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15ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 25 de mayo de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Guardiola,
(tres fueron rechazados en el reconocimiento), el tercero fue devuelto
por inválido, bien presentados, mansos y descastados; el sobrero, de
Criado Holgado, manso en inválido.
Diestros:
- Pepín Liria,
pinchazo, casi entera tendida y un descabello (división); dos
pinchazos y un descabello (silencio).
- Alfonso Romero,
pinchazo y estocada (pitos); tres pinchazos, estocada y un
descabello (silencio).
- Antonio
Barrera, media estocada (silencio); pinchazo y estocada (vuelta).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC.
El País.
Antonio Lorca. Un
susto de espanto
La cogida de Antonio Barrera fue de auténtico espanto. El sexto de
la tarde, 593 kilos y cinco años y medio de edad, fue recibido con
aplausos por su bella estampa. El torero lo recibió de capote y el toro
se frenó en cada envite; quiso entonces sacarlo hacia los medios con
capotozos por bajo, el toro lo regateó con celeridad y empitonó por la
chaquetilla; lo levantó en peso, lo zarandeó y lo lanzó contra la
arena. El torero se levantó, pero perdió el conocimiento y volvió a
caer desmadejado. La impresión era de cogida gravísima. Mientras, el
toro, de muy mala clase, se hizo el dueño del ruedo, y cuando Liria se
preparaba para tomar la muleta, la plaza estalló en una atronadora
ovación porque Barrera salía por su propio pie de la enfermería para
matar el toro. Y lo hizo con eficacia y brevedad porque el animal, soso
y parado, no dio para más. La vuelta, muy cariñosa, fue para que se
recuperara del gran susto. En su primero, un manso e inválido, se mostró
muy valiente, que era lo único que podía hacer.
La corrida de Guardiola fue el exponente de la mediocridad más
absoluta. Distraídos de salida, hicieron una pelea muy desigual y mansa
en varas, y llegaron al tercio final con una sosería galopante, con la
cara a media altura, sin codicia ni resquicio de la casta brava, que un
día tuvo el encaste de Villamarta.
Distinto es que los toreros se contagiaran del molesto viento que
presidió la tarde y no dieran una a derechas. Pepín Liria ya no es el
bravo espada de hace unos años. Le falta el corazón que antes le
sobraba. Le plantó cara a su primero con enorme gallardía, y consiguió
una tanda de redondos desde la quietud y la ligazón, pero ahí se acabó
todo. Con la muleta en la izquierda su labor resultó acelerada, con
escaso orden y menos concierto. En el cuarto, muy soso, quiso
justificarse, pero eso no se lo perdonan a quien ha sido un ejemplo
permanente de pundonor y entrega. No está en su mejor momento el bravo
torero.
Lo difícil es saber cuál es el momento de Alfonso Romero. Entró en
la feria en sustitución de Juan Bautista, que ha decidido cortar la
temporada, pero no dio una sola razón para estar incluido en el cartel.
Su lote ofreció pocas posibilidades, pero sus recursos son muy escasos
y su ánimo está por los suelos. Un quite de dos verónicas y media en
el primero de la tarde, ejecutada con hondura y cierto empaque, fue todo
lo que dio de sí el torero. Naufragó en sus dos toros, con muchas
precauciones, la muleta retrasada y el espíritu de derrota en el
cuerpo.
La tarde, ventosa y fría, terminó feliz con la vuelta al ruedo de
un torero que se salvó de milagro de una cogida espeluznante. Fue lo más
emotivo que dio de sí la falta de casta brava y las pocas ideas de los
que se vistieron de luces.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA.
