GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de Otoño
MADRID
Tarde del sábado, 30 de septiembre de 2000
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: toros de Alcurrucén (cinco se habían rechazado en el reconocimiento, uno devuelto por inválido), dos primeros mal presentados, resto con trapío, mansos, de feo estilo. 5º, sobrero de Sánchez Arjona, con seriedad y trapío, manso, dificultoso.

Diestros

  • Miguel Abellán, dos pinchazos, estocada perdiendo la muelta -aviso- y dobla el toro (silencio); pinchazo hondo atravesado, rueda de peones y dos descabellos (silencio); estocada caída (palmas).

  • José Pacheco "El Califa", pinchazo escandalosamente bajo, estocada corta escandalosamente baja, bajonazo -aviso- y dobla el toro (silencio); pinchazo, estocada trasera caída, rueda insistente de peones -aviso- y descabello (silencio); pinchazo perdiendo la muleta saliendo perseguido y estocada corta escandalosamente baja (silencio).

Incidencias: 

Entrada: cerca del lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOAQUÍN VIDAL.  El desastre

Miguel Abellán fue recibido con una pitada por su mala cabeza y agredir periodistas, y la revancha que se tomó fue fracasar sin paliativos. El Califa, con quien toreaba mano a mano, fracasó también. O sea, un desastre.

Echarán la culpa a los toros (y a los periodistas de paso) pero quienes tenían culpa del fracaso eran los propios toreros.

A la actitud y a las formas de los toreros nos queremos referir. Con esa actitud y esas formas no se viene a Madrid ni se lidian los toros de casta fiera y temperamento bronco. Con esa actitud y esas formas mejor está uno de oficinista tan serrano.

¡Oh, sí, los cojones de los toreros! No es que servidor se meta ahora en malas lenguas (pues bien que lo siente, la verdad) sino que trae las que emplea la mayoría de los toreros de la nueva ola, Miguel Abellán entre ellos. Proclaman estos toreros de la nueva ola que tienen más cojones que el público (y los periodistas, y los conspicuos del 7) para ponerse delante de un toro. Lo cual no deja de ser una obviedad.

Sin embargo parecen ignorar que con quienes se les compara no es ni con los del 7 en particular, ni con el público en general, ni con el censo de periodistas, sino con sus colegas los toreros. Un ejemplo: a Belmonte se le comparaba con Joselito y a Joselito con Belmonte; no con el empleado de una imprenta que había empeñado el colchón para verlos torear.

Fruto de la comparación y del debate que suscitaba, los ponían mano a mano, para que se viera quién era el de los cojones. E iban el uno a por el otro, intentando superarlo en arte, en destreza y en lo que hay que tener.

El mano a mano El Califa-Miguel Abellán en cambio, se sustanció sin competencia alguna. Cada uno a los suyo y por su orden. La diferencia de esta corrida con otra cualquiera consistía en que en lugar de tres matadores había dos, y en lugar de corresponderles dos toros habían de lidiar tres.

Y los lidiaron sin pena ni gloria. O quizá se les excusa en demasía pues con aquellas actitudes daban pena, francamente. Claro que a lo mejor no era cuestión de actitud sino de aptitud. Una sola letra cambia radicalmente el juicio. Pasa mucho si se habla en plata. Y la sensación que dieron ambos es que no están capacitados para torear toros dificultosos.

Las dificultades que se traían los toros no eran absolutas. Frenándose de salida, echando las manos por delante, brincadores y topones, abantos y huidizos, tras pasar por la acorazada de picar -con la que manseaban- acababan dando juego diverso y podía ser bronco o de cierta boyantía. Entre los de la primera versión estuvieron el tercero y el sobrero de Sánchez Arjona, jugado en quinto lugar, que pusieron en evidencia a El Califa y su carencia de recursos lidiadores.

El Califa dispuso de mejor género con el primero, y lo que evidenció entonces fue su mediocridad y su desahogo para acuchillar a los toros por los blandos.

Miguel Abellán recibió a los de su lote a porta gayola. Se trataba de un gesto, por supuesto; mas ahí quedaba el alarde y ya no reunía en las verónicas, ni con la muleta hacía el toreo de parar, templar y mandar. El sexto, incierto y con genio, le arrolló dos veces en las largas cambiadas y le estuvo desbordando en su voluntarioso trasteo de muleta.

