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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 25 de septiembre de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Siete toros, 1º y 5º de Juan Pedro Domecq (bien presentados pero invalidos y faltos de fuerza), 2º,3º,4º,6º y 1er.sobrero de Parladé (invalidos y descastados) y el 2º sobrero de Gabriel Rojas (encastado).
Diestros: 

  • Curro Romero: tres pinchazos, dos descabellos (silencio); no pudo matar al toro, fué apuntillado (bronca). De encarnado y oro
  • Espartaco: estocada casi entera, ovación, escasa petición y vuelta; oreja y vuelta. De berenjena y oro
  • Rivera Ordóñez: silencio; tres pinchazos (silencio). De vino tinto y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron:

Presidente: Gabriel Fernández Rey

Incidencias:  La Autoridad decidió proponer para iniciar expediente sancionador por las actuaciones  presuntamente infractora cometidas durante la lidia del 4º toro, y recogidas en el artículo 72.7 del vigente Reglamento Taurino.

Entrada: lleno

Tiempo: soleado

Crónicas de la prensa: El País, ABC, Diario de Andalucía.


El País. ANTONIO LORCA, Sevilla, edición del 26 de septiembre '99.    Volvieron los curristas.

La Maestranza lucía como en las mejores tardes de la feria de abril. Sólo faltaban los trajes de flamenca, los claveles reventones y los coches de caballos en el paseo de Colón.

Volvieron los curristas, entre los que son mayoría los que sólo van a los toros cuando torea el faraón de Camas, y abundaban las mujeres guapas, todas ellas curristas, como manda el prestigio social sevillano. Porque Curro Romero es algo más que un reconocido artista: es el más difícil todavía, el triple salto mortal, y esa circunstancia motiva a la gente ociosa, que siente la misma emoción ante una corrida de toros que ante un partido de golf.

El toro, una birria

Pero, sea como fuere, la Maestranza estaba preciosa llena de gente, dispuesta a disfrutar con el toreo eterno de un torero eternamente joven. El hombre, sin embargo, dispone; los curristas se predisponen, y el toro de Juan Pedro Domecq descompone. Romero lo intentó, esa es la verdad. Se dejó ver como un torero hambriento de triunfo, pero los toros del ganadero artista eran una birria.

No se le pueden negar a Curro sus buenas intenciones. Lo intentó, sin suerte a la verónica en su primero; pidió el cambio tras la primera vara, y porfió voluntariosa y valientemente con la muleta. Sacó el toro a los medios, jugó los brazos por ambos lados, pero el toro sólo quería refugiarse en las tablas y morir con rapidez. El cuarto fue un regalo, un toro grande, asticino, difícil, muy difícil para Curro. Permitió que lo masacrara el picador, que ejerció de matarife con dos puyazos fortísimos e infames, mientras que la plaza se enfadaba con el varilarguero que hacía caso omiso a las indicaciones del alguacilillo, porque hacía rato que se había cambiado el tercio.

Los curristas de nuevo cuño se enfadaron mucho con el picador, mientras Romero se dirigía despacito al burladero como si la cosa no fuera con él. La verdad es que ese tipo de toro no es para ese tipo de torero. Si la ganadería brava tuviera un carácter tan hostil, hacía varias décadas que Romero disfrutaba de una merecida jubilación.

Curro sólo tuvo tiempo de quitarle las moscas antes de que el animal se derrumbara para siempre. Ni un solo capotazo, ni un solo muletazo permitieron los toros artistas del ganadero Juan Pedro Domecq -dueño también del hierro de Parladés- al artista Curro Romero.

Volvieron los curristas y se encontraron con un torero llamado Espartaco, que ha puesto un extraordinario broche de oro a la temporada de su reaparición. No está recuperado de su rodilla, se ha dicho, y es verdad, que ya no es el de antes, pero hay que reconocerle el esfuerzo titánico que hizo ayer en Sevilla y el justo triunfo que consiguió porque se expresó como figura del toreo, pleno de oficio, de temple y de ganas de triunfo.

Su primero fue bravo en el caballo y complicado en la muleta. Espartaco se la jugó sin cuento después de una primera parte de faena plagada de dudas y a merced del toro. Era un animal para dejar al descubierto sus carencias, y el torero prefirió cambiar la moneda. Así, emergió el Espartaco dominador y profundo, y doblegó las malas condiciones de su oponente con naturales largos y sentidos. Lo mejor, sin embargo, llegó en el quinto, un sobrero de Gabriel Rojas, codicioso y encastado, al que Espartaco toreó primorosamente con ambas manos, en una faena maciza, de torero maduro y artista, dominador y dueño del temple.

