|
|
|
27ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 6 de junio de 2003
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Adolfo Martín
(cuatro rechazados en el reconocimiento), los tres primeros
impresentables, todos inválidos, sosos y descastados; el 6º, devuelto
y sustituido por otro de Juan José González, manso y deslucido.
Diestros:
- Luis Miguel Encabo,
estocada (pitos); media tendida y tres descabellos (silencio); en el
que mató en su sustitución de Valverde, pinchazo, media tendida y
un descabello (silencio).
- Gómez Escorial,
casi entera (palmas); estocada (vuelta con algunas protestas).
- Javier Valverde,
pinchazo y estocada caída y trasera (palmas); fue cogido por el 6º.
Incidencia: Javier Valverde sufre "cornada en el
tercio medio, cara posterior, del muslo derecho, con una sola
trayectoria de 20 centímetros que afecta a bíceps semitendinoso y
semimembranoso. Pronóstico grave, que le impide continuar la lidia.
Intervenido bajo anestesia general y trasladado a la Clínica La
Fraternidad)
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, Diario de Sevilla, ABC
El País.
Antonio Lorca. Grave
cogida de Javier Valverde
Javier Valverde resultó cogido por el sexto de la tarde, un sobrero
manso y muy deslucido, con el que estuvo decidido y valiente. En los
compases finales de su labor con la muleta, un derrote del toro lo lanzó
por los aires y lo prendió después por el muslo. También fue volteado
en dos ocasiones por su primero, en una tarde aciaga para el torero
salmantino, que sólo pudo dar muestras de su pundonor.
Javier Valverde se llevó la peor parte de otra corrida infumable a
causa del mal juego de los toros de Adolfo Martín. Los tres primeros
eran sencillamente impresentables; pero no para esta plaza de Las
Ventas, sino para cualquier otra de segunda categoría. En otro tiempo
no lejano, aquí hubieran pasado con apuros como novillos, pero ahora
ocurren cosas tan inexplicables como ésta. Y la gente, cansada y
derrotada, ni protesta ante el temor de que los toros sean devueltos y
salgan otros de peores hechuras.
Pero alguien debería dar una explicación. Por respeto y por
decencia. Alguien debería explicar por qué los equipos veterinarios
aprueban tres toros con la carita lavada, sin pitones, enjutos, sin
morrillo ni badana, impropios de cualquier plaza de provincia. ¿Acaso
por el nombre del ganadero? ¿Quizá por lo de la semana torista? No
existe explicación lógica que justifique este atropello, especialmente
después de la desastrosa feria acaecida hasta hoy. No vale el argumento
de que los otros tres lucieron mejor presencia. Las corridas son de seis
toros y no de tres, por muy Martín que se llame el ganadero; que
alguien supone que si se llega a apellidar Pérez no pasa ni uno. Y, si
no, que alguien explique tamaño desafuero.
Salieron seis, sí, todos representantes de la más pura escoria de
la cabaña brava española. Seis inválidos, descastados, sosos y
deslucidos, que volvieron a poner de relieve la degeneración absoluta
que padece el toro bravo actual. Así no es posible el espectáculo. Así
no se puede, siquiera, engañar al público y que la mayoría crea que
lo que se desarrolla en el ruedo es un enfrentamiento de valor y arte.
La fiesta está tan hundida que el respeto se ha convertido en desprecio
hacia quienes manejan los hilos de un negocio floreciente, pero,
necesariamente, con los días contados, a tenor del producto de ínfima
calidad que ofrece.
Poca historia pudieron hacer los toreros más que mantener la
dignidad, que no es poca cosa. A alguno lo pitaron, como fue el caso de
Encabo, pero injustificadamente, porque, si bien su largo muleteril fue
vulgar, muy soso y de media embestida era su primer toro, tan descastado
como los demás, y al que mató de una buena estocada. Antes lo había
capoteado por verónicas y chicuelinas, lo que no pudo hacer en el
cuarto porque era un buey con malas ideas y nula movilidad.
