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Festejo 13 de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 30 de abril de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Juan Pedro Domecq, con más kilos que trapío, sospechosos de pitones varios. 2º y 3º impresentables, inválidos y descastados, excepto 1º, con trapío, fuerza y casta.
Diestros: 

  • Curro Romero. Media atravesada y descabello (pitos); pinchazo, estocada corta y dos descabellos (petición y vuelta).  De tabaco y oro
  • Enrique Ponce. Pinchazo perdiendo la muleta y media saliendo derribado (aplausos); estocada ladeada (ovación y salida al tercio). de verde imperial y oro
  • Rivera Ordóñez. Dos pinchazos, se sienta el toro y lo mata el puntillero (silencio); seis pinchazos -aviso- y estocada corta perdiendo la muleta (silencio). De nazareno y oro

Picador que destacó -

Banderilleros que saludaron:

Presidente: Juan Murillo

Incidencias:  -

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: soleado

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Correo de Andalucía, El Mundo


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. Ese Curro incombustible

JOAQUÍN VIDAL, Sevilla  Curro es un permanente renacer. Curro Romero se reaviva de sus propias cenizas y aparece de súbito hecho un torero juvenil y rozagante, valeroso y artista que va y pide pelea. Ese Curro Romero exclusivo es incombustible; como el propio arte de torear.

Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron gloriabendita.

Las verónicas con que recibió al cuarto toro fueron un cúmulo de valor, de técnica, de arte. Y enloquecieron a la afición.  El toro se iba suelto, trotaba abanto abriéndose de las tablas y querían intervenir los peones, pero Curro Romero no les dejaba. Curro Romero había visto la condición del toro tan pronto apareció en el redondel.  Qué ciencia infusa, qué genio intuitivoposee Curro Romero para conocer la catadura de los toros en cuanto asoman el morro por el portón de chiqueros constituye un insondable misterio. El caso es que según plantaba el toro la pezuñaen el albero Curro hacia otro tanto con las zapatillas y ya estaba presente dispuesto a torear.

Al cabo de unos cuantos galopes alocados del toro por los medios Curro lotrajo al tercio, le desengañó de sus querencias, le fijó en el engaño, le enjaretó en un palmo de terreno lo menos diez verónicas inmensas y las abrochó con media verónica de cartel.   La Maestranza, ya se puede suponer, se convirtió en un manicomio. El gentío alborotado y en pie, unos se echaban las manos a la cabeza, se abrazaban otros y todos se rompían lasmanos de aplaudir mientras la banda soltaba al viento sus más jubilosos sones.  Estaba lanzado Curro e hizo dos quites a la verónica. Uno detrás de otro.

Todo eltoro había de ser para él. Mecía el lance con una lentitud asombrosa y restallaban estruendosos los olés. Lo malo fue que no había toro. En el segundo quite se acabó el toro. Se acabó sin remisión al tomar la tercera verónica. Tal cual humillaba perdió el control, cayó de lado, se pegó la gran costalada y quedó en desairada posición, patas arriba, sorprendiendo al personal con la innecesaria exhibición de lo del día de la boda.  Aún habría más Curro, mástoreo, más arte; pero sin toro. De todos modos aquel  toreo de capa quedó plasmado para la historia; su regusto, paraengolosinar de por vida los más exigentes paladares; sus formas, como ejemplo de lo que es el arte de torear.  Entró Enrique Ponce a veroniquear el toro siguiente y no era lo mismo. Tiraba el lance sin reunir y rectificaba precipitadamente los terrenos.

Cuando los modernos pegapases torean a la verónica el público parece que está viendo un partido de tenis: han de volver la cara ora a babor, ora a estribor, para seguir de un lado a otro el ajetreado zapatilleo que se trae el artista.  Los principios del movimiento continuo animaban también las faenas de muleta. Ponce toreó fuera de cacho, componiendo con pinturería la figura al embarcar, quitándose precipitadamente de en medio al rematar. Luego no ligaba. Y una faena que no es ni reunida ni ligada se ajustará fielmente a los principios del movimiento continuo que sustentan el toreo moderno, pero tiene muy poco que ver con el verdadero arte de torear. 

