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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 30 de mayo de 2002
Corrida de El Corpus

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Julio de la Puerta, desiguales de presentación y juego. 

Diestros: 

Entrada: dos tercios de plaza.

Crónicas de la prensa: PortalTaurinoDiario de Sevilla, ABC


PortalTaurino. MANUEL VIERA.Curioso misterio, este del toro.

Hay sueños que tardan en llegar a ser parte de la realidad, como si estuviesen irremisiblemente atrapados por no sé que extraña circunstancia, a la deriva de la imaginación. Hoy, igual que sucedió no hace tanto en parecido escenario, el sueño de un torero tampoco llegó a cobrar forma a pesar de un triunfo que sabe a poco.

El argumento es simple y contundente: quizá se esperaba a un barrabás y apareció la fijeza, la nobleza, la larga embestida. Salió de chiqueros un bravo toro de Julio de la Puerta que ni el más optimista de los presentes daba crédito a lo que allí sucedía. Ni El Cid creía tener delante la bondad, la infinita calidad de la embestida soñada. Bastaba, sin embargo, ofrecerle el engaño, aproximarlo tal vez para imantar tan claro recorrido. Lo hizo el torero, en los medios, con la diestra. Los redondos pases se sucedieron en tandas ligadas con empaque, pero no sucedió igual con el toreo al natural. Tras el desarme en el inicio de la tanda, la cosa se estropeó, nada después fue igual, e incluso la derecha dejó de funcionar. La buena estocada valió una oreja. Escaso bagaje para tan esperada oportunidad. Con el manso lidiado en cuarto lugar todo quedaría en poco más de buenos propósitos. Lo intentó El Cid yéndose a lo medios, pero sin demasiados argumentos. La realidad del sueño estaba en el inesperado primero. Tampoco llegó.

Curioso misterio este del toro. Nadie daba un duro por la corrida del ganadero sevillano, y quien diga lo contrario miente. Se maldecía la suerte de estos toreros necesitados de triunfos. Se maldecía también el hierro ganadero impropio, quizá, para alcanzar el éxito. Y mire usted por donde que estos animales, no queridos, son los que han mantenido el interés de la calurosa tarde maestrante. Los ha habido de todo, en presentación y en juego. Salieron bravos, con calidad en sus embestidas, y mansos complicados. En ambos casos necesitaban de toreros dispuestos, de inteligentes cabezas, de exquisita técnica y de ambición desmedida. Casi no los hubo.

Sin duda, lo visto esta tarde a Luís Vilches ha quedado en alocada tentativa y en escasa autenticidad. Al esperanzador comienzo de faena al noble y parado segundo le siguieron mandones muletazos con la diestra a media altura. Al toreo al natural, repetitivo y poco sentido, le faltó emoción, entrega, muleta arrastra... demasiado. Con el complicado quinto anduvo a la deriva, desbordado, opaco, sin que su admirable esfuerzo por doblegar al bruto obtuviera recompensa. 

En todo caso, la sosería de los toros tocados en suerte a Fernández Pineda no justifica sus escasos atisbos de toreo artístico. Con tan placentera imaginación de un toreo de salón no llega el triunfo. Algún que otro natural bien ligado le recetó al noble tercero. Y compuso la figura en las tandas con la diestra al sexto, pero sin una pizca de emoción. No hubo más. Y es que metalizados debían estar para pelear con unos toros que después exigieron en el ruedo que solo con torearlos les bastaba. 


ABC. FERNANDO CARRASCO. El Cid otra vez  a las puertas

Otra vez apuntó alto Manuel Jesús «El Cid». Otra vez el de Salteras con el santo de cara. Esta vez sí, cortó oreja, pero dejó la impresión de que faltó por rematar la faena. Me explico. Tuvo en sus manos el mejor, por noble y con recorrido, toro de la tarde. Y así lo vio nada más salir El Cid. Pero la suya fue una faena de más a menos que se rompió a la mitad con un desarme cuando toreaba sobre la zurda. Cambió el toro y el torero no acabó de redondear. En todo caso, la disposición de Manuel Jesús es innegable aunque, como digo, queda la duda de si esas tres primeras series debieron ser más lentas.