Gómez Escorial dio una vuelta al ruedo y algunos se la protestaron
también injustamente. Valentísimo estuvo toda la tarde con dos
marrajos de aquí te espero. No es un artista, pero a los artistas había
que verlos con estos toros. Aguantó derrotes, tarascadas y miradas
inaguantables; dibujó una verónica honda en su primero, y se ganó una
voltereta sin consecuencias cuando trataba de torearlo por la derecha,
por donde más que embestir, topaba. Esperó al quinto a porta gayola
y, puesto en pie, el toro lo prendió por la barriga y, afortunadamente,
sólo le destrozó la taleguilla. Dio la vuelta porque lo mató a ley en
todo lo alto.
Diario
de Sevilla. LUIS
NIETO. Javier Valverde, herido grave
De nuevo, más victorinos de los de antaño. La
ganadería de Adolfo Martín -primo de Victorino- con el mismo encaste,
Albaserrada, recordó a las antiguas alimañas por hechuras y malas
ideas. Encierro peligroso con el añadido de un sobrero de Juan José
González, también con complicaciones. Debido a ello, el festejo careció
de lucimiento, con un público agrio e injusto, que no supo apreciar el
peligro de los cornúpetas. Está claro que en estos tiempos, en que los
toros son un acto social, hay días que las plazas se llenan con
personal que no distingue entre un toro y una vaca suiza. Ayer fue un
claro ejemplo de ello. Y eso que la terna, joven, compuesta por Luis
Miguel Encabo, Ángel Gómez Escorial y Javier Valverde, lidió y mató
la corrida con suma dignidad.
Encabo dejó sello de buen lidiador con el lote menos peligroso.
Banderilleó con suficiencia a su primero, asaltillado, que buscó en
ese tercio el abrigo de tablas. La faena la brindó a Joaquín Sabina,
con protestas del público. En las afueras, labor pulcra, con solvencia,
pero que careció de emoción por la sosería y falta de repetición del
toro. Mató de estocada certera y el público como silbando el Sitio de
Zaragoza.
El cuarto se dejó pegar en el caballo. Con mucho que torear, cuando
humillaba en la muleta, perdía las manos. Encabo, en las afueras, se
cruzó y porfió en una labor que no pasó de eficiente.
Gómez Escorial se jugó la vida sin cuento y sin aspavientos. Lo hizo
con el segundo, un toro blando, que fue protestado. Un animal que se dejó
pegar en varas y cortó en banderillas y en la muleta una barbaridad. El
diestro ganó terreno a la verónica para cerrar con una media con mucho
aire. Con la franela, cruzándose, se justificó con el toro avisado y
con mucho peligro. Por el pitón derecho le empaló entre los muslos. Se
salvó de la cornada de milagro. Aun así, el madrileño insistió por
ambos pitones. Rubricó de estocada casi entera habilidosa.
Escorial volvió de nuevo al ataque con todas las consecuencias con un
cinqueño, en santacoloma y encastado. Se la jugó a portagayola, en una
larga de rodillas. Ya de pie, a la verónica, codilleando, el toro le
arrolló y le destrozó la taleguilla. Tuvo un buen pitón derecho y
Escorial consiguió un par de tandas hasta que desarrolló sentido. Mató
de estoconazo. Hubo leve petición de oreja y algunos energúmenos le
protestaron la merecida vuelta al ruedo que dio.
Javier Valverde también dio el do de pecho. El tercero blandeó en el
tramo final. Y no le faltó mala idea a la hora de revolverse. El
salmantino, con firmeza, aguantó miradas y parones como para cortar la
respiración. Cuando iba a matar le pegó un viaje por el izquierdo y le
lanzó por las nubes, saliendo disparadas la espada hasta el callejón y
las zapatillas al tercio. De nuevo, cuando intentaba cuadrarlo, le arreó
otro con el derecho y le propinó un pitonazo en la parte posteior del
muslo derecho. Mató con agallas y pasó a la enfermería.
Valverde, tras ser curado del puntazo, se las vio con un sobrero de Juan
José González -encaste Núñez-, grandón, fuera de tipo, al que no le
cogió el aire. En un pase de pecho con la izquierda salió
comprometido. Se revolvió el toro para echarle mano por el derecho y
empitonarle de la pierna derecha. Mató al toro Encabo.