El primer toro de Ponce carecía de trapío, presentaba una cornamenta escasa de sospechosos pitones, padecía perniciosa invalidez, sacó un temperamento borreguil, se desplomaba sin causa aparente que lo justificara. O sea, lo que su propio ganadero llama el toro artista. El segundo del lote, debía de ser menos artista pues, aunque noble, desarrolló cierta viveza. Dio lo mismo. A los dos les aplicó Ponce similar faena.   Las de Rivera Ordóñez no podían existir. Inválidos y totalmente descastados sus toros únicamente tuvo ocasión de intentar algún derechazo suelto. El tercero de la tarde, durante el muleteo se sentó donde le dio la gana para ver cómodamente la corrida y al sentir un pinchazo repitió la acción. El sexto huía para refocilarse en su mansedumbre al abrigo de las tablas y Rivera Ordóñez lo pasaportó de mala m anera.

El único toro entero de la corrida salió en primer lugar, Curro Romero lo capoteó bien y en cambio con la muleta se limitó a trapacear. Como si estuviera acabado. Pero renació de sus cenizas en cuanto vio salir al cuarto y tras poner boca abajo la Maestranza con las verónicas tomó la pañosa y se emborrachó de torear. Aprovechando la nobleza del toro, y seguramente también su invalidez, le dio pases de todas las marcas, varios de ellos rescatados de las tauromaquias añejas. Todos los pegapases juntos son incapaces de dar al cabo de una temporada entera el riquísimo repertorio que Curro Romero desplegó en sólo tres minutos de faena. 

Por eso es el faraón. ¿Algo que objetar?      


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla.   Seis verónicas o más sin enmendarse

Curro Romero explicó por qué el toreo es otra más de las bellas artes

Una vez, con ánimo de cargarse las veleidades taurófilas de la redacción en que trabajaba, Eugenio Noel hizo una encuesta sobre los acontecimientos decisivos de este siglo. Y salió, entre ellos, «seis verónicas de Belmonte sin enmendarse».

Pues eso; ayer en La Maestranza Curro Romero engendró, parió y elevó a los cielos seis verónicas, seis o más, sin enmendarse. O enmendándose poco. Pero eso es lo de menos. Seis verónicas, seis o más, sin necesidad de enmienda. O de poca enmienda. Como aquéllas de Belmonte que hicieron crujir los fundamentos científicos y antitaurinos de Eugenio Noel.

Hubo algo más: hubo el tiempo en otras dimensiones; hubo el ritmo, la cadencia y el sentimiento profundo. Y un molinete airoso. Y, todavía, algo más insólito en estos días: hubo una trabazón de la faena, aunque no redonda, que no fue un goteo intermitente de pases aislados, sino un argumento: una arquitectura. De esa faena, en especial, tres redondos de majestad; las trincherillas como un golpe de ala, de ala de pájaro inmaterial; algunos medios naturales que parecían enteros por el empaque; un pase de pecho.

Voluntad y arte; drama y desasimiento, espiritualidad y materialidad, cuya síntesis es un estado de perfección y pureza.

Curro Romero prescindió de la técnica, que la tiene y que había exhibido en el primero. Mi teoría sobre la técnica de Romero es muy sencilla. Primero, con el capote, hace creer al toro que es toro de lidia. Luego, con la muleta, acaba por desengañarlo; machetazos leves, leves toques a los costados; como si en vez de preparar al toro para la faena, lo preparara para la muerte.

Naturalmente, el toro se prepara para la muerte, y de allí no hay quien lo mueva. Lo que Curro ha hecho en esos breves momentos de castigo chapucero es labor de filosofía didáctica: ha convencido al toro de que no ha nacido para embestir. El toro se lo cree y se para. Esto es lo que hizo ayer en el primero; en el segundo prescindió de esa sabiduría y derrochó el arte a torrentes; prescindió de esa técnica inhibidora e inundó la plaza con un sentido de la tauromaquia intemporal. Es difícil ponerles diques a la emoción y al arte. Sobre todo, cuando esa emoción y ese arte vienen, pausadamente, de la mano férrea y suave, terciopelo y hierro, de Romero.

