GANADERÍAS DE ANDALUCÍA
Almería
Cádiz
Córdoba
Granada
Huelva
Jaén
Málaga
Sevilla

 

Corrida 10ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 15 de abril de 1997 
Corrida de toros

Ganadería: 

Diestros

  • Emilio Muñoz, oliva y oro (media estocada baja y silencio, aplausos y silencio desde el tercio)
  • Manuel Díaz "El Cordobés", de azul celeste y oro (buena estocada y palmas, pinchazo y aplausos)
  • Víctor Puerto, de blanco y oro (media estocada alta y silencio, pinchazo y media en su sitio, silencio)

Picador que destacó:

Banderilleros que saludaron: José Manuel fernández "Alcalareño", de la cuadrilla de Emilio Muñoz, y Antonio Pérez "El Pere", de la cuadrilla de El Cordobés.

Presidente: Francisco Teja

Incidencias: el sexto de la tarde, de Juan Antonio Ruiz Román "Espartaco", tuvo que ser devuelto a corrales por cojo, y fue sustituido por el primer sobrero, de Carmen Borrero, que a su vez fue sustituido por el segundo sobrero de la misma ganadería, por inutilidad manifiesta.

Entrada: prácticamente lleno

Tiempo: con sol y calor


CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica de El País

EL PAÍS. Joaquín Vidal

Los peores ganaderos de la historia. De Creta acá, la historia del toro y de la fiesta no ha conocido peores ganaderos. Los toros que crían los actuales ganaderos que llaman de bravo son más malos que la carne de pescuezo.

No todos los ganaderos llamados de bravo entran en la moción. En realidad, ni siquiera la mayoría. Los mal llamados ganaderos de bravo criadores de toros más malos que la carne de pescuezo son unos cuantos, apenas un par de docenas, entre mil que se dedican a la misma actividad.

El estado de la cuestión tiene este perfil: cerca de mil ganaderos se dedican a criar el toro bravo, o eso intentan, y les sale o no, si no les sale corrigen el encaste y vuelta a empezar, invierten en la empresa un dinero bueno que rentabilizan rara vez; y, mientras tanto, un par de docenas de colegas traen al mundo toros más malos que la carne de pescuezo, los sueltan en las plazas, aburren de muerte al personal y cobran por eso una millonada.

Y, por el mismo precio, mandan en la fiesta. Mandan hasta el punto de que pueden declarar huelga total en virtud de unas reivindicaciones ilegítimas que sólo a ellos benefician; van por la vida de señoritos, se manejan bien por las altas esferas y, donde no, se valen de un equipillo que presume de influencias y de poder, se gozan con los inciensos que les sahuma una caterva de cantamañanas, pisan fuerte, sacan pecho. Y, de resultas, les sale rodado un provechoso oligopolio.

No está mal. He aquí un pingüe negocio, exclusivo de la España cañí: criar toros más malos que la carne de pescuezo.

Si están de oferta, ayer tuvieron ocasión de presentar un completo muestrario de su producción seriada. Pertenecía a tres ganaderías distintas y sería dificilísimo determinar cuál alcanzó mayores niveles de moruchez.

Los llamados toros aparecían desmedrados, los pitones embastecidos, tundido el cuerpo, el andar sicalíptico. Los toros serían unos santos pero por las trazas parecían unos soberanos calaveras. Y luego hacían cosas graciosas. Cuál fingía que se despanzurraba, cuál se caía de culo, cuál pegaba la voltereta, cuál buscaba hierba.

Les decían de embestir (los toreros les decían de embestir) y se llamaban andana. Los toros de los ganaderos morucheros no habían sido criados para eso. Los toros de los ganaderos morucheros habían sido criados para demostrar que son más malos que la carne de pescuezo, y puestos a la tarea, todos de consumo mostraron un ejemplar pundonor.

Había aficionados en la plaza y se les llevaban los demonios. Los aficionados -gente enamorada de la fiesta, conocedora del toro de lidia, experta catadora de las artes del toreo, estudiosa del Cossío, especialista en reglamentos y órdenes comunicadas, recitadora impecable de Los mozos de Monleón- manifestaban su disgusto, decían que no hay derecho, amenazaban con no volver.

Los aficionados eran pocos, la verdad. En las corridas de feria los aficionados suelen ocupar una mínima parte del graderío en tanto llenan la mayor los que van a los toros para cumplir una obligación social, los curiosos, los turistas, un batallón de disciplinados japoneses. Y estos -la verdad sea dicha- o se habían dormido o se iban a dormir.

Sin trapío y descastados, debiluchos y con la resaca en el cuerpo, los toros de las tres ganaderías morucheras dieron la nota. Y los toreros no los podían torear. Hubo uno con mejor conformar, que hizo quinto, y a ése El Cordobés le ligó unos derechazos. Emilio Muñoz también se los pegó a otro, que salió cuarto, pero a duras penas. A los restantes, los meritados coletudos y Víctor Puerto les pretendían inútilmente parar, templar y mandar.

