Cada cual podrá elegir la que más le guste. Por ejemplo, y no me importa confesarlo, yo me vuelvo loco con Manzanares cuando torea como al segundo toro de el Ventorrillo. Pero, señores, es que por delante El Juli pegó un contundente golpe de autoridad frente a un primer toro que nadie, salvo él, creímos que iba a ser como lo fue una vez mediada la científica y valentísima faena del maestro madrileño. Maestro, sí, porque solo los maestros del toreo son capaces de sacar partido a un animal sin apenas recorrido que, además miraba al torero con intenciones criminales en los muchos frenazos que pegó en medio de varios muletazos. La ciencia infusa, como digo, de don Julián López - que es como debería anunciarse quien lo del diminutivo ya no le pega para nada – se basa en un descomunal valor. El que tuvieron, tienen y tendrán las más grandes figuras del toreo. Y es que si no se tiene - y sobrado - esa fundamental virtud, ya puedes ser muy listo, o muy artista, o tener una gran personalidad diferenciadora del resto de los mortales que torean, que no hay modo ni manera de mantenerse en continuo progreso en esta dificilísima profesión. 

Por eso ayer fue tan importante que El Juli pegara el golpe de inapelable autoridad que pegó, no solo para arrancar la tarde con una importante actuación que fue premiada con una oreja de gran peso específico, sino que sirvió de acicate y de lección a los dos más jóvenes colegas que actuaron con él. Es decir, que El Juli, al ser capaz de torear y de triunfar frente a un toro que no era de triunfo, les dijo a sus dos aún tiernos colegas que, para llegar a ser una gran figura, hay que estar así de valiente y de bien aunque estés ya consagrado y multimillonario. 

José María Manzanares, con el valor, con la técnica, con las maneras, con el arte, con la sensibilidad, con la bondad de corazón y con el cuerpo serrano que Dios y sus padres le han dado, no tendrá más remedio que hacer de las mismas tripas corazón que El Juli para que, dentro de tres, de seis, de diez y hasta dentro de quince o veinte años, podamos escribir lo mismo que acabo de hacer de Julián. E igualmente Miguel Ángel Perera y éste aún con mayor dificultad porque lo que le hace a los toros, tan cerca y tan intensamente ligado y rematadamente bien aunque ayer no tan limpio como otras veces le hemos visto, no hay muchos que lo aguanten – apenas tres o cuatro en la historia como fueron Manolete, Manuel Benítez El Cordobés, Dámaso González y Paco Ojeda mientras resistió que no fue demasiado – y se cuajen en figuras de las que duran toda una época. Así que, los ayer posiblemente futuros maestros juveniles y cada cual con lo suyo, deben aplicarse en ser lo que deben sin pausas ni desmayos. Y en definitiva que, concretándonos en lo que ayer lograron los tres, podríamos decir que asistimos al presente y al futuro de la maestría. Y ojala que dentro de diez años, podamos escribir lo mismo de los que entonces vengan y que Manzanares y Perera sean los que les den la lección que ayer dio El Juli. 

Dicho esto, soñemos con la majestuosa, la imperial, la eternamente mecida, sentida, acariciante faena de Manzanares al segundo toro de la tarde. Señores, ¡qué manera de torear. Como si cada muletazo, como si cada redondo, como si cada natural, como si cada pase de pecho, como si cada trinchera, como si cada ayudado, como si esa elegantísima y natural manera de andarle a los toros y de andar por la plaza, fuera obra y gracia de un Miguel Ángel de la Tauromaquia. No se puede torear más desmayado ni de modo más embriagador. Fue lástima que cuando más relajado se disponía a seguir toreando Jose Mari, se rajó el animal. Pero bueno, lo hecho estaba allí grabado para siempre. Como también fue lamentable después que la estocada con que mató Manzanares le quedara tan trasera y tendida, razón por la que el animal tardó tanto e morir. 