El delirio, la comunión de los santos, la procesión en pos de la  eternidad. O sea, Curro Romero. Si llega a matar, le entregan La Maestranza entera. Pero yo creo que mata mal porque les tiene alergia a las orejas: las orejas son una grosería peluda impropia de artistas inmarcesibles como Romero. Por eso, creo yo, pinchó: para no manchar sus manos divinas con la vulgaridad de una oreja.

A Enrique Ponce lo persigue la desgracia. Tener que torear ayer después de lo que había hecho Romero acaba con cualquiera. Y mucho más con Ponce. Cuando lo sacan de las becerradas que él elige, se pega el batacazo. Y con los becerros se lo está empezando a pegar también. Yo no digo que el juampedro de ayer, el segundo, fuera un becerro, pero casi. Los juampedros eran melocotón en almíbar para el exquisito paladar del poncismo militante.

Y, salvo el gesto de genio de querer imponerse a las circunstancias en el quinto, Ponce se marchó de la plaza sin euforias. Salvo para el poncismo militante. Si le bajaba la muleta al juampedro, se le venía al suelo, y, si la subía, se iba por los cerros de   Ubeda. ¿Dónde está la famosa técnica del number one?

Enaltecer otra vez el valor y la gallardía de Rivera Ordóñez empieza a ser estéril. Primero, porque los ha demostrado suficientemente; segundo, porque el valor a un torero, como a los militares, se le supone. Rivera Ordóñez tuvo ayer la negra suerte de que le tocaran los dos mansos rajaos; los dos toros absolutamente descastados de la descastada corrida. Ante eso el
valor de Rivera se estrelló


ABC. Vicente Zabala de la Serna.  A Curro Romero se le durmieron los brazos a la verónica para soñar el toreo

Curro Romero montó un alboroto de tal calibre con el capote que hasta los cimientos de la Maestranza temblaron. Qué manera de torear, qué belleza, qué empaque, qué cintura, qué lentitud, qué arte. Nacían las verónicas ya paradas de sentimiento, y mecían la embestida hasta hipnotizarla. Además, después, Romero dejó pinceladas y muletazos con el empaque y el aroma de su toreo camero y dio una clamorosa y emocionante vuelta al ruedo.

Iba la corrida cuesta abajo cuando a Curro se le durmieron los brazos, y se olvidó de todo. Mecía las embestidas a la verónica y las paraba en esculturas calladas. Torear tan despacio, torear así, a un toro de salida no es posible si no se tienen las muñecas partidas. ¿Cómo quieren que luego maten las mismas manos que acarician con tal suavidad el aire y crean monumentos y enamoran, caídas como ayer, cuando cae la tarde? Cuando se cerró la media, la plaza se había convertido en un manicomio, en un maravilloso manicomio. Los oles brotaban desde los tendidos hacia arriba, hacia el cielo, hacia Camas. Bendita locura de seguir toreando a su edad, porque momentos así no los congela ni los cincela nadie más que él, nadie más que Romero. Lo acaecido en la Maestranza raya lo inenarrable. Sería imposible que el cronista con su torpe pluma plasmara con toda la intensidad el éxtasis vivido.

A continuación, Curro, crecido, volvió a la cara del noble «juampedro» para esculpir nuevas y sin embargo eternas verónicas, extraordinarias por el pitón izquierdo. Y la gente, de nuevo, en pie, rompiéndose las manos y desgarrándose la garganta. Quería el Faraón el cambio con un solo puyazo, y el presidente lo consintió. En ese instante el torero volvió a hermanarse con el arte, pero el toro se derrumbó. Daba igual que el animal no valiera nada, valía para lo que valía, para que Romero dibujara verónicas en el aire. ¡Ay si Benlliure viviera!