Tarde a menos y angustiosa. Tarde desagradable por las cogidas con toros
que fueron pura dinamita y un público agrio que, por su ingenuidad o
vaya a saber usted por qué, tuvo tanto peligro como los propios toros.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Ingrata tarde para Javier Valverde
Ingrata fue la tarde para Javier Valverde, que estuvo siempre muy de
verdad. Ingrata por la sangre derramada, que es injusto pago a su
esfuerzo. Desagradecida también para sus compañeros, Encabo y Gómez
Escorial, que lidiaron una corrida de Adolfo que se frenó a mitad de
camino de la nada, en un terreno que no sirve ni al ganadero ni al público
ni a los toreros.
A Valverde le devolvieron el sexto, un toro basto incluso de pitones,
astigordos y escobillados tras algún derrote en tablas. En su lugar
apareció un sobrero de Juan José González muy montado y agresivo de lámina,
estrecho de sienes y violento de ideas. No cesó de tirar tornillazos,
tocando el capote bregador en casi todas las ocasiones, como luego la
muleta. La función del picador cada día se nos antoja menos
profesional, y si no se explican los puyazos traseros por norma, menos,
cuando se debería picar delantero por obligación, para que descuelguen
toros de semejante actitud. Tampoco el firme torero salmantino atinó
con un principio de faena en el que vació siempre los viajes por alto.
En los medios, se colocó asentado, pero el núñez tropezaba el engaño
una vez tras otra, con violencia, en unos ganchos tipo Tyson. Hasta que
la voltereta y la cornada surgieron como un latigazo, en un doble
derrote, para derribarlo y recogerlo con saña después, antes de que ni
siquiera tocase el ruedo. En esta ocasión no se libró, como sucedió
con el tercero, con el que anduvo muy por encima por el pitón
izquierdo, el más asequible, a pesar de su cortedad de recorrido; lo
intentó infructuosamente por el lado derecho, un malaje. Las cogidas se
sucedieron consecutivamente: una en el cierre, con la espada de verdad
ya en la mano, cuando juntó las zapatillas frontalmente, sin darle
importancia al adolfo; otra, al sacarlo a los medios para cuadrarlo,
decisión discutible después de haber desarrollado toda la faena en la
raya, pecados de juventud que no oscurecen una actuación valiente.
Como valerosa se hizo también la de Gómez Escorial, volteado en su
lote, milagrosamente indemne tras parar al quinto, que lo cogió de
lleno, para reventarlo, con todo el ímpetu de la salida. La taleguilla
se desgarró en jirones a la altura de la ingle. Éste apretó con
bravura en el caballo y humilló en los compases previos de faena, con
un Gómez Escorial presto y dispuesto en derechazos mandones, que hacían
presumir lo que después no fue. Un breve paso al natural y un regreso
frustrado -desarme incluido- al pitón diestro, y el toro ya era otro, a
la defensiva, sin los atisbos de entrega del prólogo. Escorial lo mató
con rectitud en la suerte -se sigue perfilando muy en largo- y con
efectividad rinconera. Se cobró el esfuerzo de la portagayola y del
resto con una vuelta al ruedo de autoconvencimiento en su lucha, de la
que no da lugar a la duda.
El engatillado segundo acortó ya en banderillas y siguió en la
misma línea en el último tercio, quedándose en mitad de la suerte. En
una de éstas sobrevino la voltereta. El Ángel de la Guarda no le falló
ayer a Gómez Escorial, que abandonó la plaza por su pie contra pronóstico.
El adolfo que estrenó plaza, sin ninguna seriedad por delante, no
descolgó nunca. Aunque respondió siempre con obediencia, le faltó un
tranco, si bien es cierto que Encabo estuvo con pulcro oficio, que
domina con cerebral medida. No se metió en mayores refriegas con el
serio, fino y poco claro cuarto, al que no banderilleó, que tampoco había
pasado nada con los palos en el anterior. Adolfo Martín se lo ha puesto
fácil a Victorino. Por no decir a huevo.
|
|