Lo de Miguel Ángel Perera, por su parte, lo venía anunciando clamorosamente desde el año pasado a mitad de temporada. Que además de más quieto que el que más se quede y de torear más cerca que el más cerca lo haga – que eso lo hizo desde el principio – ya torea no solo con el cuerpo sino con el alma, y que se le ve disfrutar cuando lo hace y no sufrir como antes. Y en definitiva, que en lo suyo, ahora mismo es el mejor. En su primera faena de ayer ante el toro rajadísimo desde que salió, su muleta pareció un poderoso imán que obligaba al toro a volver a donde y por donde quería el torero que lo hiciera hasta que el toro se desentendió por completo el imán. Y su faena al sexto, la más intensa de la tarde, salvo cuando Miguel Ángel traspasó el límite de lo razonable en su intención de superar lo insuperable so pena de ser cogido, fue de las de marca mayor dentro del estilo y las formas que le caracterizan por quietud y cercanía por encima de todo lo demás. Pero lo fundamental de éste todo lo demás, que es el temple, resulta que Perera también lo consigue siempre y cuando no contraviene las reglas eternas del toreo. Que si te empeñas en quedarte dentro de las vías del tren, llega el tren y te arrolla, como le pasó ayer en el único momento equivocado de su ambiciosa obra cuando ya iba más que mediada. Sin embargo, pese a tal fallo y como continuó en el mejor de sus planes hasta rizar el rizo en sucesivos cambios de manos que cosió a redondos, naturales, de pecho y trincheras sin solución de continuidad, formó la que formó. ¡Ah¡, se me olvidaba decir que tanto en todo esto de Perera como en lo anterior de El Juli y Manzanares, ninguno de los tres necesitaron pegar ni una sola de esas malditas manoletinas para encantar al gentío. A Dios gracias y gracias a Dios. 


El Desmarque. ÁLVARO ACEVEDO.  La apisonadora extremeña

Fue una gran tarde de toros, con un Juli magistral y un Manzanares que desplegó su toreo caro en una preciosa faena, pero fue el extremeño Miguel Ángel Perera el que machacó con la contundencia de los hombres con auténtica madera de figura del toreo. El Juli, que ya es figura de manera indiscutible, está en la fase de magisterio absoluto cuando le quedan varios años para cumplir los treinta. Saberse maestro del toreo siendo aún tan joven debe ser una delicia, como delicia es contemplar sus evoluciones por el ruedo. Ni un mal paso, ni un error, ni una mínima distorsión de la mente. 

Al tanque de más de 600 kilos que sorteó en primer turno lo midió primero, lo metió en la muleta después y lo acabó toreando a pies juntos como si fuese una becerra de tentadero. Fue una tanda preciosa en la que el toro se le frenó en seco y le puso el pitón en el pecho, respondiendo el fenómeno con la naturalidad de los elegidos. “No mira, vente por aquí y deja de mirarme”. Lo tocó Julián, obedeció un toro ya resignado ante el poderío del diestro, y lo que olía a cornada acabó en toreo de caricia. Con la misma facilidad con la que había desengañado a aquel animal peligroso y mirón, con la misma lucidez con la que había convertido una tarascada corta en una embestida larga, tumbó Julián al mastodonte de El Ventorrillo de una estocada en la cruz. Oreja de ley que no tuvo continuidad después porque el cuarto de la tarde empezó blandeando y terminó peligroso: sin un pase.

En las antípodas se sitúa el segundo toro del festejo, castaño, bien hecho, alegre y franco. Manzanares lo toreó de primor en tres series de redondos y en una con la mano izquierda. Dando el pecho lo acompañó con temple y cadencia, muy centrado el torero, a gusto con su oponente y gozando en una plaza en la que el toreo bueno se paladea. Toreó José Mari con empaque y armonía, con prestancia, oliendo a torero en cada movimiento, pero el toro se rajó un poquito al final y luego la espada cayó muy trasera, así que lo que iba de dos orejas se quedó en una muy bien cortada.

