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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 2 de mayo de 2003
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Guardiola, grandes, parados, con peligro. El sexto, el mejor presentado 

Diestros: 

  • Liria, pinchazo, media caída (silencio); media estocada atravesada que escupe (palmas)
  • Canales Rivera, estocada entera, trasera y tendida, cinco descabellos, (silencio). Casi entera en su sitio atravesada, un descabello (palmas).
  • Fernando Robleño, media atravesada, descabello (saludos desde el tercio). Media que escupe casi entera, tres descabellos, aviso, descabello (silencio).

Entrada: hasta la bandera.

Presidente: Antonio Pulido.

Pepín Liria sufrió revolcón sin consecuencias. Pulsar para aumentar la imagenPepín Liria sufrió revolcón sin consecuencias. Pulsar para aumentar la imagen

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, Diario de Sevilla, El Mundo

LOS PROTAGONISTAS 
Liria
“No tenía mucha fe con los toros”

“Era consciente de los cambios que habían realizado y no tenía mucha fe con estos toros. El primero era un pájaro, pero el segundo era de no escaparme. Creí, que con capote iba ha ir por el pitón izquierdo, pero me pegó tres paradas y me echó mano. Sevilla merece el esfuerzo”.
Canales Rivera
“La corrida sin clase en general”

“La corrida ha salido sin clase en general. Vienes con todas las ilusiones a la Maestranza y más cuando es farolillos, pero con este material que me ha tocado es imposible. Quieres hacer muchas cosas en este marco incomparable, pero la verdad es, que no te dan opciones de triunfar”.
Fernando Robleño
“Mi lote ha sido muy malo”
“Ha sido una verdadera pena, lo he intentado todo en Sevilla. Mi lote ha sido muy malo. El sexto ha tenido malas ideas, quería meterme para la enfermería por todos lados. El otro, también ha salido con malas intenciones. Una lastima, he notado que la gente tenía ganas de verme”. 

Realiza: Emilio Trigo

PortalTaurinoMANUEL VIERAEran otros tiempos

En el lenguaje coloquial del toro se usan a menudo categorías cuya denominación apunta a diversos caracteres y facultades del torero, pero la vaguedad y flexibilidad de las mismas es, en ocasiones, excesiva. Sucede, con los toreros encasillados por lidiar sólo corridas de las llamadas duras. Inmenso saco al que solemos meter a todos los que se la juegan con complicados y difíciles toros. Tres de ellos venían esta tarde a La Maestranza con el objetivo de ganar la batalla de los guardiolas. Bravos y lustroso toros de antaño que, como a todos, le han quitado raza y le han echado kilos para que cuelen, sin problemas, en plazas de ese tipo de exigencias. Hasta la demostrada bravura en el peto ha sido hoy motivo de nostalgia. Eran otros tiempos. Pocos pidieron distancia para que galoparan al caballo. No se echaron, ni rodaron moribundos por el albero. Y eso en feria de toros tullidos e inválidos, asfixiados y agonizantes, ya es noticia, y de la buena. 

Otra cosa es la poca sensibilidad, la diversidad de categorías que existen en esta Fiesta nuestra. Toritos para los que exigen y tanques para los segundones. Los primeros, para que puedan demostrar agallas los que en esto mandan dejándose acariciar los mulos. Los segundos, para transmitir la emoción del peligro y no del toreo que a veces sobra, de los que se la juegan. Así las cosas, la desigual corrida de Guardiola ha sido áspera, mansa, parada y complicada.

Para Pepín Liria la supervivencia está en lo auténtico y no en lo banal. Y auténtico fue con el descomunal primero. Una mole que perdió fuelle a las primeras de cambio. Era lógico. Liria aprovechó las torpes arrancadas con su característico toreo vibrante, largo y fatigado. Las intentonas con la diestra no tuvieron más de dos vibrantes tandas de desigual ejecución. Y al natural, con toro parado, alargó embestidas en un intento vano y de escaso lucimiento. Más efervescente fue su toreo de capa al cuarto. Un toro engañoso que galopó en los inicios, fue pronto al caballo, y se amedrentó defendiéndose cuando Liria le plantó cara con la muleta en la izquierda. Aguantó parones y tarascadas hasta conseguir el natural. Tanto lo hizo que el descastado animal le volteó de mala manera. Algunas palmas premiaron la particular batalla que cada tarde libra este torero.

