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Canal 4TV
Programa taurino Sol y sombra
Emisión: Jueves a las 00.30 horas. Redifusión: sábados a las 17
horas y domingos a las11.30 horas
Programación
de esta semana
Dirige: Carlos Martín Santoyo
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PLAZA DE
SEGOVIA
Datos del coso
Temporada
1999 Temporada 2000 Temporada
2001
TEMPORADA
2002
Sábado, 29 de junio. Toros de Javier Pérez tabernero y
El Pilar (buenos), para David
Luguillano (oreja y ovación), Finito de Córdoba
(ovación y oreja) y El Juli (oreja
y ovación). tres cuartos de entrada.
TEMPORADA 2001
Domingo, 24 de junio. Toros de Ignacio
Pérez Tabernero (flojos),
para Víctor Puerto (pitos en
ambos), El
Califa (oreja en ambos, sale a hombros) y El Cordobés
(silencio y ovación).
Viernes, 29 de junio. Toros de Garcigrande
y Domingo Hernández (de presentación desigual), para Joselito
(palmas y oreja),
José Tomás (ovación y oreja)
y Miguel Abellán (ovación
y oreja). Tres cuartos de plaza cubiertos.
TEMPORADA 2000
Domingo, 10 de septiembre. Novillos de Castillejo de
Huebra (buenos), para Chapurra (oreja y ovación), Antonio Saavedra (ovación y
ovación) y Javier Valverde (dos orejas y dos orejas). Poco público.
Domingo, 9 de julio. Novillos de Sánchez
y Sánchez (desiguales de juego), para Javier
Castaño (dos orejas, oreja, vuelta tras petición, vuelta, oreja y ovación).
Media entrada.
Sábado, 24 de junio. Toros de El
Torero (juego desigual), para Finito
de Córdoba (pitos y ovación), Morante
de la Puebla (división y ovación), y para El
Juli (oreja en ambos). Media entrada.
Jueves,
29 de junio. Novillos de Carmen
Borrero (desiguales de presentación y juego), para Emilio de Frutos (oreja
y oreja; salió a hombros), Rafael Matutes (oreja y vuelta al ruedo), y para
Alberto Román (vuelta y oreja). Entrada floja. Tarde calurosa.
Sábado, 1 de julio. Toros de
Manuel San Román (desiguales de presentación y juego), Curro
Vázquez (palmas y una oreja), José
Miguel Arroyo Joselito (silencio y división de opiniones) y Uceda Leal (una
oreja y una oreja). La plaza registró media entrada.
TEMPORADA
1999
Domingo, 27 de junio: Toros de Las Ramblas (2º devuelto por
inválido), y un sobrero de Gavira ,
impresentables, tres primeros diminutos, todos sospechosos de afeitado, inválidos y
ficticios. Antonio Chenel Antoñete:
estocada corta atravesada y descabello (silencio); media atravesada contraria, pinchazo
saliendo achuchado y dos descabellos (ovación y salida al tercio) Enrique Ponce: tres pinchazos - aviso -,
pinchazo, otro hondo, rueda de peones y descabello (silencio); aviso antes de matar, dos
pinchazos y estocada caída (palmas y pitos). Julián
López El Juli: estocada atravesada caída -aviso - y descabello (oreja);
estocada ladeada (oreja); salió a hombros. El Rey presenció la corrida desde una
barrera, acompañado por los Duques de Lugo. Los tres espadas le brindaron sus primeros
toros. Lleno. Crónicas El
País
Martes, 29 de junio: Toros de Aldeanueva (impresentables, anovillados o tipo
eral, inválidos -el 4º moribundo-; 5º con alguna viveza; dóciles), para Curro Romero ( pinchazo, metisaca,
pinchazo en el cuello, pinchazo y descabello -silencio-; pinchazo, estocada corta
perdiendo la muleta y saliendo perseguido, y descabello -silencio-), Espartaco ( estocada -dos orejas-; bajonazo
descarado y rueda de peones -oreja-; salió a hombros); y para Eugenio de Mora (bajonazo -aplausos y
salida al tercio-; estocada corta y rueda de peones -oreja-). Crónicas de ABC, El Mundo, El País
Sábado, 3 de julio: novillada picada de Virginia Marín, para Alberto
Román, Leandro Marcos y Luis Vital "Procuna".
empresarios
ABC. José Luis
SUÁREZ-GUANES
. Edición del 30 de junio´99 Espartaco volvió por sus fueros
Día de San Pedro. Tradicional día de toros en Segovia desde tiempo
inmemorial. Antes del festejo, y a la vera del acueducto romano, me hablan de los ecos
dejados, del último domingo, por la torería de Antoñete y la fábrica de éxitos que es
El Juli.