Misión cumplida: ninguno de los tres podrá exigirle nada al club chorra formado por los peores ganaderos que hayan existido desde Creta acá y por cuatro taurinos incompetentes, quienes, además, pretenden convencer a la afición de que ésta, y no otra, es la fiesta verdadera. ¿No te tronchas, Pachi?


EL PAÍS. Antonio Lorca (edición del martes, 15 de abril)

Espartaco: «Como ganadero se sufre más». Ésta es la segunda feria de Sevilla de la que está ausente el torero Juan Antonio Ruiz Espartaco a causa de una lesión de rodilla que se produjo en un partido de fútbol benéfico que jugó en Valencia en diciembre de 1994. El pasado día 1 se sometió en Barcelona a la cuarta operación quirúrgica, y el viernes último viajó a Sevilla para iniciar otra larga rehabilitación que le permita su vuelta a los ruedos.

«Estoy bien de ánimo, pero no puedo evitar una cierta incredulidad», dice el torero, «porque no me imagino que ésta sea la intervención definitiva a pesar de los buenos augurios de los médicos». De momento, deberá usar muletas para andar durante dos meses y, posteriormente, iniciará un proceso de rehabilitación que durará entre seis y siete meses. «Me aseguran que existen muchas posibilidades de una curación definitiva», afirma, «y espero que sea verdad porque me gustaría volver a los ruedos, aunque no sea por mucho tiempo».

A pesar de este grave contratiempo, Espartaco sigue estando en los carteles sevillanos en su debú de hoy como ganadero. «Ése sí que es un problema», asegura, «porque como torero se pasa más miedo, pero como ganadero se sufre mucho más».

Dice Espartaco que su ilusión por lidiar en Sevilla se ve empañada por la enorme responsabilidad que ha contraído: «Me encuentro mucho peor que cuando toreaba», afirma, «como torero cuentas con tu propia capacidad para resolver los problemas pero ahora siento miedo por los compañeros y una gran impotencia ante cualquier problema que presenten mis toros: yo los he criado, pero no puedo empujarlos si no embisten».

En plaza de primera

Ésta es la primera corrida que Espartaco lidia a su nombre en una plaza de primera categoría. Los toros que hoy saldrán al ruedo de la Maestranza eran recién nacidos cuando compró la ganadería de Los Guateles. Hace un año aportó 14 ejemplares, de los que espera que salgan los seis que matará la terna de hoy. «Creo que es una corrida bonita y bien hecha», asegura el ganadero; «al menos, así la he visto yo en el campo. Son toros serios, con el trapío suficiente y las hechuras para embestir, pero mi preocupación es que se caigan, se paren, desarrollen peligro y, en definitiva, que no contribuyan al éxito de los toreros».

Espartaco cuenta con cinco corridas más y espera ir con sus toros a las plazas de Barcelona, Zaragoza y Huelva, entre otras, «aunque mi interés fundamental es Sevilla, y del resultado final de esta corrida dependerán muchas cosas». «De todas formas», concluye, «soy consciente de que el fruto de mi trabajo no lo podré calificar hasta dentro de cuatro o cinco años, cuando compruebe los efectos de la selección». 


ABC. Vicente Zabala de la Serna

Una escalera de descastados toros de tres hierros sembró el tedio. Hay arte en la calle Álvarez Quintero. Desde el recogido y acogedor hotel del mismo nombre hasta «Casa Robles», la casa de Juan, la casa de todo el que llega y por su puerta entra para repostar. El centro de Sevilla, despoblado de gente –la gente se ha ido al Ferial–, es lugar idóneo estos días para pasear sin cuatrocientas mil bombillas, en silencio y sin polvo. De punta a punta de la ciudad reparte alegría un divino «loco» llamado Juan Luis Muñoz.

Si el aire de Tarifa le deja a uno así, allí hay que ir. La vitalidad, a mil. Las revoluciones de su cabeza se quedan atrás de las de su habla o su manera de hablar. Gracia, gracia de autenticidad. «¿Qué quiere usted, Juan Luis?». «Libertad». Qué bonita está la Feria y qué tranquila la ciudad. «¿Qué es un ecologista, Juan Luis?». «Aquél que no tiene lo que hay que tener para comprarse una finca y se dedica a administrar la de los demás.»

Y sin salir del centro, tapeando, una aquí, otra allá, se para uno en «Modesto» y luego en «Casa Román», o en «La Barbiana», que tampoco se está mal, o con los amigos del «Albero» –qué azulejo de verdad–, o con Jaime el de «Sancho», o con Carlos en su casa, que también es su bar. Qué bonita está la Feria y qué tranquila la ciudad.