Gesto de torero macho de Antonio
Barrera
Fría la tarde y la corrida, fría la
plaza, fríos los toreros. Hasta que apareció por toriles un pavo de
cinco años y medio con una anchura de pitones que hacía inexplicable
su encajonamiento. Apretó en el capote de Antonio Barrera, cruzándose
con las manos por delante, frenándose con horror. Barrera perdió la
batalla en un arreón hacia los medios que lo llevó a la boca de la
muerte, prendido por el pecho, por el costado del corazón. Momentos de
angustia, momentos de miedo, segundos de pánico cuando lo soltó y
perdió pie, desmayado, las manos inertes después de palparse el
cuerpo. Por el callejón corrieron las asistencias contrarreloj; la tez
pálida, los brazos sin vida... El guardiola se adueñó del ruedo,
derribó al picador que guarda puerta, minutos de caos y pesar. Por
sorpresa regresó el sevillano por el túnel de la enfermería,
afortunada y milagrosamente indemne, en medio de una ovación de alivio
y tranquilidad, cuando Liria tomaba aire para enfrentarse al pajarraco
aquél. Gesto de torero macho de Antonio Barrera, que en sí mismo valía
la vuelta al ruedo final, sin necesidad de contabilizar la meritísima
faena, toda diestra y emotiva. Cada pase era un ay o un uy. Valían
todos los recursos técnicos y toques exteriores, imprescindibles para
pasar a la bestia que se resistía. Si mata a la primera corta una
oreja. Su hombría compensó una jornada democrática, de libertad y
derechos, de igualdad. Pero al menda lo habían borrado del censo. «¿Usted
ha cambiado de domicilio recientemente?» «Sí, señorita, pero el IBI,
la tasa de vehículos y demás cánones y tasas para sostener la cosa
municipal y autonómica los he recibido con milimétrica puntualidad».
Así, de esta guisa, o sea de una leche como para cortar cualquier café,
intranquilos ante la posibilidad de que la progresía intolerante y
compañía gobernasen el Foro, nos habíamos sentado en una plaza fría,
para contemplar una tarde fría, que ni por asomo rozó la más mínima
templanza, ni ambiental ni ante el toro. En memoria del temple dedicamos
esta crónica, porque Pepín Liria toreó como el AVE, a una velocidad
espantosa. Para colmo, se enfrentó a dos toros de recorrido y
obediencia, aun sin excesos de clase ni capacidad para humillar. Pero el
diestro de Cehegín estuvo tras la mata, a la pala del pitón
constantemente, ligero hasta límites insospechados. Entendió bien, eso
sí, que los terrenos para evitar el molesto aire eran entre el «4» y
el «5». Su primero repetía con nobleza, pronto, con la carita alta, y
Liria trazó una faena rauda. Más de lo mismo con el cuarto, que se
tapaba por la cara, aunque no disimulaba su estrechez de culata. Tampoco
humilló y también se movió. Quizá no fuesen para excelencias pero sí
para estar mucho mejor.
Alfonso Romero dejó unas verónicas de dibujo grácil y elegante y
un quite de verónica y media superior. Fue todo. El guardiola se salió
suelto y se repuchó en el segundo y tercer encuentro con el picador, y
la brega resultó un auténtico desastre, sobrada de capotazos y
enganchones. Salía el toro de los muletazos con la cabeza por las
nubes, y tocaba y topaba la muleta por el pitón izquierdo. Ni por asomo
fue un toro de ovación en el arrastre, pero Madrid está así, grave y
en la UVI.
Romero no mejoró su actuación con el manso y descastado quinto, a
contraestilo totalmente del fino matador murciano, que debió, sin
embargo, haber apretado más los dientes. Manejó la espada con precaución.
Antonio Barrera vio cómo le devolvían al primer toro de su lote,
que se deshilachó en el caballo el asta zurda y que no guardaba las
apariencias. Florito ejerció su papel con eficacia y a cuerpo limpio
esta vez. Nunca falla. Acostumbrados como veníamos al desastre de los
bueyes maestrantes, es una maravilla contemplar la parada venteña, que
ni se cisca ni nada. El sobrero de Holgado repetía las embestidas
pegajoso e incómodo, sin permitir estar a un Barrera que abusó
entonces de trallazos que tiraron una y otra vez al bruto.
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