Se le nota que su rodilla no es la de antes, pero sí mantiene la torería de antaño que paseó triunfante por la Maestranza de Sevilla. Espartaco comenzó la temporada de su reaparición con dos orejas fáciles en esta plaza, y la termina con un triunfo importante ante dos toros distintos: áspero y complicado el primero, y encastado y codicioso el segundo. Es el mérito de las auténticas figuras.

Francisco Rivera Ordóñez tuvo la misma suerte que Curro Romero. No está el torero en su mejor momento, pero peor es el del ganadero y no está en boca de casi nadie. Su primero era un inválido y descastado, y su segundo era hermano en los defectos. Así las cosas, lo intentó con cierta vulgaridad, se le agradeció la voluntad y felicidades por su próxima paternidad.


ABC. FERNANDO CARRASCO. Sevilla, edición del 26 de septiembre '99.  Espartaco reivindica su condición de importnte figura.

La expectación de la primera corrida de la Feria de San Miguel estuvo a punto de verse truncada si no es por Espartaco, que ayer se mostró como un torero importante, porque importante fue lo que hizo ante el segundo de la tarde, primero de su lote. Juan Antonio, que consintió, apechugó y tragó lo indecible, consiguió, como en sus mejores tiempos, domeñar y dominar a su oponente.

SIN TREGUA

Lanceó con gusto a su primer astado, ganando terreno y jugando muy bien los brazos. Se le venció en dos ocasiones por el pitón derecho el de Parladé, aunque pareció no importar al de Espartinas. Juan Antonio comenzó su faena precisamente por el pitón malo. Ahí se le vencía, le buscaba la taleguilla y se quedaba debajo. No se amilanó el sevillano, que le consintió por ese pitón y le buscó las cosquillas por el izquierdo después. Pero Espartaco está con ganas y, lo que es mejor, con sitio. Por eso, insistió por el izquierdo hasta que dominó a su enemigo. Y surgieron los naturales largos y templados, cadenciosos. No era un toro para florituras pero hasta las consiguió el torero. Se vio vencido el de Parladé y reculó a tablas. Había vencido Juan Antonio, que incluso se permitió la licencia de torear sobre el pitón derecho. Faena de figurón del toreo. Dio la vuelta al ruedo.

Luego vendría el recital ante el quinto. le devolvieron el titular y salió uno de Gabriel Rojas, grande y que no hizo cosas demasiado buenas en los primeros tercios. Toro un punto tardo pero que cuando embestía transmitía mucho.

Juan Antonio se fue a los medios con el de Rojas. Citó siempre con la muleta adelantada, clavando los pies en el albero y sin rectificar la posición para nada. No era un toro fácil, pero el de Espartinas -quien tuvo, retuvo- tiró de él, lo llevó siempre muy tapado y sin que le tocase la muleta para nada. Pinchó antes de agarrar una casi entera. Oreja de ley.

DESASTRE GANADERO

Por lo demás, la corrida fue un desastre ganadero. Los toros de Juan Pedro, Parladé y hasta uno de Gabriel Rojas se quedaron sólo en la presencia. Porque luego ni tuvieron fuerza ni raza alguna.

Animoso y con ganas recibió Curro Romero a su primero, que salió suelto pero que repitió, aunque sin emplearse en demasía. Se quedó corto de recorrido tras entrar al caballo. Luego, en el tercio final, apretó para los adentros, repitiendo sin convicción. pero Romero anda sobrado e intentó, a costa de lo que fuese, sacar partido. Incluso lo llevó fuera de la raya de picadores. Mas no hubo el acoplamiento deseado. En cambio, al cuarto no lo quiso ni ver no más apareció por chiqueros.

Rivera Ordóñez vio cómo le devolvían su primero, encontrándose con el primer sobrero, un toro soso y sin fuerzas que perdió las manos. Fue silenciado. Con el sexto, no mejoró su paso por la Maestranza. Otro toro grandón que no se empleó en ningún momento y que dio medias embestidas. Así las cosas, el torero no pareció tener muchos ánimos para sacarle partido


diarioandalucia.jpg (22376 bytes)  Edición del 26 de septiembre de 1999.    Espartaco, afán de superación.