Había toreado a ese primer toro de la tarde muy bien con el capote. Lances lentos que comenzaron a dar la medida del de Julio de la Puerta, un ejemplar que se desplazaba con franqueza. Brindó El Cid al público y, casi sin tanteo alguno, le puso la muleta en la cara. La tomó el astado con prontitud y, sobre todo, templanza en sus embestidas. Serie diestra ligada. Otra más. Y otra más. Bien el sevillano, pero algo acelerado. Bajaba la mano, tiraba de su oponente, pero faltaba el reposo. La plaza estaba con él, pero el toro seguía embistiendo de manera limpia y clara. Tomó la muleta con la zurda y... al segundo natural, el desarme. Ahí cambió todo, como decía. Se quedó más corto el toro y el torero no le cogió de nuevo el aire. Ni siquiera al volver sobre la diestra. Esta vez, menos mal, mató a la primera. Se pidió la oreja con fuerza. Debe servir para seguir luchando.

Puso todo el empeño del mundo por redondear la tarde en el cuarto. Pero el de Julio de la Puerta se rajó nada más sentir el hierro de la puya y a pesar de sacarlo a los medios en el inicio de faena, a las primeras de cambio se fue a las tablas del cuatro y allí se quedó. No hubo manera de hacerlo embestir ni por supuesto pasar. Fue ovacionado el torero por la voluntad mostrada.

Dispuesto

Manejó bien el capote Luis Vilches al saludar a su primero. El toro se le venció algo pero se desplazó. No terminó de humillar del todo, y eso condicionó el trasteo del utrerano, que trazó algunos muletazos de buena factura, aunque se alargó en demasía por esa insistencia de querer sacar partido a su enemigo. Tanto es así que escuchó un aviso. La disposición primó ante todo, pero sin acabar de rematar.

Suelto salió del caballo el quinto, que ya comenzó en este tercio a dar muestras de no ser claro en sus embestidas. Y así fue. En cuanto le plantaba la muleta Vilches, medía y se iba cruzado. Un regalito. A todo ello, el de Utrera se empeñó en torear de abajo hacia arriba, con lo que el de Julio de la Puerta echaba la cara por las nubes. Se puso delante el torero, pero se llevó unos cuanto arreones de mucho cuidado. Luego, estuvo negado con la espada, que no entraba ni a la de tres.

Antonio Fernández Pineda dejó su impronta con el capote ante el tercero de la tarde, un toro noblón al que se empeñó en hacerle una faena encimista, toreando muy de cerca, por lo que ahogó en más de una ocasión la salida de su antagonista. Faena larga y tesonera que fue diluyéndose conforme pasaba el tiempo y el astado se iba apagando.
Pocas fuerzas mostró el que cerró plaza, que a pesar de ser protestado, lo mantuvo el presidente en el ruedo. Luego, se vio que tenía nobleza. Pero aunque se desplazaba, no terminaba de romper hacia adelante del todo. Debió el de La Puebla del Río bajarle algo más la mano en los primeros compases de su trasteo, que es donde el toro fue más claro y repitió mejor. Porque luego, comenzó a quedarse corto y, al final, acabó parado, negándose a embestir. Faena larga y sin medida, que pesó.


Diario de Sevilla. LUIS CARLOS PERIS. Tarde de más a mucho menos

La buena apertura del festejo del día del Corpus en la Maestranza dio pie a la ilusión, Amador, el negro mulato enviado por Julio de la Puerta había servido para que El Cid revalidase su buen cartel en esta plaza pero la ilusión despertada con ese comienzo tan prometedor fue desmoronándose según iba saliendo un toro y otro; todos iban al caballo y hasta podían engañar con la violencia con que se empleaban, pero luego daban la cara llevando siempre la cara alta y sabiendo qué se dejaban atrás.

El Cid gusta en Sevilla y ayer pudo comprobarlo cuando se entendió con el toro primero. Hace muy bien, con empaque, el cite tanto con el capote como con la muleta, pero con ese toro debió estar mucho mejor de lo que estuvo. Le pegó varias verónicas de mucha enjundia, pero intercalándolas con algunos tirones destemplados. En la muleta se entendió a veces, sólo a veces con el toro, con un toro que iba y venía arrastrando el hocico por el albero. Fue una faena, como la tarde, de más a menos para alcanzar su cima en la suerte suprema. A toma y daca entró para agarrar una estocada de la que el toro rodó de forma espectacular. Una oreja, pero la sensación de que este saltereño debería haber salido ayer, día del Corpus, de Sevilla como torero de los más importantes.