Se le veía al veterano maestro con el nerviosismo de un debutante, de un chaval que empieza. Incluso, se aceleraba pidiendo los trastos y los cambios de tercio. Mas la celeridad desaparecía en la cara del toro, para dar paso a muletazos de ensueño, arabescos de fantasía plenos de inspiración. Derechazos y naturales siempre fueron medios pases, templados pases que exaltaban al gentío. Surgió, incluso, un molinete, ya en las postrimerías de aquella maravillosa historia que quedará en la retina y en las mentes de todos los que tuvimos la enorme suerte de presenciarla.

Dio el camero una vuelta al ruedo apoteósica, pletórico, soñando  todavía como había soñado el toreo. La vuelta vino, claro, después de que los aceros mataran al toro (curiosos, ver la ficha).  Hasta entonces, la historia de la corrida había dado muy poquito de sí, tan poco que apenas había nada que contar. Curro había estado decidido en la salutación del fuerte y violento primer «juampedro». Las cuatro o cinco verónicas que surgieron engarzadas contuvieron empaque y aroma, pero no cristalizaron ni rozaron la altura de la obra posterior y antes contada. El toro derribó con violencia dos veces al caballo, y el ídolo de Sevilla hasta para el quite estuvo ayer presto y dispuesto. Mas luego, la disposición se diluyó entre el potencial del bravucón astado y el viento. El torero optó por meterse por los cuellos desde un principio, tocarle las orejas y los costados, para después ponerse pinturero cuando el ejemplar de Domecq ya se había parado. Desde la distancia dejó media estocada que refrendó con un eficaz golpe de verduguillo.

El esfuerzo de Ponce

Enrique Ponce realizó durante la corrida un esfuerzo por agradar a la  afición sevillana. Esfuerzo que se tradujo en una espeluznante voltereta cuando atacó en corto y por derecho la suerte suprema ante el descastado y tontorrón segundo. Afortunadamente, del susto y el tremendo porrazo no pasó la cosa, quizá por suerte o quizá porque los paupérrimos pitones de su enemigo no estaban capacitados para herir. En el lance colocó media estocada, suficiente para dar muerte al penoso animal.

Con el quinto, que desarrolló genio, producto de la ausencia de  casta, echó el valenciano toda la carne en el asador en los medios, y consiguió obtener, especialmente con la diestra, series poderosas de bella factura. Los muletazos del comienzo, entre ellos un ayudado por bajo, se incluyeron entre lo mejorcito de su labor, junto con el volapié final. Lástima que el «juampedro» se rajara. Valoró el público la entrega y sacó al diestro de Chiva a saludar al tercio.

Sin historia

La historia de la lidia del romo tercero no dio para nada, porque se murió así, de repente, podrido por dentro, aunque también lo estaba por fuera. El único apunte reseñable fue el buen manejo del percal deFrancisco Rivera.

No apreciamos desde nuestra localidad la cara del ganadero cuando apareció el sexto, y por ello no nos es posible contarles si su gesto fue de bochorno. Seguro que sí, que Juan Pedro Domecq desconocía que los pitones de su pupilo fueran así de astigordos... Además de la lámina de toro fofo y supuestamente tocado, por dentro no llevaba más que horchata, o a lo mejor ni eso. Buena imagen la de Rivera persiguiéndole por el ruedo para darle muerte. Y no era culpa de Rivera, claro. El mal manejo de la espada sí que fue de su responsabilidad. Total, que entre unas cosas y otras, se fue sin torear, tarea harto imposible con semejante material.

La podredumbre de los ejemplares de Juan Pedro Domecq quedó  envuelta en un halo de gloria por el triunfo de Romero. 