Le salieron otros toros manejables y los muleteó fuera cacho, sin ligar. En fin, esas cosas que no seríamos capaces de hacer -¡ni locos!- los periodistas o los del 7, pero que han estado ejecutando con riesgo y honor los toreros verdaderos durante toda la historia de la tauromaquia.


  ABC. VICENTE ZABALA  Decepcionante mano a mano: El Califa y Abellán naufragaron contra la mansedumbre

La decepción tomó la plaza y creció entre los tendidos a medida que la tarde avanzaba hacia la noche; aunque casi desde un principio la oscuridad invadió con su manto una corrida que prometía esperanzas, como un charlatán, como aquel soberbio Burt Lancaster en «El fuego y la palabra».

Los dos triunfadores de San Isidro se iban a ver las caras en un tú a tú sin terceros, en un duelo en el ruedo, donde deben ser los duelos, con el toro por testigo. El Califa y Miguel Abellán se estrellaron, naufragaron contra la áspera mansedumbre de los ejemplares de Alcurrucén, tan desiguales en el conjunto que pasamos desde el pobre segundo a la seriedad bella y terrible del tercero cuando se corrió turno. Material férreo para los espadas, correoso y bronco, prueba para tirar de profesionalidad, oficio, recursos, torería; de nada hubo: muchas gracias. Atragantones, sin embargo, sobraron; lidias nefandas, lío de terrenos, desbordamientos varios. Nadie exigía florituras, pero la técnica se inventó para pulir el valor, sustentándose sobre él. Y a la vez para que la frialdad de la cabeza domine ambos. Nada.

La cosa fue aciaga para El Califa, que dio una imagen agarrotada, huérfana de demasiadas virtudes y de luz. Para abrir boca, se tragó las feas coladas de salida del primero por el pitón izquierdo. Si a eso sumamos que José Pacheco apenas saca los brazos en el toreo a la verónica, que el juego de sus codos se pega demasiado a la chaquetilla, la sensación de tragedia se incrementaba. La fugas de toro en el caballo se sucedieron. Luego, en la muleta, se arrancaba con un cierto punto de violencia, se desplazaba largo, pero no repetía. Problemas de colocación para el torero de Játiva y problemas de mansedumbre para el bruto. Uno por otro, la casa sin barrer.

CARRETÓN Y A TRABAJAR

El Califa no tuvo ocasión de lucir su izquierda espléndida y, por el contrario, demostró que a la suerte suprema no le ha cogido aún el aire. Hay mucho invierno para trabajar en el carretón, para que le expliquen que ataca con demasiados metros de por medio el volapié; ayer, además, con el punto de mira descentrado.

Devolvió la presidencia el tercero y se pasó turno: un impresionante toro pisó el albero, desafiante, engallado. Ahora saludó mejor a la verónica, y destelló la media. Abellán se empeñó en un quite con el capote a la espalda, y por poco pierde el corbatín y casi le atraviesa la buida cornamenta el pecho. Ante el poder y la violencia faltaron recursos una vez más, como que, visto el asunto, ponerle la izquierda, así, de pronto, resultaba una ingenuidad.

El sobrero que hizo quinto, de Sánchez-Arjona, duro como un pizarral, tampoco facilitó ni allanó el camino para que el califato mantuviera la integridad de su crédito en Madrid. Excusas no faltaron, pero desde hoy, borrón y cuenta nueva y a trabajar.

Después de dos saludos a portagayola, Miguel Abellán aún intentó el tercero para despedir su actuación. Si a estas horas lo cuenta, es gracias a la Providencia: como un rayo se le revolvió el toro tras frenarse, y se escapó de milagro. Otra larga cambiada en el tercio colocó el ¡ay! en las gradas.

Trató de superar toda la tarde un ambiente hosco: la gente no olvida con facilidad, y las imprudencias se pagan, más si hay víctimas del talento y la credibilidad de Javier Villán. Pero ayer decíamos en la crónica abecedaria que a Abellán había que juzgarle únicamente por lo que en el ruedo ocurriera, y, en el fondo, así fue.

Darle la vuelta a la tortilla sólo a base de pechugazos y atragantones valdría para alguien anónimo, para un novillero que empieza, mas no para un matador que va a concluir la temporada con más de ochenta corridas de toros, a quien se le suponen otras cualidades. Cuando hubo ocasión de demostrar la calidad, ante el cuarto, animal con mayor capacidad para humillar, noble, quizá justo de fuelle para una labor larga, ésta, la calidad, no asomó por ningún lado. Había arrancado la faena Abellán sentado en el estribo, y de repente apareció el capote de El Jaro, por las buenas y porque sí, delante de la propia Autoridad.