En el cuarto hizo un esfuerzo que no venía a cuento, pues era un toro pregonao, berreón desde que le pegaron el primer puyazo hasta que dobló. El Cid, que lo recibió con una larga de rodillas en las rayas atropelló la razón tratando de hacer algo imposible, que el pregonao saliese de su refugio en tablas del 6. Y como el toro quería una cosa y el torero otra, pues aquello fue dilatándose sin futuro. Lloraba el toro y pretendía el torero un imposible. Al cabo se orientó El Cid, lo preparó para la muerte y lo mató tras un pinchazo.

Pasó Luis Vilches la prueba entre unos silencios muy elocuentes. El utrerano pareció salir al ruedo maestrante con el acelerador pisado, pero fue diluyéndose como la tarde, como esa sucesión de toros que fueron saliendo por la puerta de chiqueros. No tuvo suerte ninguna Vilches con el sorteo, pero, el primero de la corrida aparte, como lo que es igual para todos no es ventaja para nadie...

Su primero tenía recorrido y fijeza, pero echaba la cara arriba en el remate del muletazo y todo fue, para variar, de más a menos. El pase empezaba bien, discurría con corrección y terminaba deslucido por el cabezazo del toro. Levanta la faena con la mano izquierda, pero la cantidad prima sobre la calidad para que todo se desluzca aún más con la espada y con el desmañado uso del descabello. Sólo se oye el aviso y algunas palmas para el toro; lo demás, silencio maestrante.

En el quinto, jabonero como el primero de Fernández Pineda, se luce Luis Carlos Aranda en banderillas a base de exponerle. Vilches se va a los medios y allí aguanta hasta que no puede más. Las embestidas son violentas y de cara alta. Es una pelea vibrante en la que el toro, con la cara cada vez más alta, manda más que el torero. Un sainete con la espada le pone punto final a la actuación del utrerano, que otra vez se queda sin oír nada.

Fernández Pineda quiere hacer el toreo y eso es encomiable. Se coloca bien y le da el pecho al toro, pero ha de torear más. Da la impresión de haber llegado a la alternativa poco toreado. No es nueva esa impresión, sino la misma que me dio el año pasado. Lo mejor, sus lances al tercero con una media importante. Su primer toro tuvo poca transmisión y el torero estuvo por encima. En el sexto intercaló arte y falta de oficio para caer en el pecado de la insistencia, oyó un aviso y deja la impresión de que está en pleno aprendizaje.


El País. DANIEL GIL. Teoría del mando en la plaza

Dícese de alguien que tiene mando en plaza cuando demuestra autoridad para dominar una situación. La expresión, surgida del ámbito castrense, puede ser aplicada literalmente a la fiesta taurina por celebrarse ésta también en una plaza de toros. Ayer, en Sevilla, un toro y un torero, Cisquero y El Cid, aplicaron a rajatabla el sentido más riguroso de la expresión.

El matador hizo gala de su dominio y capacidad técnica en la lidia de su primer toro, un animal noble y que le permitió el lucimiento. El Cid lo recibió con elegantes lances a la verónica y cuando, ya con la muleta en la mano, el animal rompió a embestir, el torero la manejó con autoridad con la mano derecha, llevando al toro siempre embebido en sus vuelos, ligando los pases, redondos, rematados, como corresponde, con notables pases de pecho. Así, tres tandas, hasta que, intentando el natural, el toro pisó y desarmó al torero, éste trató de rehacer la figura, aquél se rajó y se acabó lo que se daba. Su eficacia con la espada, cuya falta ha privado a El Cid de triunfos en Madrid y Sevilla, propició que ayer cortara una oreja.

Ante el cuarto, El Cid conservó la dignidad, pero quedó desautorizado por Cisquero, un general de brigada disfrazado de mulo, manso redomado, que acampó junto al burladero del tendido cuatro y cavó trincheras, impidiendo cualquier cosa parecida a la lidia. Tanto mando tenía que hasta forzó que el caballo de picar, aburrido de esperar a que los peones movieran de allí al toro, saliera del ruedo en sentido contrario al reglamentario. De la comparación con El Cid salen muy perjudicados sus compañeros de cartel, Vilches y Fernández Pineda, muy nerviosos e inseguros, jamás confiados o dominadores con sendos lotes de bueyes mansos.

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