El Correo de Andalucía. Jose Enrique Moreno. Sevilla. Curro Romero, la verónica

La media docena de lances ligados que le dio al sexto y sus detalles con la muleta, lo m‡s bello de la tarde

Curro ha echado una Feria muy en Romero. Detallitos por aquí, destellos por allá poco en concreto y mucho para la creatividad y la ensoñación. Pero muy propio en este torero es llegar a la última tarde, apurar hasta el último toro y formar el taco de forma que nadie se acuerde ya de lo malo. Y es que el toreo de Romero es tan especial y tiene tanta capacidad emotiva que lo tapa todo. Esto sucede, claro está, cuando lo hace Ðel torero, se entiendeÐ, y no cuando lo esboza. Cuando lo esboza no me lo trago ni entro en histerias colectivas; cuando lo hace, me emociono y soy uno más entre los históricos.

Curro ya había apuntado algo en cuanto a decisiónn en el primero de la tarde. Algunos lances fueron compuestos y el conjunto hizo albergar esperanzas en cuanto al talante del torero. Pero no podía ser que Curro se destapara a la primera, sería como ir en contra de su personalidad. De modo que la miel quedó en los labios porque el torero aplicó técnica destructiva al claro juampedro y le enseñó a no embestir.

Pero salió el cuarto ÐGuardamonteÐ y lo hizo con la penca del rabo levantada, embistiendo con brío a los burladeros. Curro lo vio y casi de un salto se colocó en el tercio. El toro galopó con excelente son desde muy lejos y Curro lo aguantó, pero no logró recogerlo en el capote porque el animal tendía a irse suelto. Lo sorprendente fue que la apuesta de Romero por el toro no cesó y, ya con los caballos en el ruedo y el toro cerrado en el burladero del cuatro, el torero lo toreó con su arte proverbial a la verónica. No fue un lance aqu’ y otro allá, fue media docena de lances ligados, templados y despaciosos con los que Curro creó pequeños monumentos al arte del toreo de capa. Cada lance se paró para siempre en la mente de los que los vieron, con el toro y el torero fundidos en una figura irrepetible, sencillamente perfecta. Curro Romero no toreaba a la verónica, Curro era la verónica. La plaza estalló como sólo lo hace ante lo extraordinario.

Ya no hacía falta más. La tarde se había llenado de pronto de toreo. Pero el Faraón no se conformó y, consciente de la justeza de fuerzas de su enemigo, lo quiso mimar en un solo puyazo. Tampoco se completó el tercio de banderillas para dejar el toro al gusto del torero, pero ni siquiera así se pudo evitar que el juampedro, que tuvo mucha calidad en la embestida, se viniera abajo y quedara con media embestida. Lo poco que duró lo aprovechó el maestro para gustarse en el comienzo de algún derechazo, en un natural inmenso y en el toreo accesorio, que en sus manos pareció fundamental: trincherillas, kikirikís, Áun molinete! y otras alegrías con su sello personal dieron paso a una vuelta al ruedo también distinta. Romero subió su cotización en cuestión de minutos. Las cosas de Curro.

Poco ayudaron los lotes de Ponce y Rivera, sobre todo el de este œltimo. Ponce toreó muy templado y con estética a la verónica en su primero sin encontrar el justo eco en el tendido. Luego el toro embistió sin poder en la muleta y sólo permitió que Ponce estuviera bien técnicamente para mantenerlo en pie. Y al final, gran susto cuando el toro prendió por el pecho al torero cuando se entregó a la hora de matar. Donde sí logró calentar el valenciano fue en la faena de muleta al quinto. Lo consiguió en la primera fase porque luego el toro, mansón y sin clase, no hizo otra cosa que protestar y negarse a embestir. Ponce tuvo el mérito de provocarle y sacarle lo poco bueno que tenía, pero no pudo evitar que la faena fuera a menos porque el toro se fue rajando.

Más manso fue el sexto, que completaba un lote imposible para Rivera, y es que el tercero tuvo tan poca raza que se echó después de un par de series. Con un toro desrazado y otro manso no se puede pedir que Rivera triunfe. Era imposible. Sólo anotar su temple y buen gusto en el toreo a la verónica en su primero.

Pero de verónicas ya se ha hablado bastante en esta crónica...

 

 

 
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