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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LA MALAGUETA
MÁLAGA
Tarde del sábado, 17 de agosto de 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Ana
Romero, de diferente presentación y juego, los tres primeros
los mejores, muy serios, con desarrollaron peligro.
Diestros:
Entrada: menos de media.
Crónicas de la prensa:
Diario Sur, El
País.
Diario
Sur. Pacurrón. Oreja para
Liria, pero lo mejor lo hizo José Luis Moreno
Si ayer no nos aburrimos en La Malagueta fue porque
los toros de Ana Romero, sobre todo los tres últimos, ofrecieron serio
peligro y entre sobrasaltos, no cabe otra cosa que pasar miedo. No tanto
como los toreros, claro está, pero sí lo suficiente como para estar
muy pendiente de lo que ocurría en el ruedo.
Hay que escribir, en primer lugar, de la ganadería,
porque la de Ana Romero pertenece a un encate que no gusta a todos los
toreros, el de Santa Coloma. La lidia de cualquier res de esta ganadería
siempre resulta interesante, por la variedad de su juego. Cabe recordar
que era el encaste que más gustaba a Paco Camino y, en cambio, lo
detestaba Antonio Ordóñez. Ahora parece que este encaste se recupera,
después de muchos años casi ignorado porque sus productos siempre han
sido diminutos de presencia pero con mucha movilidad. Quizá el hecho de
que por su presencia no era apto para plazas importantes, donde se exige
el toro grande, ande o no ande, los ganaderos de este encaste los han
sacado de tipo y, con ello, han perdido sus características más
acusadas. Los toros de ayer tuvieron una presentación muy desigual,
porque se establecieron diferencias en el peso de hasta ciento treinta y
tres kilos. No fue, pues, una corrida igualada y los conocedores de los
encastes saben que un toro de procedencia ‘santacoloma’ de
seiscientos treinta y seis kilos, es muy difícil que embista.
Los tres primeros de ayer sí estuvieron en el tipo de
esta divisa, sobre todo en el pelaje, con distinta variedad del cárdeno
tradicional, pero los otros tres, grandes y altos, estuvieron lejos de
lo habitual y sólo se parecieron en las malas intenciones que fueron
desarrollando. Hubo, y es justo reconocerlo, un buen toro que fue el
tercero de la tarde, aunque siempre con las complicaciones propias de su
procedencia.
Abrió plaza un toro brusco al que no siempre le cogió
Fernando Cámara la velocidad. El pitón más potable era el izquierdo y
de ello se percató enseguida el torero, que basó su faena en varias
series de naturales, que resultaron desiguales en su interpretación,
porque el cabeceo del animal encontró muchas veces el objetivo de la
muleta. Una vez más, Cámara prolongó excesivamente la faena y esto,
con los ‘santacolomas’ lleva implícito que se agudice su listeza y
resulte difícil de cuadrarlos para matar, aunque cuando se paró, tras
un largo gazapeo, el fuengiroleño lo estoqueó bastante bien.
El segundo de su lote fue un manso que sólo se
entregaba en la embestida cuando creía tener todas las ventajas, como
sucedió en el tercio de banderillas. En la muleta iba con la cara alta
y queriéndose ir. Deslucido y con peligro poco aparente. Cámara
resolvió con buen oficio aunque, claro está, sin lucimiento.
Pepín Liria se encontró en primer lugar con un toro
con el picante propio de su encaste. Pero Liria que tiene un gran valor
natural, es decir, que no tiene que hacer un gran esfuerzo para superar
el miedo, acertó a bajarle la mano y el toro, enrazado, obedeció,
sobre todo cuando lo hacia con la mano derecha. En la labor del murciano
hubo muletazos ligados y hasta templados, en ocasiones, y como mató
bien, se llevó la única oreja de la tarde.
El segundo de su lote fue un toraco sin la menor clase
y, en cambio, con malas intenciones. Se orientó pronto y Liria se
percató enseguia de que allí no había nada que hacer. Ni tan siquiera
exponiendo. Y como no lo había toreado, pensó que no merecía la pena
exponer a la hora de matar y dio un mitin con la espada. Pepín Liria
torea esta tarde en Bilbao y, claro, no era cosa de dejarse coger por un
torazo de los que no dan nada y pueden quitar mucho.
Lo de José Luis Moreno es una lástima, porque se va
a quedar en nada cuando tiene condiciones para ser una primera figura,
cosa que ha demostrado numerosas veces en La Malagueta. Pero él, que
anda sobrado de valor para torear bien -porque para torear bien hay que
tener valor- se aflige en cuanto coge la espada y malogra grandes
faenas. En su primer toro de ayer hizo lo mejor de la feria con el
capote, tanto en los lances de recibo como en un quite por verónicas.
Luego toreó formidablemente con la muleta. Sus intervenciones tuvieron
todo lo preciso para alcanzar clamores de entusiasmo: adelanto del engaño,
cadencia en el pase, temple en el desarrollo y ligazón en las series.
Moreno torea muy bien pero no los mata. Y debe recapacitar en este
aspecto, porque no tiene la menor lógica jugársela para luego
estropearlo todo.
El segundo de su lote fue un toro de sobresaltos, de
esos que hacen llegar el miedo a los tendidos, no sólo al diestro.
Puede que haya alguien al que le agrade este tipo de toro, pero con ello
sólo demuestra su mal gusto. El marrajo salió orientado, Moreno
intento quedarse quieto, pero ya en los tercios anteiores había pedido
el carné de buen profesional a todos los que se pusieron delante. Menos
mal que lo mató pronto.
El
País. Juan Ortega.
Subir la cuesta del toro es oficio de gran dureza que nace de la
exigencia continua, de la necesidad de que el toreo brote de cada
planteamiento, que ha de ser capaz de conjugar una serie de complicados
factores que casi desembocan en el milagro. Lo otro, lo de plantear la
supervivencia a la defensiva, es lo contrario del toreo, es restar, o
sea, morir un poco a cambio de un minuto con fecha de caducidad. Y es
que los toros de Ana Romero nunca permitieron a la torería adornarse
sin asumir la correspondiente cuota de riesgo. El primero un cárdeno
bragado, axiblanco, cariavacado, terciado y escurrido, que echaba las
manos por delante en un molinillo de pitones. Tomó una vara larga y
salió con recorrido del capote templado de Juan José Trujillo. Para
Fernando Cámara fue de difícil abordaje, por bronco y rebrincado; ante
un toro que se venía como una riada, adoptó una posición de defensa,
de perfil, de lejos, aligerando la suerte. Volvió a elegir las mismas
armas en el cuarto, que iba y venía sin que se produjera el toreo. Pasó
el quinario en vano.
También prevaleció la técnica en el segundo. Pepín Liria dominó
el cotarro como quiso, y nunca quiso mucho. Curtido en mil batallas,
toreó en corto, hacia afuera y desde lejos. El quinto no era de fácil
contentar: tardeaba, echaba la cabeza arriba, buscaba y se hacía el
tonto. Liria lo macheteó por la cara y las pasó moradas para borrarlo
del mapa, lo que hizo pinchando en cinco ocasiones, atravesándolo en
una, y necesitando de siete descabellos.
Los mejores brotes de toreo surgieron en un buen quite a la verónica
de José Luis Moreno y en la forma de ligar el último de cada serie con
el obligado. Faltó arrojo a espadas. En el último lo pasó tan mal
como sus compañeros.
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