Así las cosas, Perera se iba de vacío si no lo remediaba el sexto de la tarde, porque frente al mansito y dócil tercero, Miguel Ángel había andado sobrado, templadísimo y evidenciando su espectacular momento de forma. Pero sin poder triunfar porque el torito era muy poca cosa para semejante individuo. El sexto era otra historia. Con más temperamento y de comportamiento indefinido, no se había aclarado en los capotes pero las circunstancias recomendaban tirar la moneda al aire. Se fue a los medios, cambió al toro por la espalda por dos veces y de manera angustiosa, y con el público ya hirviendo se puso a torear. Pero a torear como hay que torear. Enterrado en la arena, arrastrando la muleta por el suelo, imantando prodigiosamente una embestida que ahora aparecía entregada ante el mando absoluto del hombre. Tres series con la mano derecha descomunales y la muleta a la izquierda para terminar de aplastar la tarde. Porque Perera perpetró cinco apoteósicos naturales a ralentí entre el asombro de la Maestranza, que si primero había admirado la maestría de El Juli y había saboreado luego el arte de Manzanares, ahora se partía la camisa contemplando el toreo en su expresión más rotunda y honda. De clamor. De lo demás casi no me acuerdo, porque Perera siguió allí hasta pasarse de faena, encelado con su enemigo como si lo quisiese extenuar y arrimándose de una manera que daban ganas de despegarlo a tirones del toro. Estocada hasta la mano y dos orejas reclamadas de forma unánime para Miguel Ángel Perera, a partir del día de autos, figura del toreo. 


Diario de Sevilla. LUIS NIETO Impresionante Perera, que cautiva con El Juli y Manzanares

Aunque “no son mis avíos” y decía sentirse nervioso, don Francisco Romero López ingresó ayer en la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. El Faraón lo hizo con el temple, la medida y la armonía que le ha caracterizado en los ruedos. Un preámbulo maravilloso de la jornada taurina que tuvo como protagonistas en el dorado albero de la Maestranza a El Juli, José María Manzanares y Miguel Ángel Perera, que cautivaron ante una corrida de El Ventorrillo, con trapío pero con muchas carencias en su juego. Toreo grande de tres ases que hicieron vibrar al público y la confirmación de un Perera que camina con firmeza hacia la cumbre.

El Juli demostró sus dotes lidiadoras y su poder con un lote con el que era imposible el lucimiento artístico. El pavo que abrió plaza acudía topando y se quedaba corto por ambos pitones. Pero el madrileño, que ya izó su bandera en un quite por chicuelinas con un gracioso remate, se justificó con creces en una faena en la que le ganó la partida a su oponente, sin una sola duda ante los múltiples extraños del toro. La rúbrica fue un estoconazo espectacular, que por sí solo valía la oreja que el alguacilillo le entregó.

Del cuarto, otro toro de buen trapío, El Juli demostró sus pésimas condiciones. El toro buscaba por el pitón izquierdo y por el derecho no quería saber nada. 
José María Manzanares no ha perdido un ápice de su sensibilidad artística ni el sitio tras la enfermedad por la que tuvo que cortar la temporada pasada. El toro noble, muy bueno por ambos pitones, duró poco. Y Manzanares, en los medios, se recreó en una faena pletórica de temple. Sensacional serie con la diestra, con ligazón, rematada con un profundo pase de pecho que hizo saltar la banca. Otra muy buena por ese pitón. Pero hubo más. Con el toro con escasa cuerda, buenos naturales y fantasía en un recorte y un pase de pecho. El toro se rajó y se fue a tablas. El alicantino mató de estocada. Para evitar el riesgo a fallar y alargó la agonía del astado en exceso, evitando el uso del verduguillo. 

Manzanares se esforzó lo suyo ante el mansísimo quinto, al que consiguió sacar a los medios. En cada pase el buey se marchaba camino de su querencia, toriles, donde lo pasaportó al primer envite.