Curro Romero encabezaba un cartel en el que se juntaban tres épocas
diferentes del toreo: la del Faraón, la del reaparecido Espartaco que mandó en la
Fiesta siete años con poder absoluto y el futuro, personificado en Eugenio de Mora.
El primero de los toros de Aldeanueva fue corretón de salida. Romero logró pararlo con
decisión, pero sin lograr lucimiento, pues su rival llevaba la cara arriba y no
consiguió fijarlo. Alcalareño hijo puso un buen par. El astado llegó a la muleta
quedándose corto y sin muchas fuerzas. Curro se estiró en un par de derechazos en
momentos diferentes. Incluso hizo derroche de voluntad al intentar enderezar una senda que
no era factible, al no perder nunca las ganas de probar todas las posibilidades. Pero con
la espada fue otro cantar: entró a matar por dos veces alargando el brazo, una tercera
sin pasar y una cuarta barrenando, para acertar al primer golpe de descabello.
Muletazos con sello
El cuarto era un inválido. Se cayó cuan largo era y estuvo un rato
tumbado durante el tercio de banderillas. Siguió flojeando en la muleta y era imposible
el mínimo lucimiento. Aun así, Romero le hurtó algunos muletazos sueltos con su sello y
categoría, pero, como no había enemigo delante, era imposible que se buscara una
continuidad. Se desprendió de él con brevedad y, aunque el público se dividió en su
parecer, no se le puede negar la voluntad derrochada.
Espartaco recibió a su primero con unas verónicas a pies juntos,
rematadas con su tradicional revolera. Después del primer encuentro con los montados, el
burel empezó a flojear. En el principio de la faena de muleta se caía en cuanto el
torero de Espartinas se empleaba un poquito. A base de temple y técnica, consiguió
Espartaco que no volviera a renquear. Se lució en dos series sucesivas con la izquierda,
en las que alargó el muletazo lo más que pudo. Todo lo hizo Juan Antonio Ruiz, que, al
final, toreó al natural a pies juntos, se adornó con gusto y acabó su labor con
redondísimos y rodillazos. Un Espartaco bastante aproximado al de sus tiempos
pretéritos. Mató en los mismos rubios y el doble trofeo no se pudo discutir.
Peleón
Volvió a ser ovacionado Juan Antonio al lancear al quinto. La faena de
muleta empezó en un tono más vulgar que la anterior. Su antagonista se coló una vez por
el lado izquierdo. A continuación, se mostró peleón, pero toreando siempre para afuera,
cosa que no hizo en el segundo. Hay que reconocer que su oponente, poco picado, se fue
para arriba, aunque a veces se parara a mitad del viaje, por lo que su labor resultó
meritoria. Se le fue la mano a la hora de matar y llegó por esta circunstancia una oreja
que podemos considerar benévola, aunque con la franela se la había trabajado.
No poseía mucha fortaleza el tercero de la tarde. Eugenio de Mora pasó
totalmente opaco con el percal. El toledano puso temple y torería para llevar a su rival
con tiento con las dos manos. Éste no transmitía demasiado. Destacó con la izquierda,
con la que se mostró tranquilo, estático y hierático. Junto a las tablas, remató su
labor con un toreo de cercanías en el que destacaron los pases de pecho por ambos lados.
Metió la espada hasta la gamuza, aunque quedó un pelín caída, razón por la cual la
gente se desinfló en una leve petición que quedó en nada.
Eugenio de Mora se lució con el capote en el sexto, especialmente en un
quite mixto de farol, gaonera y remate. Brindó al presidente del Real Madrid, Lorenzo
Sanz. Realizó una faena larga, templada y de buen gusto, aunque un punto fría y
académica. Acabó de una estocada y se llevó una oreja. De todos modos, continúa
abriendo una puerta a la esperanza.
Y así terminó una corrida en la que Curro Romero tuvo un lote imposible
y no se pudo justificar en esta tierra castellana.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Edición del 30 de junio´99.
Esto es otra Fiesta
No digo yo que la Fiesta sea sólo Las Ventas, La Maestranza o Pamplona; pero esto es
otra Fiesta.