Es verdad el aserto de que de grandes maestros no nacen grandes discípulos. Es este otro Rivera un torero mediano que cada vez se aleja más del apellido dinástico. Canales Rivera no avanza, casi se podría decir que es un torero sin etapas. Le cuesta ser el torero que quiere ser. Esta tarde le faltó confianza y seguridad. A pesar del esfuerzo de la larga cambiada en el tercio. Muleteó después con excesivas precauciones al áspero y violento quinto. No era esta una tarde cualquiera para Canales Rivera, y bien merecía una auténtica motivación. 

No es posible escribir de Fernando Robleño sin referirse a su lucha por conseguir el puesto que se merece en el escalafón. Robleño no escatima esfuerzos en el ruedo. Se entrega y porfía hasta conseguir lo que quiere. Valiente estuvo con el peligroso tercero hasta obtener el trazo del natural que parecía imposible. Aguantó miradas, feas arrancadas, y no se descompuso. Sin embargo, tengo la duda, de que no aprovechó el recorrido, aunque violento, de sexto. Los muletazos con la diestra se sucedieron muy desiguales, bien trazados unos, y enganchados otros. Citó atrás y le costó bajar la mano. Es cierto que las complicaciones eran excesivas, pero Robleño, en este toro y esta tarde, debía haber expuesto mucho más. 


El País. ANTONIO LORCANi los guardiolas

De la casta de los famosos guardiolas sólo queda el recuerdo de páginas gloriosas. En la finca donde pastan se ha hecho amo y señor el virus de la falta de raza y de codicia, y el resultado es otra tarde de decepción, si no de desesperación, ante unos toros de buena planta, de salida airosa, de acometidas pujantes a los caballos, de agotamiento posterior y de mala clase que, finalmente, lo desluce todo. Toros duros, correosos, de media arrancada, de miradas malintencionadas que hicieron sudar a los toreros, pero ninguno colaboró noblemente al arte de torear.

Liria y Robleño se llevaron el cuerpo dolorido después de sendas volteretas que se ganaron por su vergüenza torera de exprimir una embestida que no existía. El primero, cuando intentaba torear a su segundo con la derecha, resultó prendido por la parte posterior de la rodilla izquierda que lo dejó renqueante, aunque no herido. El madrileño saltó por los aires al intentar descabellar a su primero, que lo había puesto en serias dificultades.

Toda la corrida resultó anodina porque no hubo toro con clase ni nobleza. Todos, en mayor o menor medida, empujaron en varas -el sexto derribó al piquero con estrépito-, y todos se vinieron abajo en el tercio final y se las hicieron pasar canutas a la terna actuante. Varios se fueron a morir a las cercanías de toriles, lo que dice muy poco de su familia, y algunos fueron aplaudidos en el arrastre de manera inexplicable, lo que dice menos de muchos espectadores maestrantes.

La más fea
Un año más, Liria ha bailado con la más fea; bueno, en realidad, con el más gordo, porque su primero era una mole de carne de 673 kilos que llegó a la muleta con una andar cansino, gazapón y sin fuelle, con el que el torero se justificó mostrando al respetable los defectos del animal, y hasta más ver. No fue el jabato de otras ocasiones, pero su oponente no parecía enemigo propio para una gesta. Se estiró en unas buenas verónicas en el cuarto, más vareado y con más pies, pero el gozo en un pozo. Salió del caballo y se vino abajo. Tanto insistió que se ganó la voltereta.

Se presentaba en esta plaza el madrileño Fernando Robleño y ha dejado una sincera carta de presentación. No es un exquisito con los engaños, pero no engaña a nadie con un valor a carta cabal. Ya lo demostró en su primera intervención, en un quite muy ceñido por chicuelinas en el primer toro de Canales. Su lote, parado y deslucido, sólo le ha permitido ofrecer la honesta imagen de un torero con enormes ganas de triunfo, dispuesto sin cuento a jugarse la vida en cada envite. Su primero embestía a trompicones y buscaba el bulto con descaro. Robleño consiguió algunos redondos estimables e incluso un natural largo a base de exponer y aguantar la nula claridad de la embestida. Al final, quedó con el cuerpo dolorido por la voltereta, pero con la satisfacción de saberse merecedor del respeto de la plaza. Parecida historia sucedió en el sexto de la tarde, que apretó mucho en el caballo, lo derribó y puso en serios apuros al piquero que, como suele ocurrir, después se vengó con un puyazo largo para dejar lisiado al toro de Guisando. El animal no dio ningún tipo de facilidades, y Robleño se limitó, que no es poco, a sortear con habilidad las tarascadas que le llegaban por ambos lados.

Canales Rivera corrió la misma suerte, aunque su labor fue más anodina. Su lote resultó muy soso, y él también es muy soso con capote y muleta. Un circular bien trazado en su primero y mucho pases vulgares en el otro.