Planteada la estrategia al natural, dos series apuntaron temple, pero las formas, el fondo, el paladar jugaron al escondite. Ante al grandón sexto, además de las narradas largas del miedo, un par de verónicas y mansedumbre, más mansedumbre. Un desastre.


El Mundo. JAVIER VILLAN. El horror de una tarde sombría

Tarde de horrores. La cornada sobrevoló siempre el ruedo de Las Ventas. Y, sin embargo, no había la emoción del arte: había horror, temor, presentimiento sombrío. Y riesgo insensato porque, a cambio de la cornada, sólo podía venir el dolor. La mansada de Alcurrucén fue infumable. Cada toro llevaba en cada asta una cosecha de espigas sangrientas. Y si encima, las cosas se les hacían mal, la cosecha crecía y crecía.

El Califa anduvo sonámbulo en el primero y, cuando despertó, fue para hallarse con la cruda realidad: que los toros le querían arrancar el corazón y que las habilidades de su muleta no bastaban para gobernar los arreones atemporalados de los alcurrucenes. El sobrero de Sánchez Arjona fue todavía peor: una galerna con mal estilo, truenos, huracanes y relámpagos. El Califa sale de este mano a mano sin califato y sin leyenda mora. Aparte de fallarle el ánimo, le fallaron las ideas que es lo principal. Y si me apuran, esa aflicción suele ser consecuencia de la falta de lucidez. Cuando las ideas naufragan, el corazón no existe.

Tampoco el señor Miguel Abellán sale favorecido de esta gris confrontación, aunque mejor que El Califa; no es una hazaña, pero vale. El señor Miguel Abellán estuvo a merced de los toros toda la tarde. Y demasiadas veces por los suelos y a la intemperie. De angustia, palabra. No sé cómo habrá llevado el alma al hotel, pero el traje blanco de primera comunión quedó hecho un cristo: era el traje del sacrificio, del todo o nada, de la necesidad suicida de triunfar.

El señor Miguel Abellán recibió a sus tres toros a portagayola, más o menos, y en varias de las largas cambiadas fue arrollado y pisoteado. Insistía persiguiendo a los toros por el ruedo y volvía a ponerse de rodillas. Y otra vez el atropello, la indefensión, la crispación. No dio lance por perdido, en plan novillero que ve el porvenir más cerca del abismo que de la gloria. El señor Miguel Abellán estuvo ayer próximo al hule y a la cornada fiera. Firmeza en algunos momentos y resolución suicida. Esa asunción de la posibilidad del percance con tan escasos recursos técnicos, produce una sensación de incomodidad sombría.

Recapacitar en la soledad del hotel sobre el sentido de tantos golpes, tanto peligro y magulladura sin fruto, tiene que ser tristísimo para el señor Miguel Abellán, tratamiento que gustosamente le doy puesto que lo exige. Antes, en toros y en flamenco, el tratamiento de señor se aplicaba como reconocimiento de sapiencia, autoridad moral y magisterio contrastado: el señor Cayetano, el señor Manuel, el señor Tomás, el señor Antonio, por ejemplo. Yo creo que, de momento, y con todos mis respetos a su voluntad de jugarse la cornada a destiempo, el señor Miguel Abellán está lejos de esa autoridad moral y de ese magisterio. Si hay que darle el tratamiento de señor, se le da. Por mí, que no quede señor Miguel Abellán: una cosa son las normas de la buena crianza y la urbanidad y otra cosa las reglas del arte de torear.

Tarde aciaga, incómoda, abrupta; de ésas que uno está deseando que acaben pronto. Se teme, se presiente la cornada aunque no se presienta la gloria ni el arte. Los gestos, la determinación, tienen que estar regidos por un sano discernimiento.

La mansada de Alcurrucén, arreó para los adentros, se enfureció o se repuchó en el caballo; buscaba más el cuerpo que los engaños. Sobre todo, cuando éstos se ponían mal, cosa que ocurrió a menudo. Y algunas bregas, como la de El Jaro en el cuarto, agravaron la cuestión. Entre tanta ganga, cascajo y granza, tres naturales del señor Miguel Abellán. De haber sido más, ahora estaría escribiendo una magnífica crónica. Otra vez será. El Califa, además, mató de juzgado de guardia. El señor Miguel Abellán, bien en la estocada al sexto. En los anteriores, no entro en detalles, no sea que por una estocada de más o un descabello de menos vayamos a tenerla.

 

 

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