Miguel Ángel Perera no se arrugó ante la buena imagen que habían dado sus compañeros. Todo lo contrario. Dejó la estela de que camina con paso firme hacia la cúspide del escalafón. Debe continuar el camino con la disposición y la clarividencia en la lidia con la que se aplicó ayer. Hay torero y grande. Como grande y muy alta fue su apuesta en el sexto. Fin de fiesta sensacional. Faena pletórica a un toro sin clase. El público se extrañó por el brindis del torero. Nadie o casi nadie daba un euro por ese animal. El extremeño citó de largo y, con la diestra, alternó muletazos por la espalda, muy ceñidos, con derechazos. La primera serie, cuatro muletazos con mando y temple, con uno de pecho, fueron tan rotundos que las palmas echaron humo y comenzó a sonar el pasodoble de Dávila Miura. En la siguiente tanda por ese pitón toreó todavía más despacio. Se podían saborear los dulces muletazos. Al natural, metiendo los riñones, cuajó una serie fabulosa que puso al público de pie. Tan emborrachado estaba de toro que se arriesgó a pasarse de faena, entre tanto su cuadrilla y su apoderado, Fernando Cepeda, le hacían gestos para entrar a matar. Perera exprimió al toro con un circular invertido y orfebrería cara como un pase de la firma, una trincherilla y un pase de pecho. La estocada fue contundente y decisiva para cortar las dos orejas. Con su primero, descastado, estuvo espléndido en un comienzo con pases por alto muy sentidos y toreando al ralentí en un par de series. Con la izquierda tiró muy bien del mulo, que acabó en tablas.

Miguel Ángel Perera, que el año pasado triunfó a lo grande en la Feria de San Miguel dejó patente que ha progresado mucho de la mano de Cepeda y es un torero que, si quiere, tiene un sitio entre los elegidos de la tauromaquia. De momento, con una actitud de matrícula, una cabeza extraordinaria y un toreo de verdad, consiguió ayer convertirse en el primer torero de a pie que consig


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Se impone la profundidad de Perera (con permiso de El Juli y Manzanares)

Había entrado la tarde en barrena, después de un arranque fuerte, que hacía bueno el dicho de que los gitanos no quieren alegres principios. Pero Miguel Ángel Perera se empeñó en tirar por tierra el refrán arrastrando su poderosa muleta por el albero. Pocos hubiéramos apostado por el sexto toro, que en capotes apenas nada había hecho en positivo aparte de puntearlos; Perera, sin embargo, lo vio clarísimo. Brindó al público en serio y se clavó en el platillo en dos pases cambiados por la espalda de ¡huy! El recital arrancó en tromba, y por abajo la mano derecha del extremeño cuajó tres series en redondo de tersos, tensos por intensos e inacabables y ligados muletazos. Monumental el sitio actual de Perera. Si aquello levantó oles, algarabía y la música, los naturales estremecieron por su lentitud y su profundidad; uno, de una decena o así, duró una eternidad, desde allí hasta allá, donde la cintura cruje y la gente ruge. Alboroto gordo. Tocaba el pasodoble a final y todavía apuró en circulares diversos, y en una de éstas en que el toro se quiso llevar la muleta por delante -en cuanto se le levantaba mínimamente el sometimiento volvía a puntear- el torero casi acaba a lomos, por no soltar. El espadazo, pelín trasero, le entregó las orejas. Sí señor, chapó; sólo un matiz o una pregunta, apreciación o duda personal, ¿el compás de su toreo, la pierna de salida, se podría adelantar un poquito más o perdería en profundidad?

Ya había maravillado el imán de su muleta con el mansito tercero, que en cuanto descolgó puntuó a la baja en presencia la presentación irregular de la corrida de El Ventorrillo. El prólogo de ayudados por alto, barriendo el lomo -qué carga de belleza tiene el toreo a dos manos y cuán poco se practica-, despertó una faena que contuvo la magia de nunca dejarse ir la embestida de un toro que se quería ir. Hay un algo de aquel dominio ojedista en su concepto; les hace y deshace los nudos en ocho a los toros -inmensos los obligados de pecho- con enorme facilidad. Le sobró una serie y le faltó una muerte pronta.

El mando de El Juli en la plaza es de un conocimiento lidiador excepcional. Al toráncano primero de basta hondura dirán que le cortó -arrancó más bien- la oreja por el arrimón y la fabulosa estocada. Y es cierto. Pero cómo mantuvo el orden en el ruedo, cómo ahorró capotazos, cómo ordenó el mínimo castigo al picador de turno para un enemigo lastrado por su tonelaje, son cuestiones mayores que no pueden pasar desapercibidas. Los naturales que extrajo, con un bruto, bruto de verdad, que le alcanzaba el pecho con su alzada, sólo caben en la mente y los redaños de Julián López.