Al presidente todos los toros le parecían impecables. Eso es criterio generoso; y no
como los jurados de Los lunes del teatro, cicateros que sólo han premiado a un tercio de
los elegidos. Yo propuse anteayer algo muy taurino para estos Premios de la Crítica, pero
no se me hizo caso: orejas y galardones a mogollón; pero Chatono Contreras y Manolo
Gómez, presidentes de estos premios, me miraron como mayorales ofendidos y el resto del
jurado me quería descabellar. Esos no son modales, y sí lo son los del presidente de
Segovia respetando a todos los toros y concediendo orejas.
El jurado de la crítica sólo premió a Juan Diego,a Amparo Baró, a García Sánchez,
a Amestoy, a Yolanda Pallín, a José Ramón Fernández... Con esta cicatería vamos a
acabar con la afición. Yo propongo que los premios los fallemos el próximo año en
Segovia y que incorporemos al jurado al presidente. El cartel nos lo hará el pintor
Jesús de la Torre, más paulista que currista; y las estatuillas, Pablo Lozano Perea,
antes escultor que apoderado. Por cierto, su torero, Eugenio de Mora, hizo seguramente lo
mejor de la tarde y cortó una oreja.
Pero el triunfador fue Espartaco. Y la desilusión fue don Francisco López Romero.
Doliente como un paso de Semana Santa, Romero, no sé si por el dolor de no haber
consumado un pase o por la desazón que le producían las torpes gracias de los
espectadores: el público feriante tiene un humor un poco municipal y espeso. Aunque para
doliente, la cara del segundo. Nunca he visto una cara tan triste. Y la del tercero, y
acaso la del cuarto... Alguna tragedia tenía que haberles ocurrido a estos toros, algún
contratiempo.
Los toros tenían una nobleza conmovedora. Yo creo que era la bondad obligada de los
seres preagónicos. Espartaco fue igualmente noble y piadoso con su primero y lo toreó
sin abusar. Hasta dio el campero pase de la tortilla que resucitó no hace mucho Jesulín.
Un poco menos considerado anduvo con el quinto: tras tundirlo a mantazos, lo ejecutó de
un bajonazo.
Muy torero De Mora en algunas tandas de redondos y otras de naturales. Lo que fue muy
poco torero es el bajonazo que atizó al tercero, aunque se redimió con una media
lagartijera. Como he dicho, hizo lo más torero de la tarde, pero anduvo como un poco
ausente, sepultado por el coraje espartaquista y la desolación currista.
No digo que no haya que salir de Las Ventas. Pero, ¡qué bien se está en casa! Manuel
Lozano, imaginativo, ha hecho en Segovia unos carteles atractivos: senectud y
adolescencia. Los toros han puesto las caídas y cierto sopor para la afición.
El País, JOAQUÍN
VIDAL, Segovia. Edición del 30 de junio´99.
Un esperpento
La corrida fue un esperpento y sin embargo se cortaron cuatro orejas, Espartaco salió
a hombros por la puerta grande, a Curro Romero no le tiraron almohadillas ni nada, ningún
toro fue devuelto al corral... ¿Cómo se explica eso?
Ya se sabe que todo es según el color del cristal con que se mira. Si el color del
cristal lo eligieron los taurinos -el presidente era uno de ellos- la corrida se vio de
color de rosa y fue una maravilla de la creación. Si lo eligieron incoloro y traslúcido
los aficionados, lo que se vio a su través daba ganas de vomitar.
A lo mejor había que poner el espejo cóncavo que decía don Ramón María del Valle
Inclán y entonces todos contentos. A la vida tal cual es se le pone delante un espejo
cóncavo y sale distorsionada, grotesca, esperpéntica; luego si a una corrida
esperpéntica, grotesca, distorsionada, vomitiva y todo eso, se la pone delante el espejo
cóncavo, sale la corrida de toros tal cual es o debería ser. Muy agudo, ¿verdad?
El problema es que la afición no acudió a la plaza con espejo cóncavo, ni siquiera
el convexo; con un puro, a lo mejor. Y según iban saltando a la arena los supuestos toros
no daba crédito a lo que estaba viendo. Los llegan a anunciar erales y también hubiese
sido una exageración. Pero no era eso lo peor, sino que los desnutridos animales
deambulaban desnortados, rodaban por la arena.
Con los toros desnutridos, azarosos e inválidos, salía Curro Romero y daba la figura
del legionario. Salía Espartaco, se ponía a pegar pases y aquello parecía la Ford.
Salía Eugenio de Mora, ensayaba las suertes fundamentales, y era como si se operaba, pues
no producía la más mínima emoción.
