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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del jueves, 14 de junio de 2001
Corrida de la Beneficencia
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Victorino Martín,
desiguales de presentación y, en general, terciados y muy justos de
trapío. Blandearon. El quinto con más volumen y más pobre de cabeza;
el sexto, con cierta raza, se tapaba con la cara. De juego también
desigual, mansearon con peligro y dificultades; el cuarto, bravo y
enrazado, fue el más completo.
Diestros:
Entrada: lleno hasta la bandera.
Incidencias: corrida de la Beneficencia presidida por el Rey
Juan Carlos. Tres cuartos de entrada. Alberto Ramírez, revolcado, entró
por su pie en la enfermería.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, EL
Mundo.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Victorinos caja B
Los victorinos de la Corrida de Beneficencia no eran los
mismos que los del sábado último. Lo juro. Aficionados que de estas
cuestiones diquelan, lo juraban también: 'Los victorinos de hoy
no son los de la feria; no hay más que verlos'. Claro que así -viéndolos-,
cualquiera. O sea que, en fin, traían los victorinos distinta
vitola. Si los de la feria fueron pura cepa, marca de la casa, los de la
Corrida de Beneficencia pertenecían a la caja B.
Ocurre en las mejores familias ganaderas: que crian lo mollar, y
luego, en el cuarto oscuro, guardan una reserva de distinta clase para
darle otra cara a la fama y los compromisos.
Miura es -más preciso sería decir fue- ejemplo de doble vida. Por
un lado tenía los toros que se ajustaban en trapío y catadura a los
que forjaron la leyenda de la casa, y por otro, unos ejemplares
diferentes, adocenados de aspecto, blanduchos y feminoides. Pepe Luis Vázquez
(padre), que le hacía el tentadero, seguramente podría explicar los
motidos de esta contradicción.
Victorino Martin, por lo que la experiencia da a entender, quizá aún
tenga una caja C, que saca esos victorinitos aborregados y
tullidos que utilizan las figuras para fingir esas gestas que necesitan
para mantener el caché.
De estos debió haber sólo uno en la corrida de Beneficencia, que
hizo sexto. Aunque de ser el caso, se trataría de mala raza o producto
fallido pues el andoba no poseía ni fuerza ni juego y provocó el
deslucimiento de Rafael de Julia, a quien se le fue la comparecencia sin
lucimiento y hasta con merma de cartel.
No es que devolviera las dos orejas y la salida por la puerta grande
que ganó en la reciente feria de San Isidro, pero su actuación careció
de la emotividad que conlleva siempre el torero que se presenta con
ansias de triunfar y comerse el mundo. Pase la tesonera y voluntariosa
faena que le dio Rafael de Julia al aborregado sexto, pero el victorino
tercero sacó una encastada nobleza merecedora del toreo bueno; algo
radicalmente distinto a la mecánica sucesión de pases sin temple ni
ligazón que le administró Rafael e Julia a destajo. Únicamente le
condona que en los prolegómenos de la faena se cayó, el victorino
hizo por él y le pegó un revolcón tremendo.
La terna de jóvenes matadores con brillantes esperanzas de futuro la
verdad es que, por fas o por nefas, no acabó de dar la talla. Alberto
Ramírez se llevó la peor parte, no tanto por el volteretón que sufrió
como por la sensación de inconsistencia, de técnica superficial, de
falta de hondura que dieron sus dos faenas. El toreo de parar, templar y
mandar, no lo hizo. Y lo de ligar, tampoco. En realidad su toreo no
difería del que ha traído la neotauromaquia y ejercitan cada tarde las
figuras sin el menor reparo y se traduce en las consabidas formas de
pegar un pase y salir corriendo para empezar otro en distinto lugar.
Mucho insistió Ramírez por derechazos y naturales y al engendrar uno
de ellos al quinto toro resultó cogido y lanzado por los aires. No hubo
cornada, mas la violencia de la caída no se desea ni al peor de los
enemigos.
Luis Miguel Encabo constituyó la excepción. Estuvo a punto de
alcanzar el éxito y no lo consiguió por los imponderables, por el
genio de los victorinos -que contaba especialmente- y por los dos
feos yerros con que culminó su actuación. Con el capote tuvo fases
estupendas Luis Miguel Encabo; bregó con eficacia lidiadora y evidente
conocimiento de los terrenos, de los toros y de las suertes; banderilleó
fácil y entusiasta; y aderezó de clasicismo sus enjundiosas faenas de
muleta.
Los toros que le correspondieron a Encabo la verdad es que no eran fáciles.
Chiquito y casi impresentable el primero, sacó un genio vivaz que
convertía en peligrosas las embestidas y Encabo los toreó con el
aguante que permitían los continuos achuchones. El cuarto, de nobleza
cierta, era sin embargo un vendaval de casta y bastante tenía el torero
con intentar encelarlo en la muleta y librar su codiciosa agresividad.
