HISTORIA
DE LAS ESCUELAS
TAURINAS |
El Torero nace y se hace
HISTORIA
DE LAS ESCUELAS TAURINAS
Por Jorge Arturo Díaz Reyes
Como se sabe, por 1830, el rey Fernando VII cerró las universidades de
España y fundó la Escuela Taurina de Sevilla, de la cual nombró director
al ya retirado y viejo matador Don Pedro Romero. Circunstancia esta, que, por unos
años, lo convirtió en el máximo educador del reino.
Hombre de acción, más que de palabra, Romero, resumió, para la
posteridad, sus lecciones de tauromaquia en unas pocas frases:
"El matador debe presentarse al bicho enteramente tranquilo, y en
su honor está no huirle jamás, ni correr, ni saltar la barrera, ni contar con
los pies sino con las manos; y parar mucho, hasta dejarse coger, como único
modo de que los toros se consientan y descubran para matarlos, o morir" .
Claro, para enseñarles a oficiar con tal estoicismo, escogía con
rigor, hombres, singulares, hechos de sangre fría, sereno valor y gran
sentido del honor. Seguro de que si no tenían esto, su adiestramiento y el
aprendizaje de la técnica y la liturgia se asentarían sobre una base falsa y el
resultado, podría parecer un torero, pero no sería nunca uno verdadero. No todo el
que se viste de luces lo es, o llega a serlo.
La historia nos dice que Don Pedro no se equivocó. Entre otros,
"Paquiro", "Cúchares" y "Desperdicios" los inmortales
toreros del romanticismo, fueron sus discípulos selectos en la Escuela de Sevilla.
Al revisar sus biografías, repasar sus gestas, asombrarse con sus leyendas,
se pregunta uno si la trascendencia y la gloria de los tres, hubiera sido posible,
de no haber tenido la oportunidad de ser escogidos y adiestrados en su escuela por
el exigente Don Pedro Romero. Ese sí, maestro.
El
Torero nace y se hace
Al Ruedo, ERNESTO GONZÁLEZ CAICEDO.
Colombia, edición junio-julio 1999.
No resultan toreros por generación espontánea, por más talento nacional
que tengan a menos que existan las oportunidades de formarse.
Tampoco resultan toreros que carezcan de un mínimo de condiciones por el solo hecho de
pasar por una escuela taurina.
Se necesitan ambas cosas:
Nacer con una vocación muy intensa, una gran fuerza de voluntad, adquirir una
mentalización de lo que significa el oficio.
Además deberá tener una "dosis suficiente" de valor natural y cierta
facilidad para comprender, asimilar y practicar el arte del toreo.
Adquirir mediante una práctica bien dirigida (esto es fundamental, sin una adecuada
práctica se adquieren vicios y defectos casi imposibles de corregir) los fundamentos
técnicos del arte, mediante la instrucción teórica y la práctica frecuente,
proporcionan destreza y acrecientan el valor.
Es lo que hacemos en la Escuela de Tauromaquia: escogemos cuidadosamente a nuestros
candidatos a alumnos mediante entrevistas con los sicólogos, evaluación de sus
condiciones físicas y anímicas. Después viene la observación permanente en clases
teóricas, tentaderos y cursos prácticos con novillos a muerte. Algunos chicos
"destellan" casi desde el principio, nos emociona ver a un alumno verde todavía
que ilusiona con detalles deslumbrantes, como un relámpago en la noche oscura, y que nos
llenan de esperanza en su futuro.
Algunos asimilan pronto; a otros les cuesta más trabajo, pero se les nota progreso,
otros demuestran claramente que Dios no los ha llamado por este camino, y es nuestro deber
hacérselos saber, para que se labren un futuro en campos diferentes.
Pero es imposible hacerse torero sin torear y sin estar bien dirigido. Máxime en
Colombia, en donde se dan tan pocas novilladas y tentando (repasando) unas cuantas vacas
cada tres o cuatro veces al año, jamás podrán formarse.
Se nos dirá que tal o cual torero (quizás muchos) no asistieron jamás a una escuela
y se hicieron figuras del toreo. Pero las respuestas son clarísimas: no hubieran tenido
un aprendizaje más rápido y menos penoso de haber tenido la fortuna de pasar por una
buena escuela.
Y sobre todo: ¿cuántos se han quedado en el camino, teniendo muchas condiciones, por
falta de oportunidades en su formación profesional?
Lo dicho: el torero debe nacer, pero es necesario que tenga dónde, cómo hacerse y
formarse, quién lo oriente y enseñe, quién le brinde oportunidades.
En fin: nacer y hacerse.
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