GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
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Corrida 12ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Tarde del jueves, 17 de abril de 1997
Corrida de toros

Crítica de prensa

Ganadería

Diestros

  • Curro Romero, (diez intentos de descabello, ovación, dos intentos, cuatro de descabello y silencio)
  • Joselito (estocada y silencio, media estocada y ovación)
  • Rivera Ordóñez (dos pinchazos, media estocada y aplausos, estocada tendida y ovación).

Picadores que destacaron: Juan María García, de la cuadrilla de Rivera Ordóñez, y Francisco Martín, de Curro Romero.

Banderillero que saludó: José Sánchez Hipólito, de azul y plata, en la cuadrilla de Riveara Ordóñez.

Presidente: Fernando Carrasco

Incidencias: fueron devueltas la primera y sexta reses, ambas de Torrestrella, por descoordinación en extremidades.

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: nublado y sol


CRÍTICA DE LA PRENSA

EL PAÍS. Joaquín Vidal

Curro torea a la verónica. Curro Romero se hizo presente y toreó a la verónica. Dicho lo cual apaga y vámonos.

Curro Romero toreó a la verónica... Toreó primero en los lances de recibo y el toro venía toreado, no se sabría decir si también mecido, embrujado de cualquier forma en los vuelos del capotillo mágico. Y no le cabía otro remedio que obedecer.

Cuando un torero torea, manda. Cuando un torero torea, lo dicho: apaga y vámonos.

La Maestranza estaba ya en pie cuando Curro Romero tendió el capote adelante, recibió la última embestida, la recogió en un suave vuelo trayéndosela a la cadera y dejó al toro en estado de catarsis... El maestro, entonces, se volvió así, miró al perplejo toro asá, y se marchó despacito, con la satisfacción del deber cumplido, nimbado de torería excelsa.

Y fue la locura. Rompió la banda a tocar jubilosa, el estallido de la ovación se mezclaba con los gritos de ¡torero!, y Curro hubo de saludar montera en mano. Muy serio saludó. Curro Romero saludaba con respeto y decencia.

Entró al quite y repitió la calidad de las verónicas. Y convirtió la media verónica en un alarde de armonía... Quizá se pasó de lentitud y quedó el capote a merced de las astas del torito bueno. No importó a nadie el desarme. Se repitió el clamor: el público de nuevo en pie y enardecido; el maestro volvía a saludar montera en mano.

Eso fue todo.

Eso fue todo o nada menos. Depende de las exigencias que se traiga el atento observador. Toda una corrida no puede reducirse a unos lances, es verdad. Ahora bien: tal como se torea ahora, que es un no torear, un pegar pases a cientos sin parar de correr, un componer posturas, cuando uno torea dan ganas de bajar a pegarle un abrazo, luego invitarle a cenar.

El toro que quedó en estado de catarsis no llegó a reponerse jamás. El toro tenía la fuerza de la gaseosa y la agotó en la magia de las verónicas. Curro Romero intentó derechazos y apenas si sacó uno. Lo mató a la desastrada manera que le es habitual. Algo parecido ocurrió en el primero de la tarde, que estaba igual de inválido y a ése ni verónicas llegó a cuajarle; unos derechazos que ensayó los resolvía a enganchones.

Jóvenes figuras que, por edad, podrían ser sus hijos, alternaban con Curro Romero. A las dos jóvenes figuras se les ofrecía la oportunidad de cortar orejas, salir a hombros por la puerta del Príncipe poniendo a contribución del triunfo la ilusión y la fortaleza, que son atributos de la juventud; el pundonor y el valor; la técnica bien aprendida. Pero, ¡oh!, no triunfaron.

A lo mejor la técnica no la tenían tan bien aprendida como cabría deducir de su condición de figuras. Ni parecían motivarles los atributos propios de la juventud. Delante del toro, a algunos toreros se les pone cara de jubilados. Joselito daba la sensación de tener una tarde espesa. Premioso y destemplado, se tomó su tiempo para torear a sus dos toros. Ni un solo muletazo provocó ese olé interjectivo que merece la torería auténtica. En cambio con la espada estuvo segurísimo. Salió a estoconazo por toro. Y eso le salvó del fracaso que él mismo venía gestando.

Rivera Ordóñez estuvo igual de entregado y valiente que en tardes anteriores. La probona e incierta embestida de su primer toro no le impidió sacarle faena, ceñir dos tandas de redondos y sobre todo dos de naturales, largos y hondos, una de ellas rematada con la trincherilla torera. Mató mal y se quedó sin la oreja que ya pedía el público. Con el sobrero que hizo sexto, manso y áspero, volvió a muletear decidido y le sacó el partido posible, que no era precisamente de florituras sino de dominio y aguante.

Ambos jóvenes hicieron quites y compitieron entre sí. Rivera instrumentó unas valerosas gaoneras al quinto y Joselito, sin corresponderle turno ni nada -pues ya se había cambiado el tercio-, entró a enmendarle la plana. Y no se la enmendó. Las gaoneras que dio quedaron en el olvido.

Ocurrió quizá porque Joselito, y tantos otros toreros modernos, lancean de capa a pasa torito, largando tela, dándole aire, vaciándolo por las afueras. Y torear de capa, principalmente en la modalidad de la verónica -suerte fundamental- es otra cuestión.

Torear es presentar el capotillo como dicen que hizo la Verónica en el Calvario para enjugar el rostro de Jesús coronado de espinas; dejar que el toro llegue; al embroque, adelantarle la pierna contraria; embarcar con suavidad y lentitud; en el remate, estar ya en posición de repetir la suerte, y volver a embrujar a la fiera en los vuelos del capotillo mágico. O sea, la gloria. O sea: Curro. Y apaga y vámonos.

 

 

 
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