Se duda que le importara a nadie lo que pudiera acaecer en el ruedo, pues estaba claro
que en el ruedo no podía pasar nada digno de mención. Eliminados los sobresaltos,
excluido el riesgo, impensable cualquier percance de los toreros -salvo que a alguno le
diera la tos-, quedaba la posibilidad del arte. Mas, ¿quién traía el arte?
Espartaco no iba a ser, salvo prodigio, y se dedicó a la tarea de pegar pases. Como si
hubiese hecho una promesa a la Virgen, se puso a pegarlos con inagotable fruición y
voluntariosa entrega. Y allá que se fue, con su primero, por derechazos, por naturales,
ahora el circular de frente, a renglón seguido de espaldas, y cuando ya parecía
concluida la faena, hizo así y empezó la segunda parte. De manera que tiró del mustio
eralito hasta el centro del redondel y volvieron los derechazos, uno de rodillas, pases de
pecho empalmados... Mató de estocada, el público pidió una oreja y el presidente
concedió dos. Así, de golpe, por el expeditivo procedimiento de sacar dos pañuelos a la
vez. Y se quedó tan ancho.
La segunda faena de Espartaco se produjo a toda velocidad. Debió de ser a causa del
toro, que embestía. Semejante rareza hubo de sorprender al diestro, que la emprendió a
derechazos y naturales, tan corajudo como crispado, y se pegó la gran sudada. Finalmente
perpetró un feo bajonazo y el taurino del palco le regaló otra oreja para la que no hubo
suficiente petición.
A lo mejor el espejo cóncavo lo tenía el presidente y estaba viendo allí la corrida.
Si se miró también él mismo, comprobaría que salía bien guapo, y que parecía un
presidente de verdad.
Los presidentes taurinos y triunfalistas suelen justificarse diciendo que si conceden
orejas es porque lo pide el público. Pero esto sólo cuenta para las orejas. Pues si lo
que pide el público es el toro íntegro, se ponen a hacer el Don Tancredo y ahí se las
den todas.
Los toros de Curro Romero fueron ruidosamente protestados por su invalidez y los
mantuvo en la arena. Con todo el tupé. Al primero de ellos Curro Romero le dio unos
muletazos resueltos con horrendos enganchones, y al otro se los porfió bravamente,
tenazmente, dando la estampa de Lagartijo y Frascuelo constituidos en comando suicida.
Digamos, no obstante, que ese otro toro, cuarto de la tarde, estaba muerto. Perneaba,
mas muerto debía estar, pues caía exánime. Al recibir un picotazo rodó patas arriba.
Al sentir la punción de un par de banderillas, se desplomó y hubieron de incorporarlo
tirándole del rabo. Al ver a Curro Romero trasmutado en Lagartijo y Frascuelo perdía el
conocimiento.
Eugenio de Mora se esforzó en los derechazos y los naturales con similar género y la
verdad es que apenas nadie le hacía caso. Aún no tiene leyenda, ni siquiera novela y la
gente no encontraba fundamento para decirle olé. Una estocada en la yema le valió la
oreja del sexto toro, que tampoco pidió el público con demasiado calor. Y fin.
Mora y la oreja regalada, Espartaco escenificando una apoteosis que no se había
producido, Curro manteniendo vivo el mito con su grotesca actuación, los tullidos toros
hechos carne sospechosa para el consumo humano eran el resto de la corrida esperpéntica,
acaso una tomadura de pelo, testimonio surrealista del toreo del absurdo.
El País, JOAQUÍN VIDAL,
Segovia. Edición del lunes, 28 de junio´99. Aquel
aroma torero
Olía a torero, las cosas como son. Olía a torero y uno sentía que le embriagaba pues,
sobre el perfume inconfundible, le traía al recuerdo aquellos aromas de pasadas épocas.
Fue Antoñete quien lo trajo -que diría don Miguel-. Antoñete, de rosa y oro vestido; la
taleguilla que no se le ceñía al cuerpo, un ahogo, una edad. Y, con todo, era el más
joven de la reunión. El más joven de espíritu, la ilusión concentrada en un solo
propósito, el de torear.
Triunfar es distinta cosa. Triunfar seguramente estaría en los sueños de Antoñete.
Pero uno barrunta que le guiaba más y mejor el orgullo de sentirse torero, de demostrarle
al mundo y demostrarse a sí mismo que eso tan raro de parar, templar y mandar, lo puede
hacer un hombre nada menos que a los 67 años, entre toses y resoplidos, si se siente
torero.
