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Festejo
PLAZA DE TOROS DE LA MALAGUETA

MÁLAGA
Tarde del jueves, 15 de agosto de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería Toros de Astolfi, desiguales de presentación, mansos y deslucidos.

Diestros:

Entrada: media entrada.

Crónicas de la prensa: Diario Sur, El País.


Diario Sur. Pacurrón. Feria taurina. Corrida aburrida con una sola vuelta al ruedo de Abellán

En la séptima de feria, que resultó la más aburrida, hasta el momento, hubo toros de los que salían en los años sesenta pero, por desgracia, ningún torero de los de entonces, aunque dudamos mucho que con las reses que saltaron ayer a La Malagueta, hubieran podido lucir sus mejores cualidades. La presentación de los toros de Astolfi dejó mucho que desear y hasta podemos calificar de sorprendente que con un cartel como el de ayer, se aprobaran toros como el tercero y el cuarto y decimos esto porque de todos es sabido que cuando aparecen las estrellas, en el ruedo y no en el firmamento, se extreman las medidas para evitar presuntos abusos. El que eligiera esta corrida en el campo no se ha lucido, precisamente aunque, quién sabe, a lo mejor se rechazaron toros y entraron otros como los tercero y cuarto. Y conste que no nos referimos, en absoluto, a las desigualdes en el peso, en algunos casos de más de cien kilos, según la nada fiable tablilla, porque el segundo de la tarde solo tenía 446 kilos y era, pese a ello, un toro muy serio, bien hecho y con dos pitones muy ofensivos. El que abrió plaza dicen que tenía 573 kilos y los lidiados en tercero y cuarto lugar 483 y 475 kilos, respectivamente y eran pobres de cara y chicos en todos los sentidos. El hecho de que haya diferentes equipos quizá sea el motivo de esta disparidad de criterios.

 

Comparaciones enojosas

 

Pero todo esto, con ser malo, no fue lo peor, sino el juego que dieron. Posiblemente los toreros hubieran podido ser algo más, pero los toros ayudaron poco y aunque en la ficha de la corrida se consignan las ovaciones y hasta la vuelta al ruedo de Abellán, hubo momentos de soberano aburrimiento. Claro que después de ver el día anterior a José Tomás en plenitud, era difícil que cualquiera de los diestros anunciados ayer lograra interesar a los espectadores. Se dice que las comparaciones siempre son enojosas pero, en la actualidad, y con el de Galapagar, también imposibles.

La cosa empezó con un toraco que desde el primer momento ofreció dificultades. Rivera Ordóñez debió percatarse enseguida de que allí no había nada que hacer, pero no cesó en sus intentos de hacer algo y en realidad lo que consiguió fue aburrir al público. El toro tenía más peligro del que aparentó en todos los tercios, hasta el punto de que resultó difícil apuntillarlo porque hasta echado daba cornadas.

El segundo del lote fue un manso indiscutible y Rivera lo recibió con dos largas afaroladas. El animal siempre intentó irse y Rivera recurrió a dejarle la muleta en la cara y lo cierto es que cuando lo tapaba, obedecía, lo que aprovechó para darle algunos circulares invertidos que gustaron al público. Fue lo único que cabe mencionar de su faena.

 

Ferrera no se justifica

 

Antonio Ferrera, el gran triunfador de la feria de San Isidro en Madrid, no pudo justificar tan sonado éxito. Eso sí, no es el mismo que toreó en Málaga el 1 de enero de 2001, cuando le decían que parecía más un Ferrari, por su velocidad en hacerlo todo, que Ferrera. La gente le dió importancia a lo que le hizo a su primero, que era un toro muy serio por delante. Se mostró variado con el capote y espectacular en su modo de banderillear. Para salir del embroque se apoya en los palos y logra un espectacular salto en la salida. Y en los adornos, hasta hace ‘piruetas’, como el caballo ‘Chicuelo’, de Hermoso de Mendoza. Otro de los revolucionarios del segundo tercio, en el que expone mucho, como en los pares por los adentro.

Ferrera estuvo muy reposado en su quehacer, logró muletazos estimables, pero el toro le ayudó poco a la hora de matar porque estaba más pendiente de cualquier cosa, que de la muleta. En el quinto puso un gran par quebrando al toro y en la muleta nada de nada, porque el toro era muy tardo y aunque puso en práctica muchos arabescos, que gustaron al público, su labor no fue lucida.

Y una vez más, Miguel Abellán pasó por La Malagueta, dos tardes, sin pena ni gloria. Incuestionable su buena voluntad, pero sin resultados positivos. El primero de su lote fue el de menos presencia de todos los que se han lidiado hasta ahora en la feria y, curiosamente, el público no exteriorizó una mínima protesta hasta el tercio de banderillas, cuando dobló las manos. En los primeros momentos del trasteo, no se le dio mayor importancia, pero el toro se rehizo, fue a más, y Abellán le sacó algunas series aceptables, en las que toreó muy despacio. Pero la cosa no alcanzó mayor relieve hasta que a la hora de matar lo hizo recibiendo y esto influyó en la petición de oreja que dio margen, al no ser atendida, a la única vuelta al ruedo de la tarde.

El que cerró plaza resultó ser un manso de carreta que salió olisqueando el ruedo, posiblemente tratando de averiguar donde lo habían metido, con lo tranquilo que estaba en el campo. Intentó sacarlo de su querencia a tablas, pero no lo consiguió. No hubo manera de que pudiera darle un sólo pase.


El País. Juan Ortega.  Salió la cabra

En tercer lugar soltaron la cabra negra de los zíngaros, esa que hace prodigios al son de la música destemplada. Lo peor es que el animal andaba cojitranco de debilidad y perdía pie. Miguel Abellán se dedicó a cultivar la danza, a pesar de las caídas de su pareja y, ni aun así le sacaba un muletazo, pues los recetaba fuera de cacho. Al final, enjaretó algunos adornos corridos que, por el tono que se daba, parecía habérselos arrancado a una fiera. Mató al encuentro. Una vara del Soro bastó para ensañarse con el sexto. Por si era poco, lo estrellaron contra el burladero. El propio toro puso el resto, al huir raudo al refugio de las tablas. Abellán lo pasó de muleta y lo despenó.

Ferrera anduvo bastante en tensión toda la tarde, excesivamente envarado. No digo yo que tenga que salir relajado, pero no estaría de más que lo hiciera con menos crispación. Manejó bien el capote a la verónica, galleando ceñido y ciñéndose, igualmente, el delantal. Las benderillas tuvieron emoción, aunque el consabido salto todavía no sé si da o quita. En el quinto destacó un par al quiebro. Aposentó bien los pies y jugó la muñeca al natural, con el defecto de rematar alto. La faena fue a menos según se paraba el toro. La segunda faena quedó en tierra de nadie, falta de medida, carente de ritmo y descompasada. El bajonazo final, sin excusas.

El cuarto, primo de la cabra, era manso pero se mantenía en pie. Sacó un poco de genio en la primera serie y optó por esconderse en tablas. Rivera le aceptó la pelea y puso voluntad, que parece ser todo lo que puede poner. En el primero, otro mansurrón, porfió hasta que, inopinadamente, decidió poner fin a la fiesta. El toro murió de porque sí. La presidencia olvidó el pañuelo verde.

 

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