Lo peor, sin duda, la decepción de un hierro histórico. Algún aficionado lo comentaba a la salida: ya, ni los guardiolas.


Diario de Sevilla.  LUIS NIETO.  La dureza de Robleño

Robleño, roblizo. Su apellido nos traslada a lo fuerte y duro. En la dureza taurina ha crecido Fernando Robleño. El año pasado, en las cuarenta y cinco corridas que estoqueó se las vio con astados de las ganaderías más duras. En la Maestranza dejó ayer patente que tiene oficio para ello. Le tocó el peor lote. Y salió a flote y hasta con facilidad en su debut en Sevilla. Pepín Liria se llevó un varetazo y un puntazo en la pierna derecha. Y Canales Rivera no llegó a sacar todo el partido a sus toros. Corrida de Guardiola con exceso de kilos, para lidiar y con muchos matices. Que nadie piense en la lectura del festejo de ayer en esa frase de algunos comercios: "Grandes facilidades".

El segundo, sin entrega en los dos primeros tercios, escarbó, calibró y acometió a traición cuando se encontraba en ventaja. Un toro que se hacía el Lorenzo, como dicen los taurinos. Robleño le ganó terreno en los lances de salida. Y en una faena osada, de tesón y hasta tensión, se jugó la voltereta en tandas breves, con sendas coladas por ambos pitones. Una voltereta que le llegó a la hora de descabellar, tras una estocada corta.

El que cerró plaza, un cinqueño muy serio, sabía latín. Salió al ruedo andando, estudiando. Y arremetía con malas intenciones. Robleño le ganó terreno con la capa, echándole el trapo abajo. Felpabasta era tal cual y entró con aspereza al caballo, derribando a Marcial Rodríguez, al que hiceron un quite oportunísimo Liria y Prados. Serían las ganas, de lo contrario no se entiende que Robleño brindara al público. Labor de esfuerzo, que resultó vana. Una y otra vez, el toro se quedó corto. Miró al pecho al torero. Lo remiró. Misión imposible.

Pepín Liria se llevó un palizón y para hoy saldrá resentido por un varetazo en el muslo y un puntazo en la corva izquierda. La cogida sucedió en el cuarto. Por el pitón izquierdo no tragaba y se revolvía peligrosamente. Y por el derecho tampoco era franco. A mitad de viaje, en un pase, se orientó. Liria quedó descubierto y en un abrir y cerrar de ojos, el cornúpeta le lanzó por los aires. Paliza y hasta algún pisotón. Talleguilla rota. Y el torero, que salió libre de aquella batalla, se levantó cojeando. Afortunadamente, nada grave. No era toro para lucirse. Insistió el torero. Cumplió. Y después de cojear y maltrecho, agradeció desde el callejón la ovación.

Con el primero, noble y sosote, gazapón en la muleta, el de Cehegín no consiguió fruto alguno.

Canales Rivera tuvo el lote menos díficil. El segundo, el toro más noble del encierro, que como único defecto le faltó humillar más. El diestro basó su faena en la diestra. Las tres primeras tandas fueron a más en interés. Pero ni se rompió el torero ni convenció a los tendidos.

Al quinto, con peor condición, le costaba pasar en los dos primeros pases. Canales, con la muleta retrasada y sin acertar en la colocación, no despegó.

Por supuesto, que en momentos puntuales, los toreros pudieron estar mejor. Pero que a nadie se le olvide los problemas, las dificultades y el peligro sordo que hubo. Los toros pidieron el carné de profesional. La corrida, complicada, requería de una gran capacidad lidiadora. Y Robleño, el más osado, el más duro, dejó más huella. Un roble.



El Mundo.
JAVIER VILLÁN.
Mi casa, mi casa... quiero irme a casa

Quiero irme a casa; unas veces por el aburrimiento y el desastre, otras veces por un riesgo sordo y zafio, como el de ayer, no hay manera de encontrarse a gusto en La Maestranza.No sé por qué cosa, pero quiero irme a casa. Voy a hacer que me psicoanalice la doctora Maite Lartigau y de Mompó: ¿qué me pasa doctora? Quiero irme a casa las tardes de nueve toros y las tardes de seis; las tardes del toro blando y las del toro duro. Y eso en un apátrida de la Tierra de Campos como yo es mal síntoma. Porque quiere decir que, a falta de horizontes y entusiasmos por esas plazas de Dios, La Maestranza mayormente, uno echa de menos lo más elemental de la privacidad personal: la rutina cotidiana e incluso el ruido de Las Ventas, con perdón.