La corrida no respondió a lo esperado. La primera frustración fue una plaza casi llena pero en la que había demasiadas zonas en las que el aficionado –afortunadamete en este incómodo coso– estaba sentado muy holgado. Pero la mayor frustración vino de mano de los toros de Parladé, hierro de Juan Pedro Domecq, que no dejaron nada positvo. Tuvo que ser un sobrero de Rojas, lidiado en quinto lugar, el que permitiera lo mejor de la tarde, que corrió a cargo de un Espartaco obsesionado, a estas alturas de su trayectoria, en un afán de supeación de sus propias circunstancias. Realmente loable.

Curro echó por delante el toro de Juan Pedro Domecq que le había correspondido en el sorteo de la mañana. Fue un astado sosote, de escasas fuerzas y por ende, pese a la nobleza que se atisbaba en sus medias embestidas, de escaso recorrido, quedándose cortito y rebañando. Romero se justificó en un intento con capote y con muleta; un intento en sus condiciones, ya que la única forma de haber sacado algún momento lucido de este astado era doblar mucho la cintura con él, presentándole planchadita la muleta y, con una muñeca muy templada, ir alargándole la embestida hasta donde el toro pudiera llegar. No era, por lo tanto, material para Curro, lo que no significa que no tuviera algo más.

Una estocada entera le endiñó el niño de Martín Sanz en las dos brutales varas que ordenó ejecutar Curro al cuarto de la tarde, con el que se cebó el piquero durante varios segundos después de haber cambiado el tercio el presidente, desoyendo las voces del alguacilillo desde la tablas y obligando a salir del burladero hasta al propio delegado gubernativo en un intento de poner fin a la carnicería. El toro, que desde que remató en tablas se vio que tenía dificultades –además de ser el más ofensivo por delante–, fue recibido con capote por Alcalareño, para aparecer Curro sólo para quebrantar su impetuosa embestida con capotazos de mucho castigo. Tras los dos primeros muletazos de castigo de Curro, las estocadas del picador hicieron su efecto y el toro se echó. Como en las matemáticas, dos y dos, cuatro.

Toro mentiroso el primero del lote de Espartaco. Engañaba porque tuvo fijeza en el capote –ya se le coló al llevarlo al caballo– y entraba en la muleta al cite con relativa prontitud, pero al final del muletazo se vencía de forma repentina hacia la cintura del torero, poniéndole los pitones cerca de la taleguilla, lo que provocaba que Juan Antonio tuviera qe estar continuamente rectificando la posición para engarzar el siguiente muletazo. Aunque explotó en mayor medida el pitón izquierdo –por donde el astado se vencía en menor medida– el defecto fue desarrollándose conforme avanzaba la lidia y a mitad de faena casi toda la plaza se dio cuenta de las verdaderas complicaciones del astado de Parladé. Espartaco se mantuvo firme, con una buena cantidad de pases, pudiendo con él a base de su amplio repertorio técnico.

El quinto fue devuelto a chiqueros por falta de fuerzas. El segundo sobrero, del hierro de Gabriel Rojas, lo brindó Juan Antonio a sus tres hermanos: el picador Manuel Jesús, el banderillero Francisco José –ambos en su cuadrilla– y Víctor, el único que no viste de luces. El astado tuvo transmisión, nobleza y fijeza. Con capote logró templadas verónicas y en la muleta le cogió muy rápido la distancia. Cuajó buenas tandas de naturales, templadas y ligadas, bien rematadas con los de pecho. Además, el toro tuvo ciertas dificultades –que no todos vieron– derivadas del fondo de casta que tenía, con algunos arreones que Espartaco pudo dominar perfectamente. Midió la faena y mató de pinchazo y media tendida.

El tercero fue devuelto por su limitado fuelle, saliendo un sobrero del mismo hierro de Parladé. Este astado no fue fácil, parado, sosote y reservón, además de un puntito de brusquedad. Y, aunque Rievera se mostró valentón, no supo vender aquello de forma que conectara con la gente. Todo resultó demasiado insulso con un torero que dijo muy poco, sin transmisión alguna.

El sexto, parado, soso y distraído. Su matador, Rivera Ordóñez, incapaz de buscar recursos para poder hacer algo que interesara. Y con la espada, tan mal como durante todo este año.

FRANCISCO MATEOS

 

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