José María Manzanares dispuso del toro más bravo y con fondo mayor. La estética y su empaque con la mano derecha fueron carteles de viejas ferias de abril. Una trinchera, un ayudado que se convirtió en una especie de barroco kikiriquí, el aire macizo y el aroma. La izquierda no encontró el punto. Un pequeño tirón y un gran natural. El toro no tuvo final y se rajó para morir en chiqueros. Oreja de ley. Entre el premio y la apoteosis de Perera vino un bache de mansedumbre y genio que dejaron a Juli y Manzanares sin poder redondear. Qué eficacia, por cierto, estoqueadora la de ayer.


El Mundo. CARLOS CRIVELLManifestación de tres gallos de pelea

La Fiesta tiene su mejor respuesta para sus adversarios en el mismo ruedo. No hay nada más grande que una corrida de toros con tres toreros entregados en busca del triunfo. Con el debido respeto a todos, lo ocurrido sobre el albero fue la contundente réplica de la tauromaquia a sus enemigos. Quienes abarrotaron la Maestranza en este festejo salieron mucho más aficionados que a su entrada. Y todo porque los tres diestros rivalizaron como gallos de pelea para triunfar. Cada uno con sus armas, llegaron al límite de sus posibilidades.

Lo hizo El Juli con el toraco que abrió plaza, un mastodonte que movía seiscientos kilos con pereza. El Juli dio una lección de ganas y sapiencia. Con la música callada de la Maestranza, fue robando pases a milímetros de los pitones en una labor que sólo en un plaza tan seria se puede juzgar en su verdadera dimensión.

El comportamiento del toro es un misterio. ¿El segundo de la tarde fue bravo o no? El toro acabó cerca de las tablas rajado. Podría decirse que no tenía suficiente casta. Pero antes había dado una voltereta, tomados dos puyazos de largo metiendo los riñones, embistió mucho y bien por ambos pitones en una faena exigente de Manzanares y tenía conquistada a la plaza para que le premiaran con la vuelta al ruedo. Pero cantó la gallina y se fue a las tablas cuando la espléndida labor de Manzanares tocaba a su fin. Fue un toro bravo.

Manzanares lo toreó para su propio placer y el de los aficionados. Muletazos hondos, largos, templados y de una bellísima expresión. La rajada del toro evitó un final grandioso y se llevó una oreja. La tarjeta de presentación del espada quedó clara; ahora le quedan dos corridas más.

La corrida cayó durante los jugados en tercero, cuarto y quinto lugares. Pero no hubo aburrimiento. El Juli sueña con una Puerta del Príncipe en efectivo –tiene una pero no pudo salir por estar herido–, de forma que salió a por todas en el cuarto. El animal no tenía recorrido, era una miseria de toro y se esfumó el triunfo absoluto. Lo mismo le pasó a Manzanares en el manso quinto, toro de bellas hechuras y manso de libro. Le gustó el terreno de la puerta de toriles y allí se instaló. También deberá esperar esa salida por la puerta de la gloria torera.

El sexto fue el otro toro bueno de la corrida. Sevilla estalló de júbilo ante la demostración de temple, sitio y mando de Miguel Ángel Perera. Su muleta fue como un imán para el toro de El Ventorrillo. Todo se resume en la ligazón perfecta. Faena grande en un palmo de terreno que acabó con circulares. La plaza fue un clamor tras una estocada en la que se atracó de toro. Dos orejas y todos de acuerdo. Fue la respuesta definitiva del toreo. El menos aficionado salió del coso maestrante emocionado.

Y lo hizo aunque las corridas de toros deben ser aún mejores, tanto por los toros como por los toreros. Sin ánimo de enturbiar una corrida tan triunfal, no debe olvidarse que sólo hubo dos quites artísticos en los seis toros. El Juli ofreció chicuelinas en el primero y Perera una gaoneras en el segundo en su turno correspondiente. Si se tiene en cuenta que hubo doce puyazos se puede comprobar que con el capote los matadores fueron cicateros. 