Y eso que ayer la corrida de los guardiola no fue tan mala como las de días atrás, que tuvo infinitas complicaciones. Se desengañó pronto el primero; a las dos tandas de derechazos se puso gazapón y avisado y llevó a Pepín por la calle de la amargura; otro cualquiera en su puesto se hubiera puesto a llorar; Pepín, a la defensiva, dijo que le daba igual. O sea que, por lo que respecta a este primero, pocas cosas que objetar comparado con días anteriores.

Se arrancó alegre a la segunda vara el segundo y luego salió de naja; era un toro, se veía de lejos, sin demasiadas ilusiones ni entusiasmos excesivos. Se entregó con nobleza, aunque distraído, a la muleta de Canales Rivera, batallador toda la tarde, como si tratara de recuperar el tiempo perdido. Un circular de espaldas y el subsiguiente pase de pecho fueron jaleados.

El tercero por poco arrolla a un peón y luego se le coló un par de veces a Robleño. A cada aviso, Robleño se descaraba con el toro y se abría la chaquetilla; mas ni por ésas: el toro en sus trece. Al final, le robó dos naturales más al tercero, el guardiola le pegó una carrera y se lo quería comer. La existencia de Robleño llegó a ser irritante para el toro que no quería guerra y respondía, por puro instinto defensivo, a oleadas. Tanto es así, que al ir a descabellar, Robleño sufrió un arreón y el toro se lo llevó por delante dándole un revolcón desconsiderado.

Pese a todo, yo quería marcharme a casa. ¿Por qué esta sensación de huida, estas ganas de salir corriendo, si ayer había toros duros y ásperos que nada tenían que ver con los escombros de otros días? ¿Por qué si La Maestranza es tan hermosa? No lo sé. Acaso la clave la dio hace unos años el profeta Pucholías, desde su retiro de Vinaroz: «Ojo, La Maestranza es un bello espejismo que a sus defensores, como tú, os va a estallar un día entre las manos».

El profeta Pucholías no ha venido este año para confirmar sus profecías de derrota. Quede constancia de que la corrida de ayer, de Herederos de Salvador Guardiola, fue muy difícil, fue una mansada intratable, salvo primero y segundo, comprobemos bien el orden que luego, por un tercero o un segundo, vienen aficionados quisquillosos y me pegan el cante.

En el cuarto, un Pepín Liria casi genuino; el capote de Pepín, el aguante de Pepín, la taleguilla rota de Pepín y Pepín como un Cristo renqueante y doliente. Un revolcón tremebundo por poco le parte en dos. En el quinto Canales Rivera no pudo recuperar el tiempo perdido. Estos últimos años opacos y en blanco, cuando empezó a ser ninguneado e iba, o a mí me lo parece, para torero bueno. Sus ilusiones ayer en La Maestranza se las cercenó el guardiola; no es nuevo: La Maestranza nos ha cercenado muchas ilusiones a los aficionados de fuera.

Emoción en la brega de Robleño hasta los medios; emoción y poder del toro en el caballo. Derribó el guardiola y tuvo a su merced al picador, que luego se vengó salvajemente; pero el toro siguió igual de salvaje. Y a pesar de estas emociones y a la majeza del peonaje -toda la cuadrilla- yo quería irme a casa. Más coladas, más caminos de espinas. Y, sin embargo, persistía en mí, como en los malos toros, la necesidad de huida.

¿Qué me pasa, doctora? ¿Por qué un trotamundos busca el lejano útero materno, la cueva sentimental de su casa, sus cosas y sus gentes? Robleño ha estado hecho un jabato, sorteando parones y esquivando navajazos. No hay quien me entienda; ni yo mismo me entiendo o quizá no quiera entenderme. Dicen algunos amigos que me conocen que esa intención de huida es una sensación de extranjería enmascarada. Que me encuentro a disgusto en el mundo entero, y mucho más en el mundo del toro. Puede ser, mas, después de agradecer a Robleño, a Pepín Liria y a Canales Rivera, su entrega y su capacidad de riesgo, y bastante menos su capacidad lidiadora, yo quiero marcharme a casa; coger el primer Ave que pase y volver a Las Ventas, con perdón. Supongo que habrá Aves de regreso, que no todos se quedarán en Sevilla para hacerle la puñeta a los sevillanos. Extranjero en La Maestranza, ¡quién me lo iba a decir! Lo dijo el profeta Pucholías, pero yo no lo creí. O sea que voy a hacer que me psicoanalicen ¿qué me pasa doctora?