Y aquí vino el primer fallo cuando, en una de esas, quedó
desarmado, se agarró al cuello del toro para evitar la cogida y el
animal se puso a dar vueltas vertiginosas para sacudírselo de encima,
hasta que llegó el peón Antonio Rodríguez, hizo el quite y el matador
pudo escapar incólume de la angustiosa situación. Y casi sin solución
de continuidad llegó el segundo desatino: fue Luis Miguel Encabo y le
pegó al toro un infamante bajonazo. Una forma tabernaria de matar que,
naturalmente, tiene difícil perdón.
'¿Qué opina de esto Gallardón?', le preguntó a gritos un
aficionado al presidente de la Comunidad, que se encontraba en el palco
real acompañando al Rey. Lo más probable sería que Ruiz Gallardón y
el Rey y el lucero del alba estuvieran deseando que se acabara aquello.
La corrida de Beneficencia no dio más de sí. Ni tampoco se esperaba
cuando la anunciaron, francamente.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA.
Victorino Martín, ese viejo y sabio zorro
La Comunidad de Madrid montó un bonito decorado. Engalanó la plaza
con banderas y floripondios y debió de liberar a los funcionarios de la
Administración autonómica para tapar el cemento de los tendidos. Público
extraño aquél, como extras pagados en una película mala, para hacer
bulto, que se dice. Se notaba un ambiente raro, ficticio, surrealista.
Alguien recordó los manaquíes de «La cabina» o los monigotes con los
que Platini ensayaba los libres directos. No había claveles, más que
los adornos de papel, ni glamour, ni Chanel nº 5. A la legión de
isidros sólo le interesa las figuras, pero las figuras se dieron el
queo por culpa de los victorinos. Así que la Comunidad elaboró un
cartel digno e interesante, con tres jóvenes toreros, incluido el
triunfador de San Isidro.
Victorino Martín —más sabe el diablo por viejo que por diablo—
trajo una corrida muy distinta a la última que lució en Madrid. Para
empezar, fue desigual de presentación como una escalera, hasta decir
basta, nada que ver con las láminas parejas e impresionantes de aquélla;
menos espectacular para el público en todos los aspectos; pero buena,
en conjunto, para los toreros. Quizá, para que más de alguno se tire
de los pelos por haberle dado la espalda. Causó la impresión de que el
paleto de Galapagar —magnífica su explicación del otro día de que sólo
a él y a Domingo Ortega se les había calificado como tales— sabía más
que nunca lo que traía y para qué. Rommel, a su lado, un aprendiz de
zorro, con todos los respetos. Cada toro fue distinto; todos, con sus
matices y peros, con sus problemas y bondades, embistieron. Peor nota
sacó el reservón tercero y mucha mejor el encastado cuarto.
Luis Miguel Encabo acarició el triunfo, lo rozó con la yema de los
dedos. Se intuía que Encabo poseía más papeletas que sus compañeros
para salir bien parado. Porque se conoce el oficio de pe a pa o,
sencillamente, porque es un buen torero. Lástima que no redondeara o
que no culminara. Lástima porque lo tuvo ahí. Y lástima porque lo
necesita.
MAGNÍFICA SERIE
Le apretó el terciado primero por el pitón derecho en la
muleta. Anduvo listo para cambiar de terrenos, buscar el lugar donde el
viento molestara menos y ponerle la izquierda. Eolo impidió ver al toro
en una tanda incompleta, pero ya se presentía la calidad del pitón
zurdo, como quedó de manifiesto en la siguiente serie, magnífica, por
su estética y por su fondo. Mantuvo el tono en el conjunto posterior,
culminado por una trincherilla, apunte de Puente o cartel de Ruano. Y
volvió a la mano diestra, por donde el victorino mostraba su cara más
áspera. Pinchazo hondo, la torería de cuadrar al enemigo con la muleta
plegada, media estocada y la espera sentado en el estribo.
Aquellos momentos al natural, para haberlos gozado más, no se
repitieron con el bravo cuarto, capaz de sacarle el aire al más docto y
capaz que recuerden. Repetía como una locomotora con la caldera de carbón
hasta los topes. Luis Miguel construyó un bello saludo a la verónica,
rematado con una revolera. Lidió con justeza de capotazos y sapiencia.
Para los aficionados cabales dejó una muestra de cómo sujetar a un
toro sin necesidad de llevarlo al burladero del «7». Luego, banderilleó
con facilidad y facultades. Como en el anterior, no culminó un par por
los adentros. Mas ahora repitió la suerte en una cuarta reunión, gesto
que le honra.
Las mandonas dobladas iniciales apenas quebraron el potencial del
victorino, que se creció en la muleta. Encabo, firme; el victorino,
dinamitero. Había que estar ahí. El matador remataba las series tras
el tercer muletazo: el toro se revolvía como una centella, hasta tal
punto que una de estas si no se mete Luis Miguel en el cuello lo prende.