A pesar de ello, fue una corrida que nos reconcilia con la fiesta. Tres gallos de pelea acabaron con cualquier manifestación en contra de esta maravilla.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Melancolía y naturales de ensueño

La corrida empezó bien y acabó mejor. O sea que, nada que ver con el famoso refrán gitano de los principios y los finales que, como todos los refranes, unas veces es verdad y otras mentira. La corrida empezó bien porque Julián López El Juli cortó una oreja por una faena corta, de valor preciso y de conocimiento de los terrenos; sobre todo corta y de aguante.

Y acabó superbien porque el último y noblote toro de El Ventorrillo, le permitió a Miguel Angel Perera cortar dos orejas y soñar el natural: purísima ensoñación. Por lo demás, ciertos destellos de nobleza e inocencia, no redimen una corrida de toros manipulados, descastados, sin trapío la mayor parte de ellos y sin casta ni fuerzas. Manzanares cortó otra oreja al segundo con una faena de empaque, de hermosa composición, con más forma que contenido, aunque de fácil comunicación con los tendidos.

Y Miguel Angel Perera, en el tercero, una vacaburra impresentable, mansísimo y afeitado, no cortó nada. Un torillo fugitivo y melancólico que, pese a todo, obedecía distraídamente al toque; mas si no cortó orejas en el tercero, se hartó de cortarlas en el sexto, merecidísima la primera y excesiva la segunda gracias a la tolerancia de una plaza entregada. Pero sus naturales, mientras sonaba el pasodoble Dávila Miura, con un solo de trompeta celestial, fueron también celestiales y conmocionaron los tendidos.

Quizás el torillo no se merecía tanto. Mas ahí estuvo la sabiduría de Miguel Angel Perera para ver virtudes inexistentes, brindárselo al gentío y sacar muletazos de hondo sentimiento, tanto por la derecha como por la izquierda.

Por lo demás, tiempos de melancolía y toros de El Ventorrillo de melancólico y distraído temperamento. Vemos el paso del tiempo en la cara y en el espíritu de los otros. El tiempo pasa o no pasa por nosotros según discurra por el alma y el rostro de los demás. Lo peor es el rechazo, cuando empieza, del espejo.

Ahí comienza lo malo. O cuando ya no puedes ver a los otros. Llegas a La Maestranza y alguien, habitual de tu paisaje abrileño, te falta en la Puerta de El Príncipe; o cuando un torero o una ganadería admirados pegan el petardo. Y dices, por ahí puede andar cerca el petardo de mi corazón.

Llegas a Barbiana, a comer como comían los reyes de las Españas, incluso mejor, y falta Manolo, el jefe. Y te dicen, se marchó al otro mundo el 31 de diciembre. Y dices y piensas que se ha ido no sólo un restaurador en jefe, sino un amigo, un gran aficionado a los toros.

Los amigos se están marchando, se marchó Manolo Sánchez; se lo llevó la bicha que creía ya dominada para siempre. Pero no, la bicha lo mordió en su médula. Esto no es ensoñación, como los muletazos de Perera y el solo de trompeta, sino muerte cierta. Antes, años antes, se marchó Monolito Vidal, escritor y tartaja cabal que disparaba su magnífica oratoria tan pronto como cogía un micrófono; y que fue el fundador del premio Paco Apaolaza, probablemente en Barbiana o quizá en la terraza de La Maestranza frente al Guadalquivir; joder cómo pasan los tiempos. Y Apaolaza también se fue.

Lo que no se irá nunca de la retina del buen aficionado, son los naturales de Miguel Angel Perera que Sánchez Dragó sale recreando con despaciosidad por el paseo de Colón.

Melancolía: antes de los naturales de Perera y delante de unas tortillas de camarones, devoción especialísima de Manolo Sánchez, la doctora Lartigau psiquiatriza o psicoanaliza -o como coño se diga- la cuestión del valor de los toreros, del influjo de la muerte de los amigos y las ensoñaciones toreras. Juan Manuel filosofa desde el estoicismo y los hermanos Polidura traen el entusiasmo de México y se llevan el olor a azahar de las calles de Sevilla.

Ni azahar ni siquiera melancolía, a partir del tercer toro del Ventorrillo. Ni El Juli ni Manzanares repitieron faena. Y todo hubiese quedado en pura birria de toros de no ser por esos naturales de Perera que Dragó sigue recreando hacia el puente de Triana y que yo tengo grabados en mi corazón torero.


La Razón. JUAN POSADA. El Juli, Manzanares y Perera enardecen

La Maestranza crujió a causa de tres grandes faenas, cada una distinta y con diferentes méritos. El valor y la sabiduría corrieron a cargo de El Juli con un primer toro de aviesas intenciones, con el que se vació. Echó mano de sus reservas de casta torera y, prácticamente, se jugó la vida a cara de perro en base a un profundo conocimiento del arte de torear. 

Manzanares, con el buen segundo, sacó a relucir su estético concepto del toreo, aunque le faltó un algo para culminar su labor en apoteosis. 

Perera acaparó el temple y lo mostró en excelentes muletazos por ambos pitones, a cada cual más acompasado y rítmico. El toro era potable y tenía buen son, aunque, y ahí estuvo el mérito, el pacense lo superó en todos los terrenos. 

Desde los lances iniciales de El Juli al primero se percibió que iba a por todas, como demostró en el excelente quite por chicuelinas que instrumentó. El toro cambió tras el tercio de banderillas y, después de la franqueza de las embestidas iniciales, comenzó a reservarlas. Nadie esperaba faena. El Juli lo tanteó por bajo y, de pronto, muy firme, le dejó la muleta con la derecha en el hocico. El animal se tragó el muletazo, aunque le buscó el costado. El torero, sin inmutarse, lo citó otra vez con la derecha y, a pesar de que el animal se le paró ante las ingles, lo aguantó y allí pudo con él y brotó la faena. Cambió a la mano izquierda, perdiéndole un par de pasos en los muletazos iniciales, para soportarle las tarascadas muy quieto. 

El público rompió y ya no paró de animar al torero hasta el final de la faena. Los siguientes pases por la derecha asustaron al personal por el riesgo que tuvieron, aunque el maestro de la banda de música no hizo ni caso. Faena poderosa, limpia y expuesta, propia de una figura del toreo. 

Con el cuarto, de muy corta arrancada, lo intentó pero, al ser el animal cobardón y sin dar sensación de peligro, el trasteo no pudo ser emotivo, como el anterior. Labor correcta, culminada con una gran estocada. 

Manzanares, con el excelente segundo, al que Perera le hizo un escalofriante quite por gaoneras, estuvo a gusto. En el centro del ruedo, muletazos diestros con calidad intermitente y muy en línea. Se centró, adelantó el engaño y no lo retiró del hocico del animal,y ligó tres muletazos y el de pecho, que chorrearon estética. Continuó así con la izquierda, llevándolo muy largo y presentándole el engaño al final del pase para hilvanarlos. Los ayudados por bajo y las trincheras, muy salerosas, hicieron mella en las energías del animal, que comenzó a mirar a la puerta de chiqueros. Una vez allí, Manzanares lo exprimió en algunos derechazos y muletazos de adorno, con mucho son. 

Con el manso quinto, manejable en la muleta, estuvo inteligente al sacarlo fuera y muy hábil al no permitir que el animal se fuera a su querencia. En el centro consiguió varias tandas por ambos pitones, bien concebidas pero separadas, como consecuencia de citar en línea y no cruzarse. Si lo hubiera hecho, la faena hubiese subido varios puntos, al menos en emoción. 

Perera dio toda la tarde sensación de torero hecho, inteligente y valiente. La faena al tercero, corbardón y huido, fue puro esfuerzo para lograr meterlo en la muleta. De haberse interpuesto en el camino de la res, habría logrado enlazar más los muletazos. En definitiva, debió buscarle las cosquillas con más insistencia.

Al excelente sexto lo entendió a la perfección. Desde los primeros muletazos cambiados por la espalda en el centro hubo temple. Los que siguieron después tuvieron más suavidad todavía. La tercera tanda con la diestra, despaciosidad. A los naturales habría que calificarlos de muy lentos y, a partir de esa tanda zurda, los muletazos con ambas manos por delante y por detrás con el toro engolosinado en la muleta. Una preciosidad. 

 

 

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