No hubo lugar en el primer toro o lo que fuera aquella menudencia. La menudencia no le
había entrado a Antoñete por el ojo derecho. Seguramente al toro tampoco le había
entrado por el ojo derecho Antoñete. Los amores y los odios ya se sabe que suelen ser
mutuos. De manera que Antoñete medía al toro con la mirada, pero a pasárselo no se
decidía, el toro aguardaba reservón, pues tampoco se acababa de fiar, hubo algún que
otro muletazo suelto, hubo también algún que otro pito venido de la impaciente solanera,
y la lid se quedó en tablas. La próxima habría de ser.
Llegó la próxima, con un toro más gordo (y también más despitorrado) y Antoñete
meció la verónica. Éste ya era distinto asunto. Habíamos visto a la figura correr para
veroniquear, con lo cual aquellas verónicas de Antoñete y la media ceñida al aire
belmontino parecían venidas del cielo. Seguro que venían del cielo, ¿de dónde si no?
Después se produjo una faena de muleta hecha de retazos, pletórica en detalles. El
toro, bondadoso de suyo, no valía un duro. Quiere decirse que se deslomaba. A poco que lo
embarcara y le diera salida Antoñete, ya se estaba pegando el batacazo. Mas, entre
tumbos, pudieron verse unos redondos ligados, un cambio de mano precioso rematado a la
izquierda con el pase de la firma, unos naturales cargando la suerte, el pase de pecho
clásico. Gallardía y naturalidad. Las suertes precisas y los pases justos, sin ninguna
concesión a la galería. Claro que no se esperaba distinto proceder de Antoñete. Vuelve
Antoñete a sus 67 años para ponerse populachero y pegapasista y hubiera sido como para
tirarse por el Viaducto (por el Acueducto, queremos decir).
No faltaron patéticas situaciones; también es cierto. A las intemperancias bovinas
respondía mal Antoñete. Las facultades -los reflejos escasos, entiéndase- no perdonan.
Los agobios físicos y el malhumor que le producían las limitaciones, causaban un penoso
efecto. Si bien todo eso se olvidaba en cuanto volvía a sacar la casta torera y se ponía
a parar, templar y mandar.
El resto de la corrida fue lo de siempre: el bochorno de los toros inútiles, de los
toros ficticios, del sucedáneo de toro que se han inventado para cortar orejas por
doquier y llevarse la pasta sin excesivos sobresaltos. Y les pegaron pases: ¡qué
heroicidad!
De entre los héroes destacó Enrique Ponce que lejos de asimilar la lección de
Antoñete, seguramente alérgico a sus aromas, estuvo más pegapasista que nunca.
Pegapasista y corretón. Derechazos a manta constituyeron el armazón de sus faenas.
Derechazos sin reunir ni ligar. Impecable en la apostura cuando embarcaba, al rematar ya
estaba corriendo. Cerca de cinco minutos llevaba pegando derechazos en su primera faena
cuando se echó la muleta a la izquierda y aunque dio entonces los mejores muletazos,
concluída la tanda volvió al otro pitón. Cinco minutos largos llevaba pegando
derechazos en su segunda faena cuando se echó la muleta a la izquierda e hizo bien en
rectificar, porque los naturales le resultaron un dolor. En realidad toda esta faena
transcurrió acelerada, destemplada, violenta quizá porque a la ficción de toro le dio
por sacar cierta viveza.
El Juli, en cambio, no defraudó a nadie. El Juli capoteó a la verónica, quitó por
burjasotinas, banderilleó a su primera menudencia clavando desde los lados si bien entró
por los comprometidos terrenos de dentro, y lo muleteó tesonero. Mediado el trasteo se
acobardó el inválido, huyó a tablas y allí consiguió sacarle muletazos meritísimos.
La emoción de este toreo, retador y muy auténtico, se repitió en el sexto, que era un
mulo, y le obligó a tomar naturales, redondos, de pecho, empalmados o no. Y pues mató
rápido, cortó orejas y salió por la puerta grande.
La juventud viene pegando. La juventud pega siempre en el toreo; pero tampoco conviene
exagerar. La juventud es un tesoro que se va perdiendo cada día y llega un momento en que
se acaba y ya sólo es ruina. La torería, sin embargo, no se pierde nunca. Antes al
contrario, se asolera. Ahí estuvo Antoñete, para demostrarlo, derramando sus fragancias.
Claro que también daban un tufillo a tabaco. La verdad es que si le hubieran dejado
fumar, vuelve a poner el toreo en la cumbre.
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