ABCZABALA DE LA SERNA. La decimotercera de Feria, en la que se lidiaron astados de Guardiola, se saldó sin una sola vuelta al ruedo

La gente quiere a los guardiolas y los defiende a capa y espada. Y los espera con paciencia, año tras año. Una prueba, mi amigo Juan Labrador. Juan, aún a ultimísima hora, se atrincheraba en su defensa, y como otros fieles de la parroquia guardiolista perdonaba todo. Que escarbasen o se fueran sueltos igual daba. O las medias arrancadas y las embestidas al paso, con pobre o nula bravura. Es verdad que la corrida no se cayó, pero también que nunca se empleó y rara vez humilló.

El festejo decimotercero -rectificación: ayer era la decimosegunda, que la matinal aplazada ya estaba contabilizada como tercera- poco tuvo de fiesta. Y, todavía, por el centro de Sevilla, cuando me ven la cara de funeral en «Barbiana», «La Flor de Toranzo» o «Casablanca» me preguntan cómo va la feria: «Qué, cómo va la feria» «Una de papas aliñás y menos guasa». Jaime, suscriptor de ABC en su «Mesón de Sancho», cambia de tema, directamente. Por doquier se habla menos y nada de toros. Ni en «Casa Carlos» o «El Albero». Juan Luis se ha bajado a su Tarifa a regar sus jamones de Loewe, hasta que Quintero le llame otra vez para grabar un tú a tú de loco a loco, pacíficos y genialoides ambos. Ni siquiera él o Juan Robles se resistirán a saber qué pasó con los guardiolas, que la gente quiere a estos toros de la tierra, como decía.

Firme Robleño

Fernando Robleño lo contaría mejor, que lo sufrió en sus carnes cuando el tercero, moribundo en la querencia de toriles, se lo llevó por el pecho en un arreón que trataba de evitar el golpe de descabello. Lo soltó a plomo, y ni lo buscó entre las patas, atolondrado con el revuelo de capotes y su propio descastamiento. Robleño, el tío, había estado firme, e incluso sacó algunos naturales de mérito, a veces con la espada por delante como amuleto protector. No descolgó este guardiola de cornamenta un poco gacha y astigorda, que escarbó incansable. Como sus hermanos, su embestir era cansino, al paso, sin tranco, y a veces se acordaba de que lo suyo era coger. Fue ovacionado en el tercio.

Al sexto, el pequeño torero de corazón blindado le cambió los terrenos para recogerlo en el capote. Derribó con estrépito en un primer encuentro, en el siguiente, ya más apagado, cobró; otra vez el matador se situó mal a la derecha del caballo. Luego, Juan Labrador quería que con la muleta le diese aire y la media distancia, pero yo creo que ni por esas, que los cortos viajes no hubieran progresado más allá, como se demostró alguna que otra vez.

Armario de 673 kilos

Pepín Liria lidió con un enorme armario de 673 kilos que se movía con mansona nobleza y constante gazapeo. No paró de andar, y así tomaba la franela. Aunque a izquierdas se coló con feas formas. Todavía siguió andarín para entrar a matar. En el bagaje se cuentan un par de tandas de derechazos como hecho más reseñable. Entre éste y el cuarto hubo una diferencia de 144 kilos exactos. Como todo mérito se le apunta la chispa con que acudió al caballo, a pesar de que Liria lo puso en suerte muy cruzado para la segunda vara. Se paró mucho en el último tercio, con continuos amagos al torero. Hasta que sobrevino una voltereta cantada. Afortunadamente, no pasó de un puntazo corrido, la paliza y la rotura de la taleguilla. Dicen que Pepín Liria se retirará discretamente a final de temporada. Demasiado ha aguantado en ese terreno minado de las corridas duras. Como para serenarse. Se irá entonces un tipo honesto, batallador y valiente. Quien da todo lo que tiene no está obligado a más, y Liria lo ha dado muchas tardes.

Canales Rivera procuró lucir a su oponente en el caballo, un toro lucero y bragado que superaba los 600 kilos. Se empleó lo justo, para salir suelto en cuanto le metieron un capote. Quitó por chicuelinas y le replicó Robleño por el mismo palo. Canales encontró poco eco en lo que hizo. La mitad primera de la faena halló la colaboración manejable, a media altura. Esta fase inicial concluyó con un circular invertido; en la segunda, a partir de que presentó la izquierda, el guardiola quiso huir, rajado. La dudosa efectividad de la estocada atravesada necesitó de cinco intentos de descabello. Más atinado se mostró con la cruceta en el infumable y cabeceante quinto, al que le recetó a la primera otro espadazo con travesía.

Al menos los guardiolistas como Labrador se fueron contentos.

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