Y aun así dio el toro vueltas como un torbellino, en busca de la
sangre. Cuando despidió al torero, que se agarraba como un niño en la
montaña rusa, apareció el capote milagroso de Antonio Rodríguez. Un
feo metisaca disipó la posibilidad de que cortase una oreja.
Tanto Alberto Ramírez como Rafael de Julia también besaron la lona
en el combate, con mejor fortuna éste. El castellonense hizo una faena
de más a menos con el noble segundo, que no humillaba, y no logró
alargar las embestidas del manejable quinto, que cada vez se quedaba más
corto. Resolvió mal con la espada.
Rafael de Julia estuvo valiente con el incierto tercero y le faltó
entender con más continuidad y temple al sexto, cuya calidad tropezaba
con un punto de flojera.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Baile en el palco
A la vista de lo que salía por chiqueros empezamos a comprender el
baile de presidentes que hubo por la mañana; que los presidentes también
bailan y no sólo los corrales, los toros y los ganaderos. El baile de
la mañana, en el postrer reconocimiento, había sido un «baile en
Comunidad» con el director general de Turismo, señor Peñarrubia, con
la batuta del sarao.
De resultas, el presidente de la corrida, Manuel Muñoz Infante, se
quedó compuesto y sin pareja y la autoridad competente puso a bailar al
señor Lamarca; en el palco presidencial, el señor Lamarca baila todo
lo que le echen: desde un tango hasta una marcha militar. Con el señor
Lamarca en el palco está asegurado el orden de la empresa frente al
desorden de los aficionados exigentes. Esta corrida, después de tantos
pujos y convulsiones telúricas, ha sido un poco el parto de los montes;
no es que los montes hayan parido seis ratones victorinos, pero al menos
dos o tres, sí. Da igual.
Está adquiriendo Luis Miguel Encabo un oficio y una dignidad
profesional que va a darle muchos triunfos. Y que debiera hacerlo
imprescindible en muchas ferias. Tras sortear rebañones y tarascadas en
su primero, se permitió el lujo de bajar la mano y ligar una tanda de
naturales de aroma y de sabor; aguantar impávido una colada de infarto
y volver a bajar la mano, y templar toreramente una serie de derechazos.
Ni un lance de capa se había visto en toda la tarde, ni una verónica
que llevarnos a la boca, hasta que salió el cuarto y Encabo lo paró
con autoridad. Luego, lo fijó mientras salían los caballos y lo puso
en suerte con los capotazos imprescindibles. Fue el toro de la tarde, la
casta. Estuvo bien Encabo, aunque el victorino estuvo mejor. Toro y
torero vivieron un momento íntimo e irrepetible: se revolvió el
victorino y Encabo se guareció en la tabla del cuello. Aquello era un
carrusel, un juego del corro, eléctrico y siniestro. Encabo cayó al
suelo y el toro, por fortuna, no acertó con la cornada. El bajonazo
infame, en la modalidad de metisaca, fulminó al bravo animal.
No refrendó Alberto Ramírez en su totalidad las buenas vibraciones
que dejó en San Isidro, los efluvios de seria torería; pero tampoco
las dilapidó ni malbarató en frivolidades. Templado y en el sitio en
dos tandas de redondos, se fue descolocando ante los primeros recados,
un poco sosotes aunque inquietantes, que le envió el victorino. El
quinto, sin excesivas complicaciones, estuvo a punto de mandarlo de mala
manera a la enfermería. Allí se fue Alberto Ramírez por su propio
pie, tras una voluntariosa pelea por la derecha y una voltereta
impresionante provocada por la inconsciencia y la despreocupación.
Aunque no se le haya dado demasiado bombo, ni nadie lo considere
triunfador absoluto, conviene recordar que Rafael de Julia fue el único
matador de alternativa que, el pasado San Isidro, abrió la Puerta
Grande de Las Ventas: un respeto. Resbaló en la cara de su primero y se
libró de la cornada porque, pese a todo, el bicho no tenía la certeza
implacable y la determinación homicida del killer. Luego, al final del
oscuro trasteo, Rafael de Julia se lo echó encima y el victorino también
lo perdonó. Rafael de Julia anduvo aperreado toda la tarde. Hay que
alabar a estos muchachos el gesto de apuntarse a esta corrida, si bien
es cierto que ninguno tenía nada que perder, y sí mucho que ganar.
De la Beneficencia los únicos beneficiarios son los toreros, que
cobran más que nunca. Pues ni aún así, a golpe de talonario, consiguió
la Comunidad traer a las figuras de postín; modestamente, uno no cree
que los victorinos de ayer fueran intoreables. Luego, vino el aludido
baile de presidentes, mas eso es otra historia.
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