Y la Maestranza rozó el lleno para ver a Muñoz, al supuesto chico de El Cordobés y a Víctor Puerto.

El de Triana puso su chispita en unos lances a la verónica muy aliviados, rematados por arriba, con los que saludó al primero de Espartaco. El noble animal recibió dos puyazos en su pesada anatomía, 610 kilos, y dos pares arriba de El Alcalareño, que tampoco fueron para desmonterarse. Emilio Muñoz no debió doblarse con su buen enemigo, al que tuvo que haber aprovechado mejor mientras duró. A las dos primeras series con la diestra les faltó reposo. Por el pitón contrario el toro no embestía igual, y de nuevo el temple estuvo ausente. Cuando el diestro volvió al pitón derecho, la noble condición del burel se había ahogado en sus muchos kilos. Con media estocada caída puso fin a la cuestión.

El cuarto, que pertenecía a la ganadería de Gavira, era tan estrechito de pecho como escurrido de culata. De salida cundió el desorden en la cuadrilla de Muñoz, quien se hizo presente ya para llevar el toro al caballo. El picador se empleó en una primera vara de la que el burel salió suelto. El segundo puyazo se lo aplicaron en la puerta de toriles. El de Triana, luego, muleta en mano, se sacó a su enemigo de la querencia para a continuación volverse a meter allí con él. Vimos a Emilio Muñoz más decidido ante este toro que en todas las tres tardes en las que ha actuado en la Feria. En tres series con la diestra surgió algún muletazo de trazo más largo. Mas estos y los otros siempre concluyeron rematados por arriba. Muñoz hace el toreo al revés. La decisión de la que les hablábamos se volvió a palpar a la hora de matar: el diestro dejó una estocada arriba y saludó después desde el tercio.

El Cordobés no se acopló con el capote ni en los lances de recibo a la verónica ni en un quite posterior por gaoneras. El toro, con cien kilos menos que el primero, desarrolló poca movilidad. No dijeron nada ni el astado ni el torero, que se dejó las ranas y sus saltos en casa. Sin cruzarse, tocando a su enemigo siempre hacia afuera y desde lejos, es muy difícil estar bien. Recogió las palmas ¿a la voluntad? desde el tercio, tras matar de una estocada trasera.

Al quinto, que tuvo un buen pitón derecho, lo saludó El Cordobés con verónicas de buen corte. Por ese mismo lado obtuvo algunos muletazos de temple y largura, pero instrumentados desde el Puente de Triana. Entre él y el toro cabía un autobús. Antes, al principio de su labor, había toreado de hinojos. Y esto más lo otro despertó un tanto al amuermado personal. Tras un pinchazo, una estocada perpendicular y un descabello, murió el ejemplar de Gavira, que superó en calidad a Manuel Díaz «El Cordobés». Por cierto, que El Pere se desmonteró con argumentos tras clavar dos pares arriba y con lucimiento.

Al tercero, de Juan Antonio Ruiz «Espartaco», le faltaban uno o dos puntos de cocción. Se partió de salida la punta del pitón izquierdo contra un burladero. Curiosamente quedó más astifino de lo que ya de por sí estaba. Víctor Puerto no logró el lucimiento con el percal, pues el descastado animal se le frenaba. Se dejó pegar en el caballo y luego llegó gazapón a la muleta. Puerto le presentó el engaño por ambos pitones, pero el de Espartaco, andarín, no se empleó. A estas alturas de la corrida el tedio era el auténtico dominador de la plaza. Despachó al insulso astado de media estocada caída.

El que cerraba plaza, también de Espartaco, se tapaba por los pitones. El presidente ordenó su regreso a los corrales por inválido. No sabemos cómo serían los toros que los veterinarios echaron para atrás, mas el maestro de Espartinas, ganadero hoy, debió presentarse de otra manera en Sevilla. La cosa es que al sobrero de Carmen Borrero sus extremidades sólo le sirvieron para volver por donde salió. De nuevo el usía asomó en su balconcillo el pañuelo verde.

El sopor se adueñó de los tendidos definitivamente. Dos largas cambiadas de Puerto y unas brillantes verónicas, abrochadas con media de rodillas, nos regresaron del país de las musarañas. El descastadísimo y blando segundo sobrero fue ya la gota que colmó el vaso. El diestro, que había brindado al adormilado respetable, se desesperó con las huidas de su teórico enemigo. El torero no estuvo ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Pasaportó al pseudotoro de un pinchazo y media estocada de rápido efecto. 

Imagino que los espectadores televisivos echarían una cabezadita en un cómodo sillón. Aquí, en nuestra localidad, que es la silla de tijera más cara que hemos visto, no tuvimos ni siquiera esa posibilidad. 

 

 

 
©PortalTaurino, SL Pastor y Landero, 6-4º  41001 Sevilla España